domingo, 6 de julio de 2014

Lenin y la lucha armada (XIII)

En este documento Lenin analiza la situación de la revolución rusa y las alternativas prácticas que se abren si se considera que la revolución está cerrada o abierta, tomando abierto partido, en este último caso, por la guerra de guerrillas.


La revolución rusa y las tareas del proletariado.

I

¿Cuál es la situación de la revolución democrática en Rusia: ha sido vencida o sólo atraviesa por un momento de calma momentánea? ¿La insurrección de diciembre fue el punto culminante de la revolución y nos estamos ahora deslizando inconteniblemente hacia un régimen "constitucional - shipoviano"? ¿P el movimiento revolucionario en su conjunto no sólo no tiende a decrecer sino que continúa en auge, preparando un nuevo estallido, haciendo acopio, en este período de calma, de nuevas fuerzas, prometiendo tras la insurrección fracasada una nueva insurrección con posibilidades incomparablemente mayores de éxito?

Tales son los problemas esenciales que se plantean hoy ante los socialdemócratas de Rusia. Permaneciendo fieles al marxismo, nosotros no podemos ni debemos eludir, mediante frases generales, el análisis de la condiciones objetivas que son, en última instancia, las que deciden definitivamente esos problemas. Y de la solución de esos problemas depende de toda la táctica de la socialdemocracia, y nuestras disputas, por ejemplo, acerca del boicot a la Duma (que dicho sea de paso, por ejemplo, acerca del fin, por cuanto la mayoría de las organizaciones del POSDR se han pronunciado en favor del boicot), son tan sólo una pequeñísima partícula de estos grandes problemas.

Hemos dicho recién que para un marxista es indecoroso desembarazarse de estos problemas con frases generales. Son frases generales, por ejemplo, las referencias al hecho de que nosotros nunca hemos interpretado la revolución sólo en el sentido de "picas y horquillas", que también éramos revolucionarios cuando no planteábamos directamente el llamado a la insurrección, , que también seguiremos siendo revolucionarios en el período partlamentario, cuando él llegue, etc. Tales disquisiciones no dejarían de ser otra cosa que míseros subterfugios, sustitución del problema histórico concreto por consideraciones abstractas, que no aclaran nada en absoluto y sólo sirven para cubrir la pobreza o la desorientación políticas. Para corroborar nuestro pensamiento con un ejemplo, nos referiremos a la actitud de Marx ante la revolución alemana del año 1848. Esta referencia puede ser tanto más útil cuanto que se observan entre nosotros una serie de síntomas de una división tan neta como en aquella ocasión -y aún mayor- de la burguesía reaccionaria y revolucionaria, división que no existió, por ejemplo, en la gran Revolución Francesa. En sustancia, los problemas fundamentales planteados por nosotros más arriba sobre la situación de la revolución rusa, también pueden ser planteados por la analogía con Alemania (por supuesto, en el sentido condicional y limitado, en el que únicamente es admisible en general la analogía histórica), con estas palabras: ¿1847 o 1849? ¿estamos nosotros (como Alemania en el año 1847, cuando se quiso convocar -y se convocó- a la Duma del Estado alemana, el así llamado Landtag Unificado) en los momentos finales del más alto auge de la revolución, o estamos atravesando (como Alemania en el año 1849) los últimos momentos del agotamiento total de la revolución y entramos en los rutinarios días de una constitución rabona?

Marx, justamente en el curso del año 1850, planteó este problema, trató de resolverlo y lo resolvió, finalmente, no mediante una evasiva, sino dando una respuesta directa, extraída del análisis de las condiciones objetivas. En el año 1849 la revolución fue aplastada, una serie de insurrecciones terminó en el fracaso, la libertad prácticamente conquistada por el pueblo le fue arrebatada, la furia reaccionaria se desató contra los "revolucionarios". La actuación política abierta de la "Liga de loa Comunistas" (la organización socialdemócrata de entonces, dirigida de hecho por Marx), se tornó imposible. "En todas partes se hacía evidente la necesidad -dice el mensaje del Comité Central de la Liga a los miembros de ésta, en junio de 1850- de una fuerte organización clandestina [el subrayado en todas partes es nuestro], del partido revolucionario a lo largo de toda Alemania." El Comité Central envía desde el extranjero al interior de Alemania un emisario, quien concentra "todas las fuerzas útiles en manos de la Liga". Marx escribe (llamamiento del mes de maro de 1850) sobre la probabilidad de un nuevo auge, de una nueva revolución, aconseja a los obreros organizarse independientemente, insiste particularmente en la necesidad de armar a todo el proletariado, en la formación de la guardia proletaria, en la necesidad de "rechazar todo intento de desarme, por la fuerza de las armas". Exige la formación de "gobiernos obreros revolucionarios" y expone sus juicios acerca de la conducta del proletariado "durante y después de la insurrección inminente". Marx presenta como ejemplo ante la socialdemocracia alemana, a la Francia jacobina del año 1793 (ver el Proceso de los comunistas en Colonia, traducción rusa, págs. 115 y otras).

Pasan seis meses. El auge esperado no se produce. Los esfuerzos de la Liga no son coronados por el éxito. "En el trascurso de 1850 -escribe Engels en 1885-, las perspectivas de un nuevo auge de la revolución fueron haciéndose cada vez más inverosímiles, y hasta imposibles." La crisis industrial del año 1847 ha pasado. Comenzó la era de la prosperidad de la industria. Y, entonces, tomando en consideración las condiciones objetivas, Marx plantea la cuestión de manera tajante y precisa. En el otoño del año 1850 declara categóricamente que ahora, en momentos de tan exuberante desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, "no cabe siquiera hablar de una revolución verdadera".

Como el lector puede ver, Marx no trata de evadirse ante la dificultad del problema. No juega con la palabra revolución, no sustituye un candente problema político por abstracciones vacuas. No olvida que la revolución en general marcha,en todo caso, hacia adelante, porque marcha hacia adelante el desarrollo de la sociedad burguesa, sino que habla directamente de la imposibilidad de la revolución democrática en el sentido estrecho y directo de la palabra. Marx resuelva el difícil problema sin escudarse en el "estado" de depresión y cansancio de estas o de aquellas capas del proletariado (como lo hacen a menudo los socialdemócratas que caen en el seguidismo). No, mientras no poseían otros datos, fuera del hecho del estado de ánimo de depresión (en marzo del año 1850), continuaba exhortando a armarse y a prepararse para la insurrección, sin tratar de deprimir con su escepticismo y su desorientación el estado de ánimo de los obreros. Sólo cuando Marx vio la posibilidad del "agotamiento" de la "verdadera revolución", sólo entonces, modificó su opinión. Y una vez modificada su opinión, Marx reclamó abierta y directamente un cambio radical en la táctica, la cesación total de los preparativos para la insurrección, dado que tales preparativos en esos momentos, sólo podían ser un juego. La consigna de la insurrección fue directamente retirada de la orden del día. De manera clara y precisa se reconoció que la "forma del movimiento se había modificado".

En los difíciles momentos actuales este ejemplo de Marx debe estar siempre presente ante nuestros ojos. La cuestión de la posibilidad de la "verdadera revolución" en un futuro próximo, de la "forma del movimiento" fundamental, de la insurrección y su preparación, debe ser considerada por nosotros con la máxima seriedad, pero un partido político que está empeñado en la lucha tiene la obligación de resolver esta cuestión de manera directa y precisa, sin rodeos, sin excusas, sin reticencias de ninguna naturaleza. Un partido que no fuera capaz de hallar una respuesta clara a esta cuestión, no merecería el nombre de partido.

II

Así pues, ¿de qué datos objetivos disponemos para dar solución a esta cuestión? En favor de la opinión que sostiene que las "formas del movimiento" abiertamente revolucionarios están totalmente agotadas,que es imposible una nueva insurrección, que Rusia ha entrado en la era de un pobre quasi-constitucionalismo burgués, hablan una serie de hechos que se hallan, por así decir, en la superficie, y que saltan a la vista de todos. El vuelco en la burguesía es indudable. EL terrateniente se ha apartado de los kadetes y se ha ido a la Unión del 17 de octubre. El gobierno ya ha concedido, por gracia una "constitución" de dos cámaras. Con la ayuda del estado de guerra, de las torturas y de las detenciones se ha creado la posibilidad de convocar una Duma mistificada. La insurrección en las ciudades ha sido aplastada. El movimiento de los campesinos para la próxima primavera puede resultar un movimiento ailsado, impotente. La venta de las tierras de los terratenientes continúa y, por consiguiente, se fortalecen las capas del campesinado burgués "sosegado". El estado de depresión, después del aplastamiento de la insurrección, está a la vista. Por último, nohay que olvidar tampoco que es más fácil y más barato precedir la derrota de la revolución, por así decir, que predecir su ascenso, porque ahora el poder está del lado de la reacción, y porque en la "mayoría de los casos" hasta ahora las revoluciones terminaban... antes de llegar hasta el fin.

¿Cuáles son los hechos en favor de la opinión contraria? Respecto de esta cuestión cederemos la palabra a Karl Kautsky, cuya sensatez de opinión y capacidad para discutir de la manera más serena, práctica y minuciosa los problemas políticos más agudos y candentes, son del conocimiento de todos los marxistas. Kautsky ha dado a conocer su punto de vista poco tiempo después del aplastamiento de la insurrección de Moscú, en el artículo titulado "Perspectivas de la revolución rusa". Este artículo apareció en traducción rusa, no sin sufrir, naturalmente, las tergiversaciones de la censura (por el estilo de que sufriera en su traducción rusa otro magnífico trabajo de Kautsky: "La cuestión agraria en Rusia").

Kautsky no esquiva el difícil problema. No intenta eludirlo con frases vacías acerca de la invencibilidad de la revolución en general, acerac del habitual y permanente revolucionarismo de la clase de los proletarios. No; derechamente plantea el problema histórico concreto de las posibilidades que existen para la revolución democrática contemporánea, actual, en Rusia. Comienza su artículo diciendo sin circunloquios que, desde comienzos de 1903, llegan de Rusia casi únicamente noticias afligentes que "podrían dar cuerpo a la opinión de que esa revolución ha sido aplastada y que está exhalando sus últimos suspiros". Por este motivo no sólo están alborozados los reaccionarios, sino también los liberales rusos, dice Kautsky, cubriendo a estos últimos héroes del "cupón" de expresiones despectivas plenamente justificadas (Kautksy, por lo visto, no ha hecho suya aún la teoría de Plejánov, que sostiene que los socialdemócratas rusos deben "estimar el apoyo de los partido de la oposición no proletarios").

Y Kautsky analiza minuciosamente esta opinión que surge con toda naturalidad. La similitud exterior entre la derrota de los obreros de Moscú en diciembre con la derrota de junio (año 1848) de los obreros de París es indudable. Tanto allí como aquí la insurrección armada de los obreros fue "provocada" por el gobierno en un moomento en que la clase obrera no estaba organizada suficientemente. Allí y aquí, pese a la heroica resistencia  de los obreros, la reacción ha vencido. ¿Qué conclusión extrae de ello Kautsky? ¿No deducirá, al estilo de las pedantes aseveraciones de Plejánov, que ni siquiera se debió haber tomado las armas? No, Kautsky no se apresura a recurrir a una miope y  barata moralización a posteriori. Investiga los datos objetivos capaces de resolver el problema de si, en efecto, la revolución rusa está definitivamente aplastada.

Kautsky ve cuatro diferencias sustanciales entre la derrota del proletariado (año 1848) y la derrota del proletariado de Moscú (1905). En primer lugar, la derrota de París fue la derrota de toda Francia. En primer lugar, la derrota de París fue la derrota de toda Francia. Nada semejante se puede decir a propósito de Moscú. Los obreros de Peterburgo, de Kiev, Odesa, Varsovia, Lodz, no están derrotados. Ellos se hallan agotados por una lucha tremendamente dura que se prolonga  ya hace años,  pero su valor no está quebrantado. Están acumulando fuerzas para comenzar de nuevo la lucha por la libertad.

