sábado, 4 de octubre de 2008

Maridaje

Hay maridajes que son indiscutibles, vino tinto con determinados quesos fuertes, habanos con brandy o leer un poema de Pessoa mientras escuchamos un fado. De paso, escarbamos en la herida. Y eso, si Lacan tiene razón, no deja de ser parte del goce.

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El amor es una compañía

El amor es una compañía.
Ya no sé andar solo por los caminos
porque ya no puedo andar solo.
Un pensamiento visible
me hace andar más deprisa
y ver menos, y al mismo tiempo
gustarme mucho el ir viéndolo todo.
Incluso su ausencia es algo que está conmigo.
Y me gusta tanto que no sé cómo desearla.
Si no la veo, la imagino
y soy fuerte como los altos árboles.
Pero, si la veo, tiemblo,
no sé qué se hace de lo que siento en su ausencia.
Todo yo soy una fuerza que me abandona.
Toda la realidad mira hacia mí
como un girasol con su cara en el medio.

jueves, 14 de agosto de 2008

Excelente versión de Personal Jesus

Esto no tiene nada que ver con el marxismo, pero la versión que hizo Johnny Cash de Personal Jesus de Depeche Mode me parece fantástica.
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martes, 15 de julio de 2008

La Tenacidad

Hace unos días, mientras paseaba por la zona del Congreso, me detuve en la carpa del MAS para comprar su prensa y llevarme algún que otro volante. De paso también me compré el libro "Diez días que conmovieron al mundo" de John Reed.


En uno de los volantes se leía: "Los trabajadores tenemos cosas que aprender de esta crisis. Una importante es la tenacidad con la que se pelean ambos bandos por sus egoístas intereses. La clase obrera debería defender los suyos propios con la misma tenacidad por el bien de toda la sociedad"


El volante no señala ejemplos de luchas obreras tenaces, aunque se podrían mencionar varios, que terminaron en victoria o en derrota (la lucha de los trabajadores del Casino es uno de los más recientes ejemplos).


Sin embargo, mi interés pasa por plantear una sola pregunta y tratar de contestarla:


¿Cómo es que ambos bandos, Gobierno y Campo, son tan tenaces?


Lo primero que se me ocurre es porque tienen los recursos para serlo. Mientras los labriegos están en las rutas, los peones están en el campo produciendo. La consecuencia lógica es que no necesitamos a estos "productores" porque los productores verdaderos son otros.


Pero así y todo eso no explica el por qué de la tenacidad de su lucha. Sólo explica el por qué pueden estar tanto tiempo en la ruta. Los medios que poseen les permiten no estar trabajando, explican la forma de la protesta pero no la defensa del contenido de esa protesta.


Sobre esto último, me parece que lo que explica la tenacidad es la coincidencia inmediata entre el interés de estos burgueses porque se reduzcan las retenciones, con su interés histórico, la defensa de la propiedad privada de los medios de producción.


En efecto, la renta es tan suya como la tierra.


El interés histórico de la burguesía es la defensa del derecho de propiedad porque es sobre esa propiedad que se asienta su poder social. La lucha contra las retenciones toca el interés histórico de la burguesía.


En cambio, los trabajadores luchan por su interés histórico, de forma inmediata, sólo cuando intentan tomar el poder, es decir, cuando intentan hacer la revolución. La mayoría de las veces, las luchas obreras, tienen solamente contenidos reivindicativos, que no cuestionan en forma abierta el poder social de la burguesía.


Por eso, en una lucha por mayor salario no es necesaria una coincidencia entre la conciencia inmediata (mejorar las condiciones laborales de contratación) y el interés histórico del proletariado (suprimir la propiedad privada de los medios de producción). Pero así como no es necesaria esa coincidencia para obtener un éxito, muchas veces la falta de conciencia es la que impide la tenacidad de los obreros (además, claro está, de la falta de recursos).


Ahí radica la diferencia entre la clase en sí y la clase para sí.


En cuanto al Gobierno, necesita del dinero de las retenciones para varias cosas.


Para tener caja, comprar voluntades y mantenerse en el poder y también para pagar la deuda externa (tenemos vencimientos por U$S 50 mil millones hasta el 2011) y subsidios a una burguesía industrial mercado internista incapaz de competir con las burguesías de otros países.


Sin embargo, pese a que a la burguesía industrial no le alcanza con el tipo de cambio devaluado y necesita además subsidios, esta fracción no apoya tan tenazmente al Gobierno.


Su conciencia inmediata (sobrevivir a la competencia capitalista) no coincide con su interés histórico (la defensa de la propiedad privada). La burguesía industrial no puede mirar con buenos ojos que a otra fracción se le quite una porción sustancial de la renta porque mañana le podría tocar a ella. Por otra parte saben que los subsidios podrían ser reemplazados por una nueva devaluación, por lo que las retenciones no son la única salida.


El capitalista ve como algo normal, natural, perder su propiedad en la competencia con otros capitalistas. No quiere decir que le guste o que no haga todo lo posible para impedirlo. Pero no lo ve como una aberración que se aleja del "orden natural" de las cosas. Sin embargo, así percibe la acción estatal tendiente a quitarle parte de la renta que "produce", es decir, de la plusvalía que extrae. El capitalista bien puede decir: Que me vaya mal en los negocios lo acepto, pero que el Estado me quite lo que es mío no.


Es por eso que no creo que la clase obrera deba aprender de la tenacidad de la burguesía. El proletariado ha dado muchos ejemplos. Lo que me parece que tiene que aprender la clase obrera es a ver sus luchas reivindicativas como pequeñas batallas que se libran en una guerra más general contra la burguesía, por el cambio social.


Saludos

miércoles, 25 de junio de 2008

La Crisis

De Mendiguren, el vicepresidente de la Unión Industrial Argentina, teme por sus negocios. Es que, según él, la baja de la cotización del dólar y la suba de la tasa de interés genera una nueva bicicleta financiera.

A los K no les ha caído nada bien que Cobos se cortara solo e invitara a los gobernadores a discutir el asunto de las retenciones móviles. Mientras tanto, Urquía, el senador K y dueño de Aceitera General Deheza, renuncia a la presidencia de la Comisión de Presupuesto y es reemplazado por un senador de Santa Cruz.

El IndeK informa un crecimiento del 9% y a la vez que las importaciones crecieron un 47% mientras que las exportaciones cayeron un 3%.

Por su lado, Kirchner se reúne con los capanga de la CGT y pactan que no habrá pedidos de aumentos salariales.

De Mendiguren, en tanto representante de la burguesía industrial mercado internista, se alarma por la baja cotización del dólar porque sus ganancias dependen de un tipo de cambio alto. El aumento, en términos absolutos, de las importaciones revela que el tipo de cambio alto ya no es tan eficaz para proteger a la industrial nacional. Revela que es necesaria una nueva devaluación, otra confiscación a los trabajadores.

Lo que ocurre también es que Argentina está importando la inflación generada por la especulación internacional en materias primas y a su vez ha generado una espiral inflacionaria interna (calculada en aproximadamente en un 30% anual). Esa es la explicación que encuentro a que el tipo de cambio devaluado vaya dejando de servir como herramienta competitiva. De hecho, mantener un tipo de cambio devaluado, en un contexto de entrada de divisas por mayores exportaciones, implica que hay que endeudarse o emitir moneda. El aumento del endeudamiento hace aumentar la tasa de interés (por ponerse en duda la capacidad y la voluntad de pago), mientras que la emisión monetaria genera inflación.

Por eso no es creíble la tasa de crecimiento anunciada. Porque si la inflación es mayor a la que informa el Indek, forzosamente el crecimiento debe ser menor al informado.

Nadie se cree la fortaleza del Banco Central. Los supuestos 50 mil millones de reservas son hoy 47 mil millones (en los últimos meses se perdieron más de 3 mil millones), de los cuales 16 mil millones están atados a las Letras del Banco Central (LEBAC), por lo que las reservas en realidad son de 31 mil millones y no sabemos tampoco cómo están invertidas ni si son todas de libre disponibilidad.

Esta crisis genera un grado de descomposición del régimen político tal que ninguno de los representantes de las distintas fracciones burguesas en disputa saben para dónde disparar. Por eso los movimientos en la cúpula: porque la base se agita. Por eso la constante conspiración. Por eso las amenazas de golpes oficialistas y opositores no son falsas, aunque ya no se trate de militares saliendo de los cuarteles.

Ni qué hablar de las centrales sindicales. No existe un apoyo unificado a uno u otro campo de la burguesía. Tanto la CGT como la CTA se dividen entre apoyar al campo o al gobierno.