En segundo lugar, una diferencia aún más sustancial consiste en que los campesinos, en el año 1848, en Francia, estaban del lado de la reacción, mientras que en 1905, en Rusia, están del lado de la revolución. Los levantamientos campesinos se suceden. Ejércitos enteros están ocuados en la tarea de sofocarlos. Esos ejércitos devastan el país en forma tal, como sólo fue devastada Alemania en la guerra de los 30 años. Los actos vandálicos del ejército atemorizan momentáneamente a los campesinos, pero no hacen más que reforzar su miseria, acentuar lo desesperado de su situación. Ese vandalismo conducirá, inevitablemente, del mismo modo que las devastaciones de la guerra de los 30 años, a que nuevas y nuevas masas de hombres se vean impelidas a declarar la guerra al orden establecido, a no permitir que la calma se restablezca en el país y a que adhieran a cualquier tipo de levantamiento,

En tercer lugar, una diferencia singularmente importante es la siguiente. La revolución del año 1848 había sido preparada por la crisis y el hambre del año 1847. La reacción se apoyaba en la terminación de la crisis y en el florecimiento de la industria. "El actual régimen de terror en Rusia, por el contrario, conducirá a la agudización de aquella crisis económica que desde hace años viene haciendo sentir su peso sobre todo el país." Las consecuencias del hambre del año 1905 se manifestarán más crudamente aún en los próximos meses. El aplastamiento de la revolución es una guerra civil, una guerra contra todo el pueblo. Esta guerra cuesta no menos que una guerra exterior, con el agregado de que causa la runia no de un país extraño, sino del propio. Se acerca el crac económico. Y además, los nuevos convenios comerciales amenazan con una particular conmoción para Rusia y pueden provocar, inclusive, la crisis económica mundial. De este modo, cuanto más se prolongue el terror que impone la reacción, tanto más desesperada será la situación económica del país, tanto más fuerte será la indignación contra el régimen odiado. "Una situación semejante -dice Kautsky- torna invencible cualquier movimiento fuerte contra el zarismo. Y un movimiento de tal naturaleza no ha de faltar. De ello cuidará el proletariado de Rusia, que ha dado ya tantas muestras magníficas de heroísmo y de abnegación."

La cuarta diferencia señalada por Kautsky presenta, para los marxistas rusos, un interés especial. Por desgracia, está actualmente muy difundido entre nosotros un cierto bisbiseo malévolo, pero impotente, típicamente kadete en sustancia, a propósito de los "brownings" y de los "destacamentos de combate". Nadie tiene la suficiente valentía y la franqueza, que tuvo por ejemplo Marx para decir que la insurrección es imposible y que no vale la pena de continuar preparándola. Pero burlarnos solapadamente de las acciones militares de los revolucionarios es un placer para nosotros. Nos llamamos marxistas, pero preferimos eludir el análisis del aspecto "militar" de la insurrección (al que Marx y Engels asignaron siempre una significación muy seria), declarando con un doctrinarismo grandilocuente inimitable: "No se debió haber tomado las armas"... Kautsky procede de otra manera. Por muy pequeño que sea el caudal de datos que posee acerca de la insurrección se esfuerza, sin embargo, por analizar también el aspecto militar de la cuestión. Trata de apreciar el movimiento como una nueva forma de lucha, elaborada por las masas y no como nuestros Kuropatkins entienden los combates revolucionarios: si dan, tomas; si pegan, corres; ¡si nos han vencido, quiere decir que no había que haber tomado las armas!

"Tanto la batalla de París de junio -dice Kautsky- como la de diciembre de Moscú ueron combates de barricada. Pero la primera fue la catástrofe,fue el fin de la vieja práctica de barricada. La segunda fue el comienzo de una nueva táctica de barricada. Y, por lo tanto, debemo revisar el punto de vista expuesto por Engels en su prólogo a 'Las luchas de clases' de Marx, o sea, su opinión de que la época de los combates de barricada ha quedado definitivamente atrás. En realidad, lo que ha quedado atrás es solamente la época de la vieja táctica de barricada. Esto es lo que ha mostrado la batalla de Moscú, en la que un puñado de insurrectos, en el transcurso de dos semanas, logró mantenerse frente a fuerzas combativas superiores, equipadas con todas las armas de la artillería moderna."

Esto es lo que dice Kautsky. No se detiene a cantar el réquiem de la insurrección, tomando como base para ello el gracaso de la primera tentativa. Nose dedica a refunfuñar acerca del fracaso sino que investiga la génesis y el desarrollo de una nueva forma, superior, de lucha; analiza el significado de la desorganización y del descontento en el ejército, de la ayuda a los obreros por parte de la población urbana, de la conjugación de la huelga de masas con la insurrección. Investiga cómo el proletariado aprende a hacer la insurrección. Somete a revisión las teorías militares envejecidas e incita con ello a todo el partido a asimilar y reelaborar la experiencia de Moscú. Enfoca todo el movimiento como el paso de la huelga a la insurrección, tratando de comprender de qué modo deben los obreros conjugar lo uno con lo otro, a fin de alcanzar el éxito.

Kautsky termina su artículo con estas palabras: 'Tales son las enseñanzas de Moscú. Resulta imposible en este momento y desde aquí [desde Alemania], prever en qué medida influirán esas enseñanzas sobre las formas de la lucha futura. En efecto, hasta el presente hemos visto en todas las manifestaciones anteriores de la revolución rusa estallidos espontáneos de una masa desorganizada,sin que ninguna de esas manifestaciones hubiese sido delineada de acuerdo con un plan y preparada de antemano. Es probable que, durante un determinado tiempo, también sea así en el futuro. 

'Pero si el momento actual todavía no es posible predecir las futuras formas de lucha, todos los síntomas indican que, necesariamente, debemos esperar combates futuros; que la calma siniestra (unheimliche) que reina en este momento no es más que la calma que precede a la tempestad. El movimiento de octubre ha mostrado a las masas de las ciudades y del campo qué fuerzas son capaces de desplegar. Posteriormente, la reacción de enero las despeñó a un abismo lleno de padecimientos. En ese abismo todo las induce, todo las empuja a la indignación, y no hay precio que no estén dispuestos a pagar con tal de liberarse de ese abismo. Pronto las masas se levantarán de nuevo, pronto harán sentir su fuerza de manera aún más potente. Dejemos que la contrarrevolución celebre su triunfo sobre los cadáveres de los héroes caídos en la lucha por la libertad: está cercano ya el día de nuestro triunfo, se alza la aurora roja, se aproxima la revolución proletaria'.

III

La cuestión que acabamos de bosquejar constituye el problema fundamental de toda la táctica socialdemócrata. El próximo congreso del partido debe, antes que nada, resolver este problema de la manera más clara e inequívoca y todos los miembros del partido, todos los obreros concientes, deben poner inmediatamente en tensión todas sus fuerzas para recoger el material más variado y diverso que contribuya a la solución de ese problema, discutirlo, y enviar al congreso delegados plenamente preparados para el cumplimiento de su responsable y seria tarea.

Las elecciones para el congreso deben realizarse sobre la base del más completo esclarecimiento de las plataformas tácticas. Dado que, en el fondo, una respuesta lógica y global a la cuestión planteada resuelve por anticipado todos los aspectos parciales de la plataforma táctica de la socialdemocracia.

Una de dos.

O reconocemos que en el momento actual "no hay ni que hablar de una revolución verdadera", y entonces debemos declararlo así, abierta y resueltamente, a los cuatro vienos, para no confundir al proletariado ni al pueblo y para no caer en confusión nosotros mismos. Entonces, necesariamente, debemos dejar de proponernos la realización completa de la revolución democrática como tarea inmediata del proletariado; necesariamente debemos retirar totalmente de la orden del día, la cuestión de la insurrección y cesar toda labor de preparación y de organización de los destacamentos de combate, puesto que jugar a la insurrección es indigno de un partido obrero; entonces, debemos reconocer como agotadas las fuerzas de la democracia revolucionaria y plantearnos como tarea inmediata de apoyo a unas u otras capas de la democracia liberal, como fuerza real de oposición en un régimen constitucional; entonces debemos considerar la Duma del Estado como un parlamento, aunque magro, y participar no sólo en las elecciones sino también en la propia Duma; entonces, debemos plantear en primer plano la legalización del partido, la correspondiente modificación del programa del partido, y la adaptación a los marcos "legales" de todo el trabajo o, por lo menos, asignar al trabajo ilegal un lugar mínimo y subordinado; entonces, debemos reconocer como tarea principal del partido la de organizar los sindicatos, del mismo modo que en el anterior período histórico lo fue la insurrección armada; entonces, debemos retirar también de la orden del día las consignas revolucionarias del movimiento campesino (tales como la confiscación de las tierras de los terratenientes), pues tales consignas son prácticamente consignas de la insurrección -y llamar a la insurrección sin prepararse seriamente para ella en el aspecto militar, sin tener fe en ella, sería un indigno juego a la insurrección-; entonces, debemos arrojar por la borda todas las disquisiciones, no sólo en torno al gobierno provisional revolucionario sino también en torno a la llamada "autoadministración revolucionaria", pues la experiencia ha mostrado que las instituciones, correcta o incorrectamente así denominadas, se transforman, de hecho, por la fuerza de las circunstancias, en órganos de la insurrección, en el embrión de un gobierno revolucionario.

O reconocemos, en cambio, que en el momento actual se puede y se debe hablar de una verdadera revolución, y entonces debemos admitir las nuevas y superiores formas de lucha directamente revolucionaria como inevitables o, por lo menos, como las más probables; entonces, la tarea política principal del proletariado, el nervio de toda su labor, el alma de toda su actividad organizativa de clase, será la de llevar la revolución democrática hasta el fin; entonces cualquier evasiva con respecto a esta tarea no significará más que rebajar la noción de la lucha de clases al nivel de su interpretación brentanovista y convertir al proletariado en lacayo de la burguesía liberal monárquica; entonces, la tarea política más urgente y central del partido será la de preparar las fuerzas y la organización del proletariado para la insurrección armada, como forma superior de lucha alcanzada por el movimiento. Entonces, será obligatoria estudiar con sentido crítico a los fines prácticos más inmediatos, toda la experiencia de la insurrección de diciembre. Entonces, será necesario multiplicar los esfuerzos relacionados con la organización de destacamentos de combate y su equipamiento con armas. Entonces, será necesario prepararse para la insurrección, también con acciones de combate guerrilleras directas, pues parecería ridículo "prepararla" únicamente con registros y anotaciones. Entonces, será preciso considerar la guerra civil como declarada y en marcha, y toda la actividad del partido deberá quedar supeditada al principio: "si estamos en guerra, obrar como en la guerra". La educación de los cuadros del proletariado para las acciones militares ofensivas será, entonces, incuestionablemente, una necesidad. Por lógica consecuencia habrá que lanzar consignas revolucionarias a la masa campesina. Tendremos que ubicar en el primer plano la tarea de realizar acuerdos de combate con la democracia revolucionaria y sólo con ésta: la base para la diferenciación de la burguesía democrática es, justamente, la cuestión de la insurrección. Con quienes están por la insurrección, el proletariado "golpea en conjunto" aunque "marcha por separado", a quienes están contra la insurrección los combatiremos implacablemente o bien los apartaremos de nosotros como a despreciables hipócritas y jesuitas (los kadetes). Tendremos que colocar en el primer plano de nuestra agitación, la crítica y el desenmascaramiento de las ilusiones constitucionalistas ubicándonos en el punto de vista de la guerra civil franca y abierta, y las circunstancias y condiciones que van preparando firmemente los estallidos revolucionarios espontáneos. Tendremos que aceptar que la Duma no es un parlamento sino una oficina policial, y rechazar toda participación en la farsa electoral, por considerarla un medio de corrupción y de desorganización del proletariado. La base de la organización del partido de la clase obrera será entonces (tal como lo planteara Marx en 1849) una "fuerte organización clandestina", que tendrá un aparato especial, a los fines de su "actuación legal", para introducir tentáculos especiales en todas las entidades e instituciones legales, comenzando por los sindicatos obreros y terminando por la prensa legal.