La agitación de la base, esto es, el efecto determinante de la infraestructura no es absoluto sino que se encuentra en relación dialéctica con las crisis en las alturas. Se retroalimentan.

Trotsky decía que “… en toda sociedad de clases existen suficientes contradicciones como para que entre las fisuras se pueda urdir un complot. La experiencia histórica prueba, sin embargo, que también es necesario cierto grado de enfermedad social -como en España, en Portugal y en América del Sur- para que la política de las conspiraciones pueda alimentarse constantemente. En estado puro, la conspiración, incluso en caso de victoria, sólo puede reemplazar en el poder camarillas de la misma clase dirigente o, menos aún, sustituir hombres de Estado.” (Historia de la Revolución Rusa, “El arte de la insurrección”)

Si seguimos así se generará una situación de la que hablaba Lenin en La Bancarrota de la II Internacional: “1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable; tal o cual crisis en las ‘alturas’, una crisis de la política de la clase dominante, abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no basta que ‘los de abajo no quieran’ vivir como antes, sino que hace falta que ‘los de arriba no puedan vivir’ como hasta entonces. 2) Una agravación, superior a la habitual, de la miseria y las penalidades de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por las razones antes indicadas, de la actividad de las masas, que en tiempos ‘pacíficos’ se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por la situación de crisis en conjunto como por las ‘alturas’ mismas, a una acción histórica independiente”. (…)

Ese conjunto de cambios es lo que llamaba Lenin, una situación revolucionaria. Esto fue lo que ocurrió en 2001.

Pero nuestro buen camarada Lenin agregaba en otro escrito que “La revolución es imposible sin una crisis nacional general que afecte a explotados y a explotadores. Por consiguiente, para la revolución hay que lograr, primero, que la mayoría de los obreros (o en todo caso, la mayoría de los obreros conscientes, reflexivos, políticamente activos) comprenda profundamente la necesidad de la revolución y esté dispuesta a sacrificar la vida por ella; en segundo lugar, es preciso que las clases gobernantes atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a la política a las masas más atrasadas (el síntoma de toda revolución verdadera es la decuplicación o centuplicación del número de hombres aptos para la lucha política, representantes de la masa trabajadora y oprimida, antes apática), que reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible su derrumbamiento rápido por los revolucionarios” (Lenin, La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo. Abril - Mayo de 1920).

Por eso es tan necesaria la construcción de un partido de trabajadores, revolucionario, porque las salidas que plantean ambas fracciones de la burguesía son falsas salidas y aumentarán la pobreza de la mayoría de la población y de la próxima situación revolucionaria saldremos tan maltrechos como en el 2001, por una deficiencia en las condiciones subjetivas, por falta de partido. Renegar de esto es criminal, porque implica condenar a la pobreza y la muerte a millones de personas.

Saludos

martes, 17 de junio de 2008

Los Idiotas

Idiota, para los griegos, era aquel ciudadano privado y egoísta que no se preocupaba de los asuntos públicos.

Gramsci:

Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes.

La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?

Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.

Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.

miércoles, 11 de junio de 2008

El Arte de la Insurrección

No ando con tiempo para escribir nada interesante. Por eso, los dejo con León y parte del excelente capítulo de su Historia de la Revolución Rusa: El arte de la insurrección.


Al igual que la guerra, la gente no hace por gusto la revolución. Sin embargo, la diferencia radica en que, en una guerra, el papel decisivo es el de la coacción; en una revolución no hay otra coacción que la de las circunstancias. La revolución se produce cuando no queda ya otro camino. La insurrección, elevándose por encima de la revolución como una cresta en la cadena montañosa de los acontecimientos, no puede ser provocada artificialmente, lo mismo que la revolución en su conjunto. Las masas atacan y retroceden antes de decidirse a dar el último asalto.


De ordinario se opone la conspiración a la insurrección, como la acción concertada de una minoría ante el movimiento elemental de la mayoría. En efecto: una insurrección victoriosa que sólo puede ser la obra de una clase destinada a colocarse a la cabeza de la nación; es profundamente distinta, tanto por la significación histórica como por sus métodos, de un golpe de Estado realizado por conspiradores que actúan a espaldas de las masas.


De hecho, en toda sociedad de clases existen suficientes contradicciones como para que entre las fisuras se pueda urdir un complot. La experiencia histórica prueba, sin embargo, que también es necesario cierto grado de enfermedad social -como en España, en Portugal y en América del Sur- para que la política de las conspiraciones pueda alimentarse constantemente. En estado puro, la conspiración, incluso en caso de victoria, sólo puede reemplazar en el poder camarillas de la misma clase dirigente o, menos aún, sustituir hombres de Estado La victoria de un régimen social sobre otro sólo se ha dado en la historia a través de insurrecciones de masas.


(...)


Lo que acabamos de decir no significa en absoluto que la insurrección popular y la conspiración se excluyan mutuamente en todas las circunstancias. Un elemento de conspiración entra casi siempre en la insurrección en mayor o menor medida. Etapa históricamente condicionada de la revolución, la insurrección de las masas no es nunca exclusivamente elemental. Aunque estalle de improviso para la mayoría de sus participantes, es fecundada por aquellas ideas en las que los insurrectos vean una salida para los dolores de su existencia. Pero una insurrección de masas puede ser prevista y preparada. Puede ser organizada de antemano. En este caso, el complot se subordina a la insurrección, la sirve, facilita su marcha, acelera su victoria. Cuanto más elevado es el nivel político de un movimiento revolucionario y más seria su dirección, mayor es el lugar que ocupa la conspiración en la insurrección popular.


(...)


Derribar el antiguo poder es una cosa. Otra diferente es adueñarse de él. En una revolución, la burguesía puede tomar el poder, no porque sea revolucionaria, sino porque es la burguesía: tiene en sus manos la propiedad, la instrucción, la prensa, una red de puntos de apoyo, una jerarquía de instituciones. En muy diferente situación se encuentra el proletariado: desprovisto de los privilegios sociales que existen en su exterior, el proletariado insurrecto sólo puede contar con su propio número, su cohesión, sus cuadros, su Estado Mayor.


(...)


En la combinación de la insurrección de masas con la conspiración, en la subordinación del complot a la insurrección, en la organización de la insurrección a través de la conspiración, radica el terreno complicado y lleno de responsabilidades de la política revolucionaria que Marx y Engels denominaban "el arte de la insurrección". Ello supone una justa dirección general de las masas, una orientación flexible ante cualquier cambio de las circunstancias, un plan meditado de ofensiva, prudencia en la preparación técnica y audacia para dar el golpe.


(...)


La insurrección es un arte y como todo arte tiene sus leyes. Las reglas de Blanqui respondían a las exigencias del realismo en la guerra revolucionaria. El error de Blanqui consistía no en su teorema directo, sino en el recíproco. Del hecho que la incapacidad táctica condenaba al fracaso a la revolución, Blanqui deducía que la observación de las reglas de la táctica insurreccional era capaz por sí misma de asegurar la victoria. Solamente a partir de esto es legítimo oponer el blanquismo al marxismo. La conspiración no sustituye a la insurrección. La minoría activa del proletariado, por bien organizada que esté, no puede conquistar el poder independientemente de la situación general del país: en esto el blanquismo es condenado por la historia. Pero únicamente en esto. El teorema directo conserva toda su fuerza. Al proletariado no le basta con la insurrección de las fuerzas elementales para la conquista del poder. Necesita la organización correspondiente, el plan, la conspiración. Es así como Lenin plantea la cuestión.


La crítica de Engels, dirigida contra el fetichismo de la barricada, se apoyaba en la evolución de la técnica en general y de la técnica militar. La técnica insurreccional del blanquismo correspondía al carácter del viejo París, a su proletariado, compuesto a medias de artesanos; a las calles estrechas y al sistema militar de Luis Felipe. En principio, el error del blanquismo consistía en la identificación de revolución con insurrección. El error técnico del blanquismo consistía en identificar la insurrección con la barricada. La crítica marxista fue dirigida contra los dos errores. Considerando, de acuerdo con el blanquismo, que la insurrección es un arte, Engels descubrió no sólo el lugar secundario de la insurrección en la revolución, sino también el papel declinante de la barricada en la insurrección. La crítica de Engels no tenía nada en común con una renuncia a los métodos revolucionarios en provecho del parlamentarismo puro, como intentaron demostrar en su tiempo los filisteos de la socialdemocracia alemana, con el concurso de la censura de los Hohenzollern. Para Engels, la cuestión de las barricadas seguía siendo uno de los elementos técnicos de la insurrección. Los reformistas, en cambio, intentaban concluir de la negación del papel decisivo de la barricada la negación de la violencia revolucionaria en general. Es más o menos como si, razonando sobre la disminución probable de la trinchera en la próxima guerra, se dedujese el hundimiento del militarismo.