En síntesis: o aceptamos que la democracia revolucionaria ya está liquidada, retiramos de la orden del día el problema de la insurrección y emprendemos el camino "constitucional"; o reconocemos que la revolución democrática está en marcha, colocamos en el primer plano la tarea de su culminación, desarrollamos y aplicamos en la práctica la consigna de la insurrección, declaramos la guerra civil y marcamos a fuego, sin piedad alguna, las ilusiones constitucionalistas.

No es necesario decir al lector que nosotros nos pronunciamos resueltamente en favor de la última solución para el problema que se plantea ante nuestro partido. La plataforma táctica que adjuntamos tiene por objeto resumir y exponer en forma sistemática nuestros puntos de vista, puntos de vista que expondremos en el congreso y en el curso de todas las tareas de preparación del mismo. Esta plataforma no debe ser considerada como algo acabado, sino como un resumen para la dilucidación de los problemas tácticos y como esbozo inicial de aquellas resoluciones y exposiciones que defenderemos en el congreso partidario. Esta plataforma ha sido discutida en reuniones privadas de correligionarios de entre los ex "bolcheviques" (incluidos los redactores y colaboradores de Proletari) y es el fruto de un trabajo colectivo.

Partini Izvestia, número 2, del 20 de marzo de 1906.

sábado, 5 de julio de 2014

Lenin y la lucha armada (XII)

Envío de un texto en el que Lenin analiza la situación en Rusia que, para algunos miembros dirigentes del POSDR, se caracteriza por el cierre de la revolución y el paso a una situación donde la principal lucha es la electoral, y otro parte de los dirigentes, con Lenin a la cabeza, que creen que la etapa de la insurrección no se ha cerrado. En este texto reivindica abiertamente las acciones guerrilleras de los destacamentos de combate del partido.


La situación actual de Rusia y la táctica del partido obrero.

El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia atraviesa por un momento muy difícil. El estado de guerra, las matanzas y persecuciones, las cárceles abarrotadas, el proletariado extenuado por el hambre, el caos en la organización -acentuado por la destrucción de muchos puntos de apoyo ilegales y la falta de puntos de apoyos legales- y finalmente, las discusiones acerca de la táctica, que coincidieron con la difícil tarea de restablecer la unidad partidista, todo eso provoca inevitablemente una cierta dispersión de las fuerzas del partido.
El medio formal para salir de esta situación de dispersión es la convocatoria del congreso de unificación del partido y, según nuestra profunda convicción, todos los trabajadores del partido deben procurar con todas sus fuerzas que se apresure esa convocatoria. Pero mientras marcha la labor relacionada con la convocatoria del congreso, es necesario plantear ante todos, y discutirla muy seriamente,la cuestión extremadamente importante de las causas más profundas de la dispersión.La cuestión del boicot a la Duma del Estado es, en esencia, tan sólo una pequeña partícula de la gran cuestión de la revisión de toda la táctica del partido. Y esta última, a su vez, es tan sólo una pequeña partícula en la gran cuestión relativa al momento actual de Rusia y al significado del momento actual en la historia de la revolución rusa.
Dos apreciaciones distintas del momento actual dan lugar a dos líneas tácticas. Unos (ver, por ejemplo, el artículo de Lenin en Molodia Rossía) consideran el aplastamiento de la insurrección en Moscú y otras ciudades solamente como preparación del terreno y de las condiciones para una nueva lucha armada más decisiva. La significación del momento se percibe en la destrucción de las ilusiones constitucionalistas. Los dos grandes meses de revolución (noviembre y diciembre) son considerados como el período de transformación de la huelga general pacífica en insurrección armada de todo el pueblo. La posibilidad de tal insurrección armada está demostrada; el movimiento se ha elevado a una etapa superior; la experiencia práctica -necesaria para el éxito de la futura insurrección-, ha sido acumulada en cantidad por las amplias masas; las huelgas pacíficas han agotado ya sus posibilidades. Es preciso recoger esa experiencia más minuciosamente; es preciso dar al proletariado la posibilidad de reunir fuerzas, de que aparte de sí, resueltamente, toda clase de ilusiones constitucionalistas y toda idea de participación en la Duma, de que prepare más tenaz y pacientemente la nueva insurrección, y afiance los vínculos con las organizaciones del campesinado, el cual, probablemente, se levantará con mayor fuerza aún hacia la primavera.
Otros aprecian el momento de manera distinta. El camarada Plejánov en el número 3 y sobre en el número 4 de su Dnievnik, es quien de manera más consecuente ha dado otra apreciación, aunque, lamentablemente, no en todas partes ha expresado hasta el fin sus pensamientos.
"La huelga política iniciada prematuramente -dice el camarada Plejánov- ha conducido en Moscú, en Rostov, etc., a la insurrección armada. Las fuerzas del proletariado resultaron ser insuficientes para lograr la victoria. Esta circunstancia no era difícil de prever. Por lo tanto, no se debió haber tomado las armas." La tarea práctica de los elementos concientes del movimiento obrero "consiste en señalar al proletariado su error, para hacerle ver con claridad todo el riesgo del juego llamado insurrección armada". Plejánov no discute el hecho de que él quiere frenar el movimiento. Nos recuerda que Marx, seis meses antes de la Comuna ponía al proletariado parisiense en guardia contra la explosiones prematuras. "La vida ha mostrado -dice Plejánov- que la táctica que ha seguido nuestro partido en los últimos meses es inconsistente. Ante la amenaza de nuevos fracasos estamos obligados a asimilar nuevos métodos tácticos" ... "Lo principal para nosotros es que debemos prestar inmediatamente una gran atención al movimiento sindical." "Una parte muy considerable de nuestros camaradas ha estado demasiado entusiasmada con la idea de la insurrección armada como para que pudiera prestar un apoyo medianamente serio al movimiento profesional"... "Debemos estimar el apoyo de los partidos de oposición no proletarios y no apartarlos de nosotros con desplantes carentes de tacto." Es completamente natural que Plejánov se pronuncie también contra el boicot a la Duma (sin precisar si está por la participación en la Duma o por la creación, a través de los electores de los "órganos de autoadministración revolucionaria", tan gratos para los "mencheviques"). "La agitación preelectoral en el campo plantearía de plano la cuestión de la tierra." La confiscación de la tierra ha sido aprobada por ambas partes de nuestro partido y "es ahora el momento de darles vida" a esas resoluciones.
Tales son los puntos de vista de Plejánov, expuestos por nosotros casi íntegramente, tal como los formuló el propio autor en Dnievnik.
Confiamos en que después de esta exposición el lector ha quedado convencido de que la cuestión de la táctica frente a la Duma es tan sólo una parte de la cuestión referente a la táctica en general, subordinada a su vez a la cuestión de la apreciación de todo el momento revolucionario actual. La raíz de las divergencias en torno a la táctica se reduce a lo siguiente. No se debió haber tomado las armas, dicen unos, llamando la atención sobre los riesgos de la insurrección y trasladando el centro de gravedad al movimiento sindical. Tanto las huelgas -segunda y tercera- como la insurrección fueron un error. Otros, en cambio, suponen que sí, que se debió tomar las armas, porque de otro modo el movimiento no podía elevarse a una etapa superior, no podía elaborar la necesaria experiencia práctica en asuntos tales como la insurrección, no podía liberarse del estrecho concepto de la sola huelga pacífica, que había agotado ya todas sus posibilidades como medio de lucha. Por consiguiente, para unos la cuestión de la insurrección, prácticamente, sale fuera de la orden del día, por lo menos hasta el advenimiento de una nueva situación que nos obligue a revisar una vez más nuestra táctica. De aquí se desprende,como cosa inevitable, la adaptación a la "constitución" (participación en la Duma y un intenso trabajo en el movimiento sindical legal). Para otros, por el contrario, es precisamente ahora cuando la cuestión de la insurrección se plantea en la orden del día, a base de la experiencia práctica adquirida, la cual ha demostrado la posibilidad de la lucha contra las tropas del ejércitos y ha fijado las tareas inmediatas para una más tenaz y paciente preparación de las acciones futuras. De aquí la consigna: ¡abajo las ilusiones constitucionalistas!, y la ubicación del movimiento sindical legal en un lugar modesto, en todo caso no en el "principal".
Se sobreentiende que debemos examinar esta cuestión en litigio no desde el punto de vista de lo deseable de tal o cual camino para la acción, sino desde el punto de vista de las condiciones objetivas del momento y de las fuerzas sociales disponibles. Nosotros conceptuamos erróneo el punto de vista de Plejánov. Su apreciación de la insurrección de Moscú, que se reduce a que "no se debió haber tomado las armas", es extremadamente unilateral. Retirar de la orden del día la cuestión de la insurrección significa, en el fondo, reconocer que el período revolucionario ha terminado y que ha comenzado el período "constitucional" de la revolución democrática, es decir, equiparar, digamos, el aplastamiento de las insurrecciones del año 1849 en Alemania.
Naturalmente, un tal resultado en nuestra revolución no es imposible, y desde el punto de vista del momento actual, cuando la reacción despliega todas sus fuerzas, es fácil admitir que tal situación ya ha comenzado. Tampoco cabe duda alguna de que es más razonable renunciar decididamente a la idea de la insurrección, si las condiciones objetivas la han hecho imposible, que gastar las fuerzas en nuevas tentativas infructuosas.
Pero esto significa apresurarse demasiado en generalizar y elevar ala categoría de la ley para todo un período, un estado cosas que se ha dado en este preciso momento. ¿Acaso no hemos visto a la reacción desatar todo su furor después de cada paso importante que la revolución da en su avance? ¿Y acaso, a pesar de esa reacción, el movimiento no se ha vuelto a levantar más poderoso aún al cabo de un tiempo? No es que la autocracia haya cedido ante las ineludibles exigencias de todo el desarrollo social; por el contrario, la autocracia retrocede provocando ya protestas en el seno mismo de la burguesía, que ha saludado el aplastamiento de la insurrección. Las fuerzas de las clases revolucionarias, el proletariado y el campesinado, están lejos de haber sido agotadas. La crisis económica, el desbarajuste financiero tienden más bien a ampliarse y a ahondarse que a atenuarse. La probabilidad de un nuevo estallido es ya ahora -cuando aún no ha terminado el aplastamiento de la primera insurrección- reconocida hasta por los órganos de la burguesía "amante del orden", indudablemente hostil a la insurrección. El carácter de comedia que tiene la Duma se perfila cada vez más claramente, y lo ilusorio de la tentativa de que el partido participe en las elecciones, es cada vez más saludable.
Sería una miopía, sería adoptar una actitud servil ante la situación del momento dado, retirar de la orden del día la cuestión de la insurrección. Observemos en qué contradicción cae Plejánov cuando con toda vehemencia aconseja llevar a la práctica la resolución de agitar en el campesinado la idea de la confiscación de la tierra y, al mismo tiempo, fija com objetivo no apartar de nosotros a los partidos opositores con salidas carentes de tacto y sueña con plantear de "plano" la cuestión de la tierra durante la campaña preelectoral en el campo. Se puede afirmar con toda seguridad, que los liberales - terratenientes os perdonarán mil veces la "falta de tacto", pero no os perdonarán la exhortación a la confiscación de la tierra. No por nada hasta los kadetes dicen que ellos también están por el aplastamiento de las insurrecciones campesinas mediante las fuerzas armadas, siempre que sean ellos quienes dispongan de esas fuerzas armadas y no la burocracia (ver el artículo del conde Dolgorúkov en Pravo). Se puede afirmar con toda seguridad, que es justamente en la agitación preelectoral donde nunca se va a plantear de "plano" la cuestión de la tierra, tal como se ha planteado, se plantea y se podrá plantear al margen de la Duma y al margen de las elecciones que se realizan con la participación de la policía.
Nosotros nos hemos pronunciado totalmente en favor de la confiscación de la tierra. Pero la confiscación de la tierra no será más que una frase hueca si ella no significa el triunfo de la insurrección armada, porque ahora, contra los campesinos están movilizados no sólo el ejército, sino también los destacamentos de voluntarios al servicio de los terratenientes. Al predicar la confiscación de la tierra llamamos a los campesinos a la insurrección. ¿Y tendríamos el derecho -sin caer en la frase revolucionaria- de hacer tal cosa si no contáramos con la insurrección de los obreros en las ciudades, con la ayuda de los obreros a los campesinos? No dejaría de ser una burla amarga el que los obreros, por falta de organizaciones de combate, ofrecieran a los campesinos que se levantan en oleada y comienzan a apoderarse de la tierra, la ayuda de sociedades profesionales patrocinados por la policía.
No, no tenemos fundamento alguno para retirar la orden del día la cuestión de la insurrección. No debemos reconstruir  de nuevo la táctica del partido desde el punto de vista de las condiciones del momento actual de reacción. No podemos y no debemos perder la esperanza de que finalmente se logrará fundir los tres torrentes de la insurrección -los obreros, los campesinos y los militares- en una sola insurrección victoriosa. Debemos prepararnos para ello, sin negarnos, naturalmente, a utilizar todo y cada uno de los medios "legales" para ampliar la propaganda, la agitación y la organización, pero sin llamarnos a engaño respecto de la solidez de estos medios y de su importancia. Debemos recoger la experiencia de las insurrecciones de Moscú, del Donetz, de Rostov y de otros lugares, difundir el conocimiento respecto de las mismas, preparar tenaz y pacientemente las nuevas fuerzas de combate, adiestrarlas y templarlas en toda una serie de acciones de combate guerrilleras. El nuevo estallido quizás no llegue a producirse durante la primavera próxima, pero lo cierto es que está en marcha y probablemente no esté muy lejos. Debemos recibirlo armados, organizados militarmente en condiciones de realizar acciones ofensivas decisivas.
Aquí nos vamos a permitir una pequeña digresión respecto de las acciones guerrilleras de los destacamentos de combate. Nosotros creemos que es erróneo compararlas con el terror de viejo tipo. El terror era el fruto de la venganza contra determinadas personas; era el resultado de la conspiración de grupos intelectuales. No tenía vinculación alguna con el estado de ánimo de las masas. No se proponía la preparación de dirigentes combativos de las masas. El terror era resultado -como así también el síntoma y el compañero- de la falta de fe en la insurrección, de la falta de condiciones para la insurrección.
Las acciones de las guerrillas no constituyen una venganza, sino una acción militar. Se parecen tan poco a una aventura como las incursiones de las patrullas de cazadores en la retaguardia del ejército enemigo, durante el período de calma en el campo principal de batalla, pueden parecerse al homicidio que comete un duelista o un conspirador. Las acciones guerrilleras de los destacamentos de combate formados desde hace tiempo por ambas fracciones socialdemócratas en todos los grandes centros o movimientos y que están formados -fundamentalmente- por obreros, se hallan ligadas, sin duda alguna, y del modo más estrecho y más directo, con el estado de ánimo de las masas. Las acciones guerrilleras de los destacamentos de combate prepararan en forma directa los cuadros combativos que han de dirigir a las masas. Las acciones guerrilleras de los destacamentos de combate no sólo no son el resultado de la falta de fe en la insurrección o en la posibilidad de la insurrección sino que, por el contrario, son parte integrante necesaria de la insurrección en marcha. Es claro que en todo y siempre son posibles los errores; son posibles las tentativas de acciones inoportunas y fuera de lugar; son posibles los arrebatos y los extremismos que, siempre, incuestionablemente, son perjudiciales y sólo contribuyen a dañar la táctica más justa. Pero nosotros, hasta ahora, en la mayoría de los centros esencialmente rusos, adolecemos de otro extremismo, adolecemos de la insuficiencia de iniciativa de nuestros destacamentos de combate, y de la insuficiencia de iniciativa de nuestros destacamentos de combate, y de la insuficiencia de experiencia combativa en ellos, de falta de decisión en las acciones. En este aspecto se nos han adelantado el Cáucaso, Polonia y la región del Báltico, es decir, justamente aquellos centros donde el movimiento se alejó más del terror de viejo tipo, donde la insurrección está preparada mejor que en otras partes, donde el carácter de masas de la lucha proletaria se destaca con más fuerza, con más relieve.
Tenemos que alcanzar a esos centros. No tenemos que contener sino, por el contrario, estimular las acciones guerrilleras de los destacamentos de combate, si es que queremos no sólo de palabra preparar la insurrección y si hemos reconocido que el proletariado está verdaderamente preparado para ella.
La revolución rusa comenzó con un pedido al zar de conceder el don de la libertad. Las matanzas, la reacción, los desmanes de Trépov no sofocaron el movimiento sino que lo encendieron aún más. La revolución dio el segundo paso. Empleando la fuerza arrancó al zar el reconocimiento de la libertad. Con las armas en la mano ha estado defendiendo esa libertad. No ha logrado conquistarla en el acto. Los fusilamientos, la reacción, los Dubasovs, no aplastarán al movimiento sino que harán que se extienda aún más. Ante nosotros se perfila el tercer paso que es el que va a determinar el desenlace de la revolución: la lucha del pueblo revolucionario por un poder capaz de asegurar en los hechos la libertad. En esta lucha debemos contar con el apoyo no de los partidos de la oposición sino con el de los partidos democráticos revolucionarios. Al lado del proletariado socialista marchará aquí el campesinado democrático revolucionario. La lucha por conducir hasta el fin la revolución democrática, hasta su triunfo completo, es una gran lucha, una difícil lucha. Pero en los momentos actuales todo indica que esa lucha avanza con el curso de los acontecimientos. Esforcémonos, pues, por asegurar que la nueva ola encuentre el proletariado de Rusia en una nueva disposición de combate.
Publicado en Partinie Izvestia, número 1, del 7 de febrero de 1905.