La organización con la que el proletariado pudo no sólo derribar el antiguo régimen, sino también sustituirlo, es el soviet. Lo que más adelante se convirtió en el resultado de la experiencia histórica, hasta la insurrección de Octubre, no era más que un pronóstico teórico, aunque se apoyaba, es cierto, sobre la experiencia previa de 1905. Los soviets son los órganos de preparación de las masas para la insurrección, los órganos de la insurrección y, después de la victoria, los órganos del poder. Sin embargo, los soviets no resuelven por sí mismos la cuestión. Según su programa y dirección, pueden servir para diversos fines. El partido es quien da a los soviets el programa. Si en una situación revolucionaria -y fuera de ella son generalmente imposibles- los soviets engloban a toda la clase, a excepción de las capas completamente atrasadas, pasivas o desmoralizadas, el partido revolucionario está a la cabeza de la clase. El problema de la conquista del poder sólo puede ser resuelto por la combinación del partido con los soviets, o con otras organizaciones de masas más o menos equivalentes a los soviets.


Cuando el soviet tiene a su cabeza un partido revolucionario, tenderá conscientemente y a tiempo a adueñarse del poder. Adaptándose a las variaciones de la situación política y al estado de espíritu de las masas, preparará los puntos de apoyo de la insurrección, ligará los destacamentos de choque a un único objetivo y elaborará de antemano el plan de ofensiva y del último asalto: esto precisamente significa introducir la conspiración organizada en la insurrección de masas.


(...) Lenin no se postraba ni un minuto ante la fuerza elemental "sagrada" de las masas. Había reflexionado antes, y con más profundidad que cualquier otro, sobre la relación entre los factores objetivos y subjetivos de la revolución, entre el movimiento de las fuerzas elementales y la política del partido, entre las masas populares y la clase avanzada, entre el proletariado y su vanguardia, entre los soviets y el partido, entre la insurrección y la conspiración. Pero el hecho de que no se pueda provocar cuando se quiere un levantamiento y que para la victoria sea necesario organizar oportunamente la insurrección, plantea a la dirección revolucionaria el problema de dar un diagnóstico exacto: es preciso sorprender a tiempo la insurrección que asciende para completarla con una conspiración.


(...)


La palabra "momento" no ha de entenderse literalmente, como un día y una hora determinados: incluso para los alumbramientos, la naturaleza concede un margen de tiempo considerable cuyos límites no sólo interesan a la obstetricia, sino también a la casuística del derecho de sucesión. Entre el momento en que la tentativa de provocar un levantamiento, por ser aún inevitablemente prematura, conduciría a un aborto revolucionario, y el otro momento en que la situación favorable debe ser considerada ya como irremediablemente perdida, transcurre un cierto período de la revolución -puede medirse en semanas y, algunas veces, en meses- durante el cual la insurrección puede realizarse con más o menos probabilidades de triunfo. Discernir este período relativamente corto y escoger después un momento determinado, en el sentido preciso del día y de la hora, para dar el último golpe, constituye la tarea más llena de responsabilidades para la dirección revolucionaria. Se puede justamente considerarlo como el problema clave, puesto que relaciona la política revolucionaria con la técnica de la insurrección: ¿habrá que recordar que la insurrección, lo mismo que la guerra, es, la prolongación de la política, sólo que por otros medios?


(...)


Las premisas esenciales de una revolución consisten en que el régimen social existente se encuentra incapaz de resolver los problemas fundamentales del desarrollo de la nación. La revolución no se hace, sin embargo, posible más que en el caso en que entre los diversos componentes de la sociedad aparece una nueva clase capaz de ponerse a la cabeza de la nación para resolver los problemas planteados por la historia. El proceso de preparación de la revolución consiste en que las tareas objetivas, producto de las contradicciones económicas y de clase, logran abrirse un camino en la conciencia de las masas humanas, modifican aspectos y crean nuevas relaciones entre las fuerzas políticas. Como resultado de su incapacidad manifiesta para sacar al país del callejón, las clases dirigentes pierden fe en sí mismas, los viejos partidos se descomponen, se produce una lucha encarnizada entre grupos y camarillas y se centran todas las esperanzas en un milagro o en un taumaturgo. Todo esto constituye una de las premisas políticas de la insurrección, extremadamente importante aunque pasiva.