jueves, 3 de julio de 2014

Lenin y la lucha armada (XI)

En este envío, un texto que no tiene prácticamente ninguna indicación de tipo teórica. Es más bien, un plan de acción y de organización de los destacamentos de combate que habrán de conformar el ejército revolucionario. Lenin postula la necesidad de desarrollar tareas preparatorias y militares, aún antes de la insurrección, con la intención, también, de preparar a los futuros cuadros políticos - militares. Lenin también sostiene la necesidad de enfrentar físicamente a las centurias negras, la fuerza de choque paraestatal del zarismo ruso.


Tareas de los destacamentos del ejército revolucionario.

1) Acción militar independiente.

2) Dirección de la multitud.

El número de componentes de los destacamentos puede ser vario, comenzando por dos o tres personas. Los destacamentos deben armarse por sí mismos y con lo que puedan (fusil, revólver, bombas, cuchillos, puños de hierro, garrotes, trapos impregnados de kerosene para provocar incendios, cuerdas o escalas de sogas, palas para construir barricadas, minas de piroxilina, alambres de púas, clavos -contra la caballería-, etc. etc.) En ningún caso se deberá esperar la ayuda indirecta, de arriba, de afuera; todo deberá esperar la ayuda indirecta, de arriba, de afuera; todo deberá obtenerse por medios propios.
Los destacamentos, en la medida de lo posible, deben estar compuestos por personas que sean vecinas o que se vean con frecuencia, regularmente y a horas determinadas (lo mejor sería tener en cuenta ambas condiciones, ya que los contactos regulares pueden ser interrumpidos por la insurrección). Su tarea consiste en disponer las cosas de modo que en el momento más crítico, en las circunstancias más imprevistas, puedan reunirse. Cada destacamento, por lo tanto, deberá elaborar por anticipado los métodos y procedimientos para la acción común: señales en las ventanas, etc., para encontrarse con mayor facilidad unos con otros; silbidos y gritos convencionales para identificar a los camaradas entre la muchedumbre; señales convencionales en caso de encuentros nocturnos, etc., etc. Toda persona enérgica, con dos o tres camaradas podrá elaborar una serie de normas y reglamentos de este tipo que es necesario establecer, estudiar y ejercitar para su aplicación. No debe olvidarse que en el 99% de los casos los acontecimientos nos tomarán de imporviso y nos veremos obligados a reunirnos en condiciones sumamente difíciles.
Los destacamentos pueden desempeñar aun sin armas, una importante función: 1) dirigir a la muchedumbre; 2) asaltar en un momento propicio a un guardia municipal o a un cosaco que hubiera quedado rezagado de los suyos (caso ocurrido en Moscú), etc., etc., y quitarle el arma; 3) rescatar a los detenidos y heridos en casos en que haya poca policía; 4) ubicarse sobre los techos de las casas, en los pisos altos, etc., y apedrear a las tropas, arrojarles agua hirviendo, etc. Un destacamento que emplea de manera homogénea y organizada su propia energía, constituye una fuerza enorme. En ningún caso se debe renunciar a la formación de un destacamento o diferirla con el pretexto de la falta de armas.
Los destacamentos deben, en lo posible, distribuir las funciones por anticipado y, eventualmente elegir su jefe, su comandante. Sería insensato, por supuesto, caer en el juego de la asignación de grados; pero no debe olvidar la enorme importancia de una dirección uniforme, de acción rápida y decisiva. La decisión, el empuje, constituyen las tres cuartas partes del éxito.
Inmediatamente después de su instrucción, los destacamentos deben darse un trabajo multiforme, de ninguna manera sólo teórico, sino necesariamente también práctico. Por trabajo teórico entendemos el estudio de la ciencia militar, la familiarización con los problemas militares, conferencias sobre cuestiones militares, la invitación a familiares (oficiales, suboficiales, etc., etc., inclusive los obreros que han sido soldados) a participar de conversaciones, lecturas, análisis y asimilación de folletos ilegales y artículos de periódicos sobre lucha de calles, etc., etc.
Insistimos: los trabajos prácticos deben iniciarse sin demora. Se dividen en operaciones preparatorias y militares. Entre las operaciones preparatorias se incluyen la captura de cualquier tipo de armas y proyectiles, la búsqueda de casas adecuadas por su disposición para combates callejeros (adecuadas para la lucha desde los tejados, para depósitos de bombas, piedras, etc., de ácidos para arrojar sobre los policías, etc., etc., así como como también para alojar los mandos, reunir informaciones, resguardar a los perseguidos, asilar a los heridos, etc. etc.) Además se entienden por trabajos preparatorios las operaciones inmediatas de identificación y de reconocimiento: averiguar los planos de las cárceles, de los puestos de policía, de los ministerios, etc., conocer la distribución del trabajo en las instituciones del Estado, en los bancos, etc., las condiciones de su defensa; tratar de establecer vinculaciones que puedan reportar utilidad (empleados de la policía, de bancos, de tribunales, cárceles, correos, telégrafos, etc.); conocer la ubicación de los depósitos de armas, todos los comercios de armas de la ciudad, etc. Hay aquí trabajo en cantidad y de todo tipo en los cuales pueden reportar gran utilidad aun aquellas personas que no son aptas para la lucha callejera, aun los más débiles, las mujeres, los adolescentes, los viejos y demás. Es necesario tratar de incorporar, ahora mismo, en los destacamentos, obligatoriamente y sin excepciones, a todos los que quieran participar en la causa de la insurrección, puesto que no hay ni puede haber persona alguna deseosa de trabajar que no aporte alguna utilidad, aunque carezca de armas, incluso si personalmente no es apta para la lucha.
Por lo tanto, en ningún caso debemos limitarnos a la acción preparatoria; los destacamentos del ejército revolucionario deben pasar cuanto antes a la acción militar en con el fin de: 1) ejercitar sus fuerzas de combate; 2) conocer los puntos débiles del enemigo; 3) infligir al enemigo derrotas parciales; 4) libertar a los prisioneros (detenidos); 5) captura de armas; 6) captura de medios para la insurrección (confiscación de dineros del Estado), etc., etc. Los destacamentos pueden y deben aprovechar toda oportunidad para un trabajo activo y de ninguna manera postergar las tareas hasta la insurrección general, puesto que, sin una previa prueba de fuego, no es posible adquirir experiencia para la insurrección.
Por supuesto, todo extremismo es malo: todo lo bueno y útil llevado al extremo, inevitablemente llega a convertirse, cando pasa un cierto límite, en malo y perjudicial. Un terror diminuto, desordenado, no preparado, cuando es llevado al extremo, sólo desmenuzará y desperdiciará las fuerzas. Esto es cierto, y por supuesto no debe olvidarse. Pero por otra parte, en ningún caso debe olvidarse que ahora ya está dada la consigna para la insurrección, la insurrección está en marcha. Comenzar el ataque cuando existen condiciones favorables no es sólo un derecho sino una obligación de todo revolucionario. Matar a los espías, a los policías, a los gendarmes, volar las seccionales de policía, liberar a los detenidos, extraer del gobierno los medios pecuniarios para emplearlos en las necesidades de la insurrección: estas operaciones ya se están llevando a cabo en todas partes, dondequiera que estalle la insurrección, en Polonia y en el Cáucaso, y todo destacamento del ejército revolucionario debe estar dispuesto para realizar inmediatamente operaciones semejantes. Cada destacamento debe recordar que al dejar pasar hoy una ocasión favorable que se le presente para operaciones de este tipo, será culpable de inactividad imperdonable, de pasividad; y una culpabilidad tal constituye el más grande delito que pueda cometer un revolucionario en época de insurrección, la mayor vergüenza para todo el que brega no de palabra, sino de hecho, por la libertad.
Con respecto a la composición de estos destacamentos puede decirse lo siguiente: el número aconsejable de miembros participantes y la distribución de sus funciones lo indicará la experiencia. Pero es necesario comenzar a elaborar por nosotros mismos esa experiencia, sin esperar indicaciones de afuera. Naturalmente, se deberá solicitar a la organización revolucionaria local el envío de un revolucionario - militar para que pronuncie conferencias, realice conversaciones, dé consejos, pero a falta de él, es absolutamente necesario hacerlo por nuestra cuenta.
En cuanto respecta a las divisiones por partido, es natural que los miembros de un partido prefieran reunirse en un mismo destacamento. No obstante no es conveniente poner obstáculos insalvables para el ingreso al destacamento de miembros de otros partidos. Es precisamente aquí donde debemos realizar la unidad, el acuerdo práctico (se entiende, sin llegar a la fusión de partidos) del proletariado socialista con la democracia revolucionaria. Quien quiera luchar por la libertad en los hechos y demuestre que está dispuesto a hacerlo, podrá alistarse entre los demócratas revolucionarios; con ellos precisamente debemos tratar de trabajar en la preparación de la insurrección (naturalmente, debe existir la más completa confianza hacia la persona o el grupo). Es necesario separar claramente a los demás "demócratas", así como a los quasi demócratas, a los charlatanes liberales, en los cuales no es admisible confiar; brindar confianza revolucionaria a estos últimos sería criminal.
Es deseable, por supuesto, la vinculación de los destacamentos entre sí. Es de extraordinaria utilidad la elaboración de las formas y de las condiciones para una actividad común. Pero en ningún caso se debe caer en los extremos, creando planes complicados, esquemas generales, difiriendo el trabajo activo por apego a las elucubraciones pedantes, etc. La insurrección se hará, inevitablemente, en condiciones tales que los elementos no organizados serán miles de veces más numerosos que los organizados; habrá inevitablemente casos en que será preciso actuar con presteza, sobre el lugar, en pareja o individualmente; debemos prepararnos para actuar por nuestra propia cuenta y riesgo. Los retrasos, las discusiones, las postergaciones, la indecisión, son la rutina de la causa de la insurrección. La máxima resolución, la máxima energía, el inmediato aprovechamiento de todo momento adecuado, la tarea de inflamar la pasión revolucionaria de la muchedumbre, dirigirla hacia acciones más decididas, hacia acciones más decisivas, tal es el deber primordial del revolucionario.
La lucha contra las centurias negras significa una magnífica acción militar que proporciona instrucción a los soldados del ejército revolucionario, que constituye el bautismo de fuego y reporta una gran utilidad a la revolución. Los destacamentos del ejército revolucionario deben tratar de saber en seguida quiénes, dónde y cómo se componen las centurias negras, y además, no limitarse a la simple propaganda (esto es útil pero no suficiente), sino intervenir con la fuerza de las armas, golpeando a las centurias negras, exterminándolas, haciendo volar su cuartel general, etc., etc.

Publicado a fines de octubre de 1905.

domingo, 29 de junio de 2014

Lenin y la lucha armada (X)

Este texto de Lenin lo envío fraccionado por su longitud. En él, Lenin sostiene que no es posible la victoria de la revolución sin la conformación de un ejército revolucionario y que su construcción es un trabajo arduo.


Fidel Castro, principal dirigente del Ejército Rebelde, junto a Camilo Cienfuegos.

La última palabra de la táctica "iskrista", o elecciones de comedia como nuevo motivo de estímulo para la insurrección.

Las elecciones de comedia nunca estimulan a las masas. Pero una huelga, una manifestación, un motín militar, un grave incidente estudiantil, el hambre, la movilización, un conflicto en la Duma del Estado, etc., etc., pueden de verdad, ser el estímulo constante y permanente para las masas.

No es un “nuevo motivo” lo que nos falta, respetabilísimos Manilovs, sino la fuerza militar, la fuerza militar del pueblo revolucionario (y no del pueblo en general), que está formada por 1) el proletariado y el campesinado armados; 2) los destacamentos de avanzada compuestos por los representantes de estas clases; 3) las unidades del ejército dispuestas a pasarse a la causa del pueblo. Todo esto tomado en conjunto constituye un ejército revolucionario. Hablar de insurrección, de su fuerza, de la transición hacia ésta, y no hablar del ejército revolucionario, es un absurdo y un confusionismo tanto mayores cuanto más avance la movilización del ejército contrarrevolucionario.

…

Nadie puede asegurar que estos estallidos no se repetirán mañana… Su éxito depende, en primer lugar, del éxito de la agitación y organización revolucionarias… En segundo lugar, el éxito depende de la fuerza y preparación del ejército revolucionario.

…

Insurrección es una palabra muy grande. El llamamiento a una insurrección es un llamamiento sumamente grave. Cuando más compleja la estructura social, cuando más perfecta la organización del poder estatal, cuando más alta la técnica militar, tanto más imperdonable el planteamiento ligero de semejante consigna.

…

Es necesario comportarse muy cuidadosamente con las grandes palabras. Las dificultades para convertirlas en grandes obras son enormes.

…

Ejército revolucionario; estas también son palabras muy grandes. Su creación es un proceso difícil, complejo y largo. Pero cuando vemos que ya se ha iniciado y se desarrolla, fragmentariamente, episódicamente, pero en todas partes; cuando sabemos que sin este ejército la verdadera victoria de la revolución es imposible, debemos plantear la consigna categórica y directa, predicarla y convertirla en eje de las tareas políticas cotidianas. Sería erróneo creer que las clases revolucionarias siempre poseen fuerza suficiente para realizar la revolución, cuando ésta ha madurado por completo, en razón de las condiciones del desarrollo económico – social. No, la sociedad humana no está estructurada de una manera tan racional y “cómoda” para los elementos de vanguardia. La revolución puede haber madurado, y los creadores revolucionarios de esta revolución pueden carecer de fuerzas suficientes para realizarla, entonces la sociedad entra en descomposición y esta descomposición se prolonga a veces por decenios. Es indudable que la revolución democrática en Rusia ha madurado. Pero no se sabe si las clases revolucionarias tienen ahora bastante fuerza para realizarla. Eso lo decidirá la lucha, cuyo momento crítico se aproxima con enorme rapidez, si no nos engaña una seria de síntomas directos e indirectos. La preponderancia moral es indudable, la fuerza moral ya es aplastante; sin ella, por supuesto, no podría hablarse ni siquiera de revolución. Es una condición indispensable, pero todavía insuficiente. Y si llegara a transformarse en fuerza material, suficiente para quebrar la resistencia muy, pero muy seria de la autocracia (no cerremos los ojos ante eso), quedará demostrado por el resultado de la lucha. La consigna de la insurrección es la consigna de la solución del problema por medio de la fuerza material, y en la cultura europea contemporánea ésta sólo es la fuerza militar. No se debe presentar esta consigna mientras no hayan madurado las condiciones generales de la revolución, mientras no se hayan revelado en formas definidas el estímulo y la disposición de las masas a la acción, mientras las circunstancias exteriores no hayan desembocado en una crisis evidente.

Proletari, núm. 21, 17 (4) de octubre de 1905.

Lenin y la lucha armada (IX)

En este envío subo una carta que Lenin envió al Comité Militar de Petersburgo del partido bolchevique, instándolo a formar destacamentos de combate y a armarlos, como una forma de preparar la insurrección armada.


Al Comité Militar Anexo al Comité de San Petersburgo.

16 de octubre de 1905.
¡Queridos camaradas! Os agradezco mucho el envío 1) de la memoria del Comité Militar y 2) de las notas con respecto al problema de la organización de los preparativos de la insurrección + 3) los esquemas de la organización. Después de leídos estos documentos, he considerado que era mi deber dirigirme directamente al Comité Militar para un intercambio de opiniones entre camaradas. Ni qué decir tiene que no voy a examinar el planteamiento práctico de la cuestión; no puede haber duda de que se hace todo lo posible, dadas las rigurosas condiciones de Rusia. Pero, a juzgar por los documentos, existe el peligro de que la cosa degenere en el burocratismo. Todos estos esquemas, todos estos planes de la organización del Comité Militar producen la impresión de papeleo oficinesco; ruego que se me perdone por la franqueza; abrigo la esperanza de que no sospecharéis en mí el deseo de entablar disputa. En semejante empresa, lo menos conveniente de todo son los esquemas, así como las discusiones y conversaciones sobre las funciones del Comité Militar y sobre los derechos del mismo. Lo que aquí hace falta es una energía endiablada, energía y más energía. ¡Yo veo con espanto, sí, Dios mío, con verdadero espanto, que hace más de medio año que se está hablando de bombas y no se ha fabricado ni una sola! Y quienes hablan son personas de lo más instruidas... ¡Acudid a la juventud, señores! Este es el único procedimiento salvador. De otra forma, os aseguro que llegaréis tarde (lo veo por todos los síntomas) y que os quedaréis con apuntes "muy sabios", planes, diseños, esquemas, magníficas fórmulas, pero sin organización, sin un trabajo vivo. Acudid a la juventud. Cread en seguida destacamentos de combate en todas partes, entre los estudiantes y especialmente entre los obreros, etc., etc. Que se organicen inmediatamente destacamentos de tres a diez, a treinta y más hombres. Que se armen inmediatamente ellos mismos, con lo que cada uno pueda, quien con un revólver, quien con un cuchillo, quien con un trapo impregnado de kerosene para provocar incendios, etc. Que inmediatamente estos destacamentos elijan sus dirigentes y se pongan en contacto, según las posibilidades, con el Comité Militar anexo al Comité de Petersburgo. No exijáis ninguna clase de formalidades; ¡por amor de Cristo!, escupid sobre todos los esquemas; ¡por Dios! enviad a todos los diablos esas discusiones sobre "funciones, derechos y privilegios". No exijáis el ingreso obligatorio en el POSDR: sería una exigencia absurda para la insurrección armada. No rehuséis entrar en contacto con cada círculo, aunque sea de tres hombres, bajo la única condición de que esté a resguardo de la policía y dispuesto a luchar contra el ejército zarista. Que lo círculos que lo deseen entren en el POSDR o se declaren afectos al POSDR, esto es magnífico; pero yo consideraría incuestionablemente un error exigir esto.
El papel del Comité Militar anexo al Comité de Petersburgo debe consistir en: ayudar a estos destacamentos del ejército revolucionario, servir de "buró" para el enlace, etc. Todo destacamento aceptará gustoso vuestros servicios, pero si en esta empresa comenzáis con esquemas y con discursos acerca de los "derechos" del Comité Militar, echaréis a perder todo el asunto, os lo aseguro, lo echaréis a perder sin remedio.
Aquí hay que obrar realizando una amplia prédica. Que cinco o diez hombres recorran a la semana cientos de círculos de obreros y estudiantes, que se metan en todas partes donde puedan, y por todas partes propongan un plan claro, escueto, concreto y sencillo: formad inmediatamente un destacamento, armadlo con lo que podáis, trabajad con todas las fuerzas, nosotros os ayudaremos con lo que podamos, pero no nos esperéis, actuad vosotros mismos.
El centro de gravedad en esta empresa es la iniciativa de la masa de los pequeños círculos. Ellos lo harán todo. Sin ellos todo vuestro Comité Militar no es nada. Yo estoy dispuesto a medir la productividad de los esfuerzos del Comité Militar por el número de destacamentos de esta naturaleza con los que esté en contacto. Si al cabo de uno o dos meses no ha dependientes del Comité Militar en Petersburgo un mínimo de 200 a 300 destacamentos, en ese caso este Comité Militar será un comité muerto. En ese caso habrá que enterrarlo. En la actual situación de efervescencia, no reclutar cientos de destacamentos, significa permanecer al margen de la vida.
Los propagandistas deben dar a cada uno de los destacamentos breves y muy sencillas fórmulas para la fabricación de bombas, deben explicarles de la manera más elemental todos los tipos de trabajos a realizar y después dejar que ellos mismos desplieguen toda su actividad. Los destacamentos deben inmediatamente comenzar la instrucción militar a base de operaciones inmediatas, sin más tardanza. Unos destacamentos, desde ahora mismo, darán muerte a un confidente de la policía, provocarán la voladura de una comisaría, otros emprenderán el asalto de un banco para la confiscación de medios con destino a la insurrección, otros realizarán maniobras o levantamiento de planos, etc. Pero obligatoriamente hay que comenzar en seguida a aprender en la práctica: no temáis estos ataques de prueba. Pueden, naturalmente, degenerar en extremismo, pero esta es una desgracia del día de mañana: hoy la desgracia está en nuestra rutina, en nuestro doctrinarismo, en la inmovilidad propia del intelectualismo, en el temor senil a toda iniciativa. Que cada destacamento realice su aprendizaje aunque más no sea zurrando a los guardias municipales: decenas de bajas nuestras serán recompensadas con creces, porque darán centenares de combatientes expertos, que mañana conducirán tras de sí a cientos de miles.
Un estrecho apretón de manos, camaradas; os deseo éxito. No impongo en manera alguna mi punto de vista, pero considero mi deber haceros llegar mis sugestiones.
Vuestro, Lenin.

Lenin y la lucha armada (VIII)



Las jornadas sangrientas de Moscú.

Un nuevo estallido de la insurrección obrera: la huelga de masas y la lucha de calles en Moscú. En la capital, el 9 de enero retumbaron los primeros truenos de la acción revolucionaria del proletariado. Su eco se extendió por toda Rusia, lanzando a más de un millón de proletarios con una rapidez sin precedentes, a una lucha gigantesca. A Petesburgo siguieron las regiones periféricas, en las que la opresión nacional ha agudizado el ya de por sí insoportable yugo político. Riga, Polonia, Odesa, el Cáucaso, se han convertido consecutivamente en focos de la insurrección, que ha ido agrandándose en amplitud y en profundidad cada mes, cada semana. Ahora las cosas han llegado hasta el centro de Rusia, hasta el corazón de esas regiones "auténticamente rusas" que de día en día causaban el enternecimiento de los reaccionarios por su firmeza. Toda una serie de circunstancias explica esta relativa firmeza, es decir, el atraso del centro de Rusia: las formas menos desarrolladas de la gran industria, que si bien abarcó a inmensas masas obreras, no ha destruido en mayor grado la ligazón con la tierra, ni ha concentrado suficientemente a los proletarios en centros intelectuales; al estar muy alejado del extranjero; la falta de discordias nacionales. El movimiento obrero, que apareció con fuerza tan poderosa en estas regiones ya en los años 1885-1886, diríase que se adormeció por largo tiempo, y los esfuerzos de los socialdemócratas se estrellaban decenas y cientos de veces contra la resistencia de las condiciones locales del trabajo, especialmente difíciles.
Pero, al fin, también el centro se ha puesto en movimiento. La huelga de Ivánovo - Vosnosensk ha puesto de manifiesto inesperadamente la alta madurez política de los obreros. La efervescencia en toda la zona industrial del centro ha ido aumentando ininterrumpidamente y ampliándose después de esta huelga. Ahora esta efervescencia ha comenzado a manifestarse abiertamente, ha venido a transformarse en insurrección. Indudablemente, los estudiantes revolucionarios de Moscú, que acaban de adoptar una resolución completamente análoga a la aprobada por los estudiantes de Petersburgo, condenando la Duma del Estado, llamando a la lucha por la república, por la instauración de un gobierno provisional revolucionario han agudizado este estallido. Los profesionales "liberales", que acababan de elegir un rector liberalísimo, al famoso señor Trubetskói, han clausurado la Universidad bajo la presión de las amenazas de la policía: temían, según sus palabras, la repetición de la matanza de Tíflis dentro de los muros de la Universidad; pero lo único que han hecho ha sido acelerar el derramamiento de sangre en las calles, fuera del recinto universitario.
A juzgar por los lacónicos comunicados telegráficos de los periódicos del extranjero, el curso de los acontecimientos en Moscú ha sido el "corriente", un curso que ha respondido, por decirlo así, a la norma que es habitual después del 9 de enero. Comenzó con la huelga de los tipógrafos, que se extendió rápidamente. El sábado 24 de setiembre (7 de octubre) no funcionaban ya las imprentas, los tranvías, las fábricas de cigarrillos. Dejaron de salir los periódicos. Se esperaba la huelga general de los obreros fabriles y de los ferroviarios. Al atardecer hubo grandes manifestaciones, en las que además de los tipógrafos participaron también los obreros de otras profesiones, estudiantes, etc. Los cosacos y gendarmes dispersaron muchas veces a los manifestantes, pero éstos volvían a reunirse. Muchos policías resultaron heridos. Los manifestantes arrojaron piedras e hicieron disparos de revólver. Fue gravemente herido el oficial que mandaba a los gendarmes. Fue muerto un oficial cosaco, un gendarme, etc.