La nueva conciencia política de la clase revolucionaria, que constituye la principal premisa táctica de la insurrección, se manifiesta por una furiosa hostilidad al orden establecido y por la intención de realizar los esfuerzos más heroicos y estar dispuesta a tener víctimas para arrastrar al país a un camino de rehabilitación.


Los dos campos principales, los grandes propietarios y el proletariado, no representan, sin embargo, la totalidad de la nación.


Entre ellos se insertan las amplias capas de la pequeña burguesía, que recorren toda la gama del prisma económico y político. El descontento de las capas intermedias, sus desilusiones ante la política de la clase dirigente, su impaciencia y su rebeldía, su disposición a apoyar la iniciativa audazmente revolucionaria del proletariado, constituyen la tercera condición política de la insurrección, en parte pasiva en la medida que neutralice a los estratos superiores de la pequeña burguesía, y en parte activa en la medida que empuje a los sectores más pobres a luchar directamente codo a codo con los obreros. La reciprocidad condicional de esas premisas es evidente: cuanto más resuelta y firmemente actúe el proletariado y, por tanto, mayores sean sus posibilidades de arrastrar a las capas intermedias, tanto más aislada quedará la clase dominante y más se acentuará su desmoralización. Y, en cambio, la disgregación de los grupos dirigentes lleva agua al molino de la clase revolucionaria.


El proletariado sólo puede adquirir esa confianza en sus propias fuerzas -indispensable para la revolución- cuando descubre ante él una clara perspectiva, cuando tiene la posibilidad de verificar activamente la relación de fuerzas que cambia a su favor y cuando se siente dirigido por una dirección perspicaz, firme y audaz. Esto nos conduce a la condición, última en su enumeración pero no en su importancia, de la conquista del poder: al partido revolucionario como vanguardia estrechamente única y templada de la clase.


(...) lo más difícil para la clase obrera consiste en crear una organización revolucionaria que esté a la altura de sus tareas históricas.


(...)


Una situación revolucionaria no es eterna. De todas las premisas de una insurrección, la más inestable es el estado de ánimo de la pequeña burguesía. En los momentos de crisis nacionales, la pequeña burguesía sigue a la clase que, no sólo por la palabra sino por la acción, le inspira confianza. Capaz de fuertes impulsos, e incluso de delirios revolucionarios, la pequeña burguesía no tiene resistencia, pierde fácilmente el valor en caso de fracaso y sus ardientes esperanzas se transforman en desilusiones. Son precisamente los violentos y rápidos cambios de su estado de ánimo los que dan esa inestabilidad a cada situación revolucionaria. Si el partido proletario no es lo suficientemente resuelto como para transformar a tiempo la expectativa y las esperanzas de las masas populares en una acción revolucionaria, el flujo será pronto reemplazado por un reflujo: las capas intermedias apartarán su mirada de la revolución y buscarán su salvación en el campo opuesto. Así como en la marea ascendente el proletariado arrastra con él a la pequeña burguesía, en el momento del reflujo la pequeña burguesía arrastra consigo a importantes capas del proletariado. Tal es la dialéctica de las olas comunistas y fascistas en la evolución política de la Europa de posguerra.


(...)

miércoles, 30 de abril de 2008

... y no tienen más riquezas que sus manos.


Se cumplen 122 años de la jornada huelguística iniciada en Chicago para lograr que se legislara la jornada laboral de 8 horas. El resultado de esa huelga fue la ejecución de cinco trabajadores (los Mártires de Chicago).


Desde esa fecha se acumulan por millones los trabajadores asesinados por el estado.


Para millones de trabajadores en todo el mundo la jornada de 8 horas es una quimera y el plato de comida en la mesa es el milagro de todos los días.


El diario La Nación publicó hoy una serie de notas en las cuales se alerta sobre la emergencia alimentaria que se vive en todo el mundo, emergencia que afecta principalmente a la clase obrera, y cuya causa principal es el respeto por la propiedad