El sábado se unieron a la huelga los panaderos.
El domingo 25 de setiembre (8 de octubre) los acontecimientos tomaron de pronto un sesgo amenazador. Desde las once de la mañana comenzaron a aglomerarse los obreros en las calles, sobre todo en el bulevar Strastnoi y en otros lugares. La muchedumbre cantaba La Marsellesa. Las imprentas cuyo personal se negó a ir a la huelga, fueron destrozadas. Los cosacos consiguieron dispersar a los manifestantes únicamente después de una tenaz resistencia por parte de éstos.
Delante de la tienda de Filíppov, cerca de la casa del gobernador - general se reunió una muchedumbre de 400 personas, principalmente obreros panaderos. Los cosacos atacaron a la multitud. Los obreros penetraron en las casas, subieron a los tejados y desde allí arrojaron piedras sobre los cosacos. Estos abrieron fuego contra los tejados y, no pudiendo desalojar a los obreros, recurrieron a un asedio en toda regla. La casa fue cercada, un destacamento de policía y dos compañías de granaderos realizaron un movimiento envolvente, penetraron en la casa por la parte trasera y ocuparon al fin el tejado. Fueron detenidos 192 obreros. Ocho detenidos resultaron heridos; dos obreros fueron muertos (repetimos que todos estos datos tienen como fuente exclusiva los comunicados telegráficos de los periódicos del extranjero, que, naturalmente, están lejos de la verdad y dan tan sólo una idea aproximada de las proporciones de la batalla). Un serio periódico belga informa que los porteros estuvieron afanosamente dedicados a limpiar las huellas de sangre de las calles; este pequeño detalle -dice el periódico-, más que los largos comunicados, es un testimonio de la seriedad de la lucha.
Por lo visto, a los periódicos de Petersburgo se les autorizó a escribir acerca de la matanza ocurrida en la calle de Tverskáia, pero ya al día siguiente la difusión de nuevas informaciones asustó a la censura. A partir del lunes 26 de setiembre (9 de octubre), los despachos oficiales comunicaban que en Moscú no se había producido ningún desorden serio; pero a las redacciones de los periódicos de Peterburgo llegaron por teléfono otras noticias distintas. Resulta que la muchedumbre volvió a reunirse frente a la casa del gobernador - general. Las refriegas fueron enconadas. Los cosacos dispararon más de una vez. Cuando se apearon para abrir fuego, sus caballos atropellaron a mucha gente. Al atardecer una muchedumbre de obreros llenó los bulevares con sus gritos revolucionarios. Con las banderas rojas desplegadas. La muchedumbre asaltó las panaderías y las armerías. La muchedumbre fue al fin dispersada por la policía. Hubo mucho heridos. La central de telégrafos estaba protegida por una compañía de soldados. La huelga de panaderos se hizo general. La efervescencia entre los estudiantes va en aumento, las reuniones públicas son cada vez más concurridas y tienen un carácter más revolucionario. EL corresponsal del Times en Petersburgo informa de la difusión de proclamas en esa ciudad llamando a la lucha, de la efervescencia reinante entre los obreros panaderos de la ciudad, del anuncio de una manifestación para el sábado 1 (14) de octubre, de la extraordinaria alarma que cundido entre el público.
Por incompletos que sean estos datos, permiten sin embargo extraer la conclusión de que el estallido insurreccional de Moscú no representa, en comparación con los otros, el grado superior del movimiento. No hay intervención de destacamentos revolucionarios preparados de antemano y bien armados, ni el paso al lado del pueblo siquiera sea de algunas unidades de tropas, ni el empleo de los "nuevos" tipos de arma popular, las bombas (en Tiflís el 26 de setiembre -9 de octubre- habían infundido tanto pánico a los cosacos y soldados). Al faltar una de estas condiciones, no era posible contar ni con el armamento de gran número de obreros ni con la victoria de la insurrección. La importancia de los acontecimientos de Moscú, como ya hemos señalado, es otra: significan el bautismo de fuego de un gran centro, la incorporación a la lucha seria de una inmensa zona industrial.
El crecimiento de la insurrección en Rusia no sigue ni puede, naturalmente, seguir una línea ascensional suave y recta. En Petersburgo, el 9 de enero, el rasgo dominante fue el rápido y unánime movimiento de gigantescas masas, que estaban inermes y que no iban a la lucha, pero que recibieron una alta lección de lucha. En Polonia y en el Cáucaso, el movimiento se distingue por su enorme tenacidad, por el empleo relativamente más frecuente de armas y bombas por parte de la población. En Odesa, el rasgo distintivo fue el paso a los insurgentes de una parte de las tropas. En todos los casos y siempre, el movimiento ha sido fundamentalmente proletario, fundido indisolublemente con la huelga de masas. En Moscú el movimiento discurrió dentro de los mismos marcos que el de toda una serie de otros centros industriales menos importantes.
Ante nosotros se plantea ahora, naturalmente, la cuestión de si el movimiento revolucionario se detendrá en esta fase desarrollo ya alcanzado, fase "habitual" y conocida, o se elevará a un grado superior. Si cabe aventurarse en la apreciación de acontecimientos tan complejos y colosales como los acontecimientos de la revolución rusa, inevitablemente llegaremos a admitir como muchísimo más probable la segunda respuesta a esta pregunta. Ciertamente, la guerra de guerrillas -forma de lucha presente, ya asimilada, si cabe expresarse así-, las huelgas incesantes, la extenuación del enemigo con ataques en la lucha también ha dado y da los resultados más serios. Ningún Estado resistirá á la longue esta lucha tenaz, que paraliza la vida industrial, que lleva la desmoralización completa a la burocracia y al ejército, que siembra el descontento por el estado de cosas en todos los círculos del pueblo. Y menos capaz de sostener una lucha semejante es el gobierno absolutista ruso. Podemos estar plenamente seguros de que la tenaz prosecución de la lucha incluso tan sólo en aquellas formas que ya están creadas por el movimiento obrero, llevará irremisiblemente a la bancarrota del zarismo.
Pero es en grado extremo improbable que el movimiento revolucionario en la Rusia actual se detenga en la fase ya alcanzada por él ahora. Por el contrario, todos los datos hablan más bien en favor de que ésta es tan sólo una de las fases iniciales de la lucha. En el pueblo no se han reflejado aún ni muchísimo menos todas las consecuencias de una guerra vergonzosa y funesta. La crisis económica en las ciudades y el hambre en el campo acentúan terriblemente la exasperación. El ejército de Manchuria, a juzgar por todos los informes, tiene una moral muy revolucionaria, y el gobierno teme repatriarlo, pero no se puede dejar de repatriar este ejército sin correr el peligro de nuevas y más serias insurrecciones. La agitación política entre los obreros y los campesinos nunca ha sido en Rusia tan ampliar, tan regular y tan profunda como ahora. La comedia de la Duma del Estado trae inevitablemente consigo nuevas derrotas para el gobierno, nueva exasperación del pueblo. La insurrección se ha desarrollado colosalmente ante nuestra vista en unos diez meses, y no es una fantasía, no es un buen deseo, sino una conclusión directa y obligada de los hechos de la lucha de masas, la que el ascenso de la insurrección se acerca a una fase nueva y superior, en la que en ayuda de la muchedumbre acudirán los destacamentos de combate de los revolucionarios o las unidades de tropas sublevadas, en la que estos destacamentos y unidades ayudarán a las masas a conseguir armas, en la que introducirán grandes vacilaciones en las filas del ejército "zarista" (todavía zarista, pero ya no enteramente zarista ni mucho menos), en la que la insurrección llevará a una victoria seria, de la cual no podrá reponerse el zarismo.
Las tropas zaristas han conseguido la victoria sobre los obreros de Moscú; pero esta victoria no ha dejado sin fuerza a los vencidos, sino que los ha aglutinado más estrechamente, ha hecho que el odio sea más profundo, los ha acercado a las tareas prácticas de una lucha seria. Esta victoria figura en el número de las que no pueden por menos de producir vacilaciones en las filas de los vencedores. El ejército sólo ahora comienza a saber, y saberlo no sólo por la letra de las leyes, sino, además, por su propia experiencia, que ahora lo movilizan entera y exclusivamente para la lucha contra el "enemigo interior". La guerra con el Japón ha terminado, pero la movilización continúa, una movilización contra la revolución. No nos causa pavor semejante movilización, no tememos saludarla, pues cuantos más soldados haya, llamados a la lucha sistemática contra el pueblo, tanto más rápidamente sobrevendrá la educación política y revolucionaria de estos soldados. Al movilizar nuevas y nuevas unidades militares para la guerra contra la revolución, el zarismo aplaza el desenlace,pero este aplazamiento es más que nada ventajoso para nosotros, pues en esta prolongada guerra de guerrillas los proletarios aprenderán a combatir, mientras que las tropas serán atraídas indefectiblemente a la vida política, y el clamor de esta vida, el llamado al combate de la joven Rusia penetra hasta en los cuarteles, herméticamente cerrados, y despierta a los más ignorantes, a los más atrasados y a los más embrutecidos.
El estallido de la insurrección ha sido una vez más extinguido. Una vez más, ¡viva la insurrección!
Ginebra, 10 de octubre (27/IX) de 1905.

Lenin y la lucha armada (VII)

Este envío es un texto corto de Lenin, en el que levanta una nota que relata el ingreso de un destacamento de revolucionarios en una prisión para rescatar a dos dirigentes condenados a muerte. A partir de este hecho, que considera parte del progreso del armamento de las masas, llama a fabricar armas y a formar otros destacamentos, del futuro ejército revolucionario, que habrá de derrocar a la autocracia zarista. 

Imagen del Cordobazo, inicio del proceso revolucionario en Argentina en 1969. Momento en el cual empezó a estar planteada en toda su actualidad el armamento del proletariado.

De la defensa al ataque.
El corresponsal especial del serio periódico conservador Le Temps telegrafiaba a este periódico desde Petersburgo el 21 (8) de setiembre.
Anteanoche, un grupo de alrededor de 70 hombres atacó la prisión central de Riga, cortó los hilos telefónicos y con ayuda de escaleras de mano penetró en el patio de la cárcel, donde tras enconada refriega resultaron muertos dos carceleros y tres gravemente heridos. Los manifestantes libertaron entonces a dos presos políticos que estaban sometidos a consejo de guerra y  esperaban la pena de muerte. Durante la persecución de los manifestantes, que consiguieron desaparecer, a excepción de dos que han sido detenidos, fue muerto un agente y heridos varios policías.
¡Así, pues, las cosas van, a pesar de todo, adelante! El armamento de las masas, a pesar de las increíbles e indescriptibles dificultades, hace progresos. El terror individual, este engendro de la debilidad de los intelectuales, queda en la región del pasado. En lugar de gastar decenas de millares de rublos y una masa de fuerzas revolucionarias para dar muerte a cualquier Sergio* - que revolucionó a Moscú casi tan bien como algunos revolucionarios-, para matar "en nombre del pueblo", en lugar de esto comienzan las acciones militares juntamente con el pueblo. He aquí lo que resulta cuando los pioneros de la lucha armada se funden con la masa no de palabra, sino con los hechos, se colocan al frente de los grupos de combate y de los destacamentos del proletariado, educan en el fuego de la guerra civil a decenas de jefes populares, que mañana, en el día de la insurrección obrera, sabrán ayudar con su experiencia y con su valor heroico a millares y decenas de millares de obreros.
¡Salud a los héroes del destacamento revolucionario de combate de Riga! Que su éxito sirva de estimulante y de ejemplo para los obreros socialdemócratas de toda Rusia. ¡Vivan los iniciadores del ejército popular revolucionario!
Considerad el éxito con que incluso desde el punto de vista puramente militar ha sido coronada la empresa llevada a cabo por los combatientes de Riga. Han sido muerto tres y heridos, probablemente, cinco a diez enemigos. Nuestra pérdidas: sólo dos, probablemente heridos y por lo mismo, hechos prisioneros por el enemigo. Trofeos nuestros: dos jefes revolucionarios libertados del cautiverio. ¡¡ Esto sí que es una brillante victoria!! Es una verdadera victoria después de una batalla librada contra un enemigo armado hasta los dientes. Esto no es ya un complot contra un personaje cualquiera odiado, no es un acto de venganza, no es una salida provocada por la desesperación, no es un simple acto de "atemorizamiento", no: esto es el comienzo, bien meditado y preparado, calculado desde el punto de vista de la correlación de fuerzas, es el comienzo de las acciones de los destacamentos de los destacamentos del ejército revolucionario. El número  de combatientes de estos destacamentos, de 25 a 75 hombres, puede ser aumentado en varias decenas en cada ciudad grande y a menudo en los suburbios de una gran ciudad. Los obreros acudirán a centenares a estos destacamentos; lo único que hace falta es pasar inmediatamente a propagar en vasta escala esta idea, pasar a formar estos destacamentos, a dotarlos de toda clase de armas, desde cuchillos y revólveres hasta bombas, pasar a instruir y educar militarmente a estos destacamentos.
Afortunadamente, han pasado los tiempos en que por falta de un pueblo revolucionario "hacían" la revolución terroristas revolucionarios aislados. La bomba ha dejado de ser el arma del "petardista" individual y ha pasado a ser el elemento necesario del armamento del pueblo. Con los cambios introducidos en la técnica militar, cambian y deben cambiar los métodos y procedimientos de la lucha de calles. Todos nosotros estudiamos ahora (y hacemos bien al estudiar esto) la construcción de barricadas y el arte de defenderlas. Pero por conocer este viejo y útil arte no hay que olvidar los nuevos pasos dados en el terreno de la técnica militar. Los progresos hechos en el empleo de los explosivos han introducido una serie de innovaciones en la artillería.
Los japoneses han resultado ser más fuertes que los rusos en parte también porque han sabido utilizar mucho mejor los explosivos. El vasto empleo de los más fuertes explosivos es una de las particularidades muy características de la última guerra. Y estos maestros del arte militar reconocidos ahora en todo el mundo, los japoneses, han pasado también al empleo de la bomba de mano, que han utilizado a las mil maravillas contra Port Arthur ¡Aprendamos de los japoneses! Nuestra moral no ha de decaer por los duros reveses que acompañen a los intentos de conseguir aprovisionarnos de armas en gran escala. No habrá ningún revés capaz de quebrantar la energía de los hombres que comprenden y ven en la práctica, su estrecha ligazón con la clase revolucionaria, que tienen conciencia del hecho de que ahora se ha alzado realmente todo el pueblo tras sus objetivos inmediatos de lucha. En todas partes es posible preparar bombas. Se fabrican actualmente en Rusia en proporciones mucho más amplias de lo que cada uno de nosotros conoce (y cada miembro de la organización socialdemócrata, probablemente, conoce más de un caso de organización de talleres). Se fabrican en proporciones incomparablemente más vastas de lo que la policía sabe (y ella sabe, probablemente, más que los revolucionarios de las diferentes organizaciones aisladas). No habrá fuerza que pueda enfrentarse a los destacamentos del ejército revolucionario que estén provistos de bombas, que en una buena noche realicen de golpe unos cuantos ataques como el de Riga, tras los cuales -y esta última condición es la más importante- se alcen centenares de miles de obreros que no han olvidado la jornada "pacífica" del 9 de enero y que anhelan ardientemente un 9 de enero en armas.
Hacia esto van claramente las cosas en Rusia. Reflexionad sobre estas informaciones de los periódicos legales acerca de las bombas encontradas en los cestos de pacíficos pasajeros de barcos. Penetrad en la significación de estas noticias que dan cuenta de centenares de ataques contra policías y militares, de decenas de muertos en el acto, de decenas de heridos graves durante los últimos dos meses. Incluso los corresponsales del traidor periódico burgués Osvobozhdenie, que condenan la "insensata" y "criminal" propaganda de la insurrección armada, reconocen que hasta ahora nunca habían estado tan cerca los acontecimientos trágicos.
¡A la obra, pues, camaradas! Que cada uno esté en su puesto. Que cada círculo obrero comprenda que si no es hoy, mañana los acontecimientos pueden exigir de él una participación dirigente en el combate último y decisivo.
Proletari, número 18, 26 (13) de setiembre de 1905.

domingo, 22 de junio de 2014

Lenin y la lucha armada (VI)

Las centurias negras y la organización de la insurrección.



Los acontecimientos de Nizhni – Nóvgorod y de Balashov promovieron la atención general. En el número anterior hemos publicado un relato detallado de la matanza de Nizhni, en el presente publicamos un relato sobre la de Balashov. Las hazañas de las centurias negras se multiplican. La socialdemocracia debe prestar atención al significado que tiene este fenómeno en la marcha general del desarrollo revolucionario. Para completar la correspondencia de Samara, he aquí un interesante volante publicado por el grupo de Borisogliebsk del POSDR.

“¡Obreros y habitantes de la ciudad de Borisogliebsk! Los sucesos de Nizhni – Nóvgorod y de Balashov, en los que la policía mostró su capacidad para organizar una matanza de todos los que piensan de distinto modo, os revelan toda la seriedad del momento que nos plantea la revolución. La hora de las palabras y de la crítica platónica ha pasado. Por la fuerza de los hechos concretos el gobierno nos empuja de las palabras a la acción. El ve que el movimiento revolucionario ya no está en esa situación en que la policía y la gendarmería solas podían combatirlo. Se da cuenta que en su lucha contra el ‘enemigo interior’ no le bastarían las tropas regulares del Ministerio del Interior. Toda la población del Imperio Ruso se ha convertido en ‘enemigo interior’, en ‘sedicioso’, y el gobierno se vio obligado a abrir la conscripción de reclutas – voluntarios en las filas del ejército regular. Pero, al abrir la conscripción en masa para el ‘servicio nacional’ a los vagabundos, maleantes, pillos y otra gente semejante, que no admite ninguna imposición burocrática, nuestro gobierno se vio obligado a modificar los viejos métodos de represión sobre las masas, y las antiguas medidas ilegales de lucha directa contra la revolución. Curar el mal con el mismo mal. Hasta ahora nuestro gobierno se limitaba a combatir la palabra impresa. Ahora se dedica a publicar proclamas en Moskovskie Viédomosti, Rússkoie Dielo, Grazhdanín, Díen y otros órganos oficialistas. Ahora encarga a los arciprestes, generales, Sharapovs, Gringmuts y otros agitadores suyos la agitación en el pueblo. Hasta ahora nuestro gobierno se limitaba a obstaculizar la organización. Ahora se dedica a organizar uniones de gente rusa, ligas de patriotas, uniones de monárquicos. Hasta ahora se limitaba a temblar ante la idea de la insurrección. Ahora se dedica a organizar una insurrección de centurias negras, ahora tiene la esperanza de provocar una guerra civil. El gobierno, espantado ante la revolución inminente, se apropió de las armas de la misma revolución: organización, propaganda y agitación. Con ayuda de estas armas de doble filo, con ayuda de las centurias negras, el gobierno comienza a organizar escenas de indignación popular, escenas de contrarrevolución. Después de un ‘ensayo’ en la periferia, organiza una jira por el centro de Rusia. Hace poco hemos sido testigos de tales representaciones de Nizhni y Balashov y no podemos decir que el absolutismo no haya tenido éxito. Los procedimientos ‘revolucionarios’ de lucha resultaron efectivos: muchos enemigos del absolutismo fueron asesinados o apaleados, y la población está aterrorizada ante este terrorismo legal de nuestro gobierno.
No hay duda de que después de eso seguirá la ampliación del experimento. Los laureles de unas centurias negras no dejarán dormir a las otras, hasta que no hayan probado también sus fuerzas. Donde hay revolución, también ha contrarrevolución, y por consiguiente, también Borisogliebsk debe estar preparado para sufrir la experimentación de las aptitudes organizativas de los destacados representantes de la tendencia reaccionaria. Tenemos razones para esperar también en Borisogliebsk los pogróms contra los judíos, obreros e intelectuales; y por lo tanto, preocupados por la preparación de un adecuado rechazo de todas las ‘medidas ilegales’ del gobierno para sofocar el movimiento revolucionario, el grupo de Borisogliebsk, al abrir la suscripción para organizar la autodefensa armada, invita a todos aquellos cuya simpatía no está con el gobierno y con las centurias negras, a ayudar con dinero y armas a la organización de grupos de autodefensa.”

En efecto, el propio gobierno le impone la guerra civil a la población. En efecto, los “vagabundos, maleantes y pillos” ingresan al servicio del Estado. En estas condiciones, los discursos burgueses de los osvobozhdenistas sobre la criminal y demente prédica de la insurrección, sobre el daño de la organización de la autodefensa (núm. 74 de Osvob.), aparecen ya no sólo como una tremenda trivialidad política, no sólo como justificación del absolutismo y (prácticamente) servilismo ante Moskovskie Viédomosti. No, estos discursos se convierten simplemente en rezongos mortecinos de las momias de Osvobozhdenie, a quienes el movimiento revolucionario arroja implacablemente “por la borda de la vida”, envía al archivo de rarezas, que es el lugar más adecuado para ellas. Las discusiones teóricas sobre la necesidad de la insurrección pueden y deben realizarse, las resoluciones tácticas sobre este problema deben meditarse y elaborarse minuciosamente, pero con todo eso, no debe olvidarse que la marcha espontánea de las cosas se abre camino poderosamente, mal que les pese a los sabihondos. No debe olvidarse que el desarrollo de tantas y tan grandes contradicciones como se han acumulado a lo largo de los siglos en la vida rusa marcha con fuerza implacable, empujando al escenario a las masas populares, barriendo al montón de desperdicios las muertas y moribundas doctrinas sobre el progreso pacífico. A todos los oportunistas les gusta decirnos: aprendan de la vida. Lamentablemente, ellos entienden por vida sólo el pantano de los períodos de paz, los tiempos de estancamiento, en los que la vida apenas avanza. Ellos, gente ciega, quedan siempre rezagados respecto de las enseñanzas de la vida revolucionaria. Sus doctrinas muertas siempre se quedan detrás del torrente impetuoso de la revolución que expresa las más profundas reivindicaciones de la vida y aborda los más arraigados intereses de las masas populares.

Ved, por ejemplo, cuán ridículos resultan ahora, frente a estas enseñanzas de la vida, los alaridos de cierto sector de la socialdemocracia sobre el peligro de una concepción conspirativa con respecto a la insurrección, sobre la apreciación estrecha ‘jacobina’ de su necesidad, sobre la exageración del significado y el papel de la fuerza material en los sucesos políticos que se aproximan. Estos alaridos se alzaron justamente en vísperas de convertirse la insurrección en la más auténtica y vital necesidad popular, cuando precisamente la masa, que es la más ajena de toda “conspiración”, comenzó a adherirse a la insurrección, gracias a las proezas de las centurias negras. Una mala doctrina se corrige perfectamente con una buena revolución. Podéis leer en la nueva Iskra unos chistes (¿o son sarcasmos?) insípidos y torpes, dignos de Burenin acerca de que en un folleto especialmente dedicado a temas militares se analizan problemas militares de la revolución, inclusiva la cuestión de los ataques diurnos y nocturnos, o la necesidad de pensar en la ubicación de los estados mayores de la insurrección, o la designación de “guardias” de los miembros de la organización que puedan informarse a tiempo de cualquier pogrom, cualquier acción del “enemigo”, y dar a tiempo las órdenes precisas a nuestras fuerzas de combate, al proletariado revolucionario organizado. Y al mismo tiempo, como burlarse de la doctrina sin vida de los mencheviques en el extranjero, vemos la acción de los mencheviques rusos. Leemos con respecto a Ekaterinoslav (ver el núm. 13 de Proletari) que en un momento crítico (¡se esperaba un pogrom de las centurias negras! ¿Es que existe actualmente en Rusia una ciudad o un pueblo donde no se espere algo semejante?) se realizó un acuerdo entre los bolcheviques por una parte, y los mencheviques y el Bund por la otra. “Colectas comunes de dinero para armas, un plan común de acción, etc.” Qué clase de plan era ese, se ve por ejemplo en lo siguiente: en la fábrica de Briansk los socialdemócratas en un mitin de 500 obreros habían invitado a organizar la resistencia. “Luego, por la noche, los obreros organizados de la fábrica de Briansk fueron instalados en algunas casas; se destacaron patrullas, se designó un estado mayor, etc.; en una palabra, estuvimos en plena disposición de combate” (entre otras cosas, se informaron los unos a los otros de “la ubicación de los estados mayores de cada organización”, de las tres arriba mencionadas).

¡Los periodistas neoiskristas se burlan… de sus propios camaradas – prácticos!

Aunque arruguéis la nariz con desprecio, señores, por eso de los ataques nocturnos y otros problemas militares puramente tácticos, aunque hagáis muecas frente al “plan” de designar las guardias de secretarios o miembros de la organización para el caso de acciones militares urgentes, la vida vence, la revolución enseña, disciplinando y sacudiendo a los pedantes más empedernidos. Las cuestiones militares, aun las de detalle, es necesario estudiarlas en momentos de guerra civil, y el interés de los obreros por estas cuestiones es el más legítimo y sano de los fenómenos. Los estados mayores (o las de los miembros de la organización) es necesario organizarlos. La ubicación de patrullas, la instalación de destacamentos, todo eso son funciones puramente militares, son las operaciones iniciales del ejército revolucionario, todo eso es la organización de una insurrección armada, la organización del poder revolucionario que se fortalece y se consolida en estos pequeños preparativos, en estas leves escaramuzas, experimentando sus fuerzas, aprendiendo a guerrear, preparándose para la victoria, una victoria tanto más próxima, tanto más probable, cuanto más profunda es la crisis política general, cuanto más fuertes son la efervescencia, el descontento y las vacilaciones en las filas del ejército zarista.

Los compañeros socialdemócratas deben seguir y seguirán en escala cada vez mayor el ejemplo de los compañeros de Ekaterinoslav y Borisogliebsk. El llamado a la ayuda en dinero y armas es muy oportuno. Crece y seguirá creciendo el número de personas completamente ajenas a todo “plan” e incluso a toda idea de la revolución, que ven y sientes la necesidad de la lucha armada frente a las ferocidades de la policía, los cosacos y las centurias negras, perpetradas contra los ciudadanos inermes. No hay elección posible, todos los demás caminos están cerrados. No es posible dejar de conmoverse por lo que ocurre ahora en Rusia; no es posible dejar de pensar en la guerra y la revolución, y todo el que se conmueve, piensa, se interesa, se ve obligado a colocarse en uno u otro bando armado. A vosotros os apalearán y os matarán, pese al carácter archipacífico y legal hasta la mezquindad, de vuestra acción. La revolución no admite neutrales. La lucha se ha encendido. Es una lucha de vida o muerte, lucha entre la vieja Rusia de la esclavitud, de la servidumbre y del absolutismo, y la nueva, la joven Rusia popular, la Rusia de las masas laboriosas que anhelan la luz y la libertad, para reiniciar una y otra vez la lucha por la total liberación de la humanidad de toda opresión y toda explotación.

¡Que venga, pues, la insurrección armada popular!


Proletari, número 14, 29 (16) de agosto de 1905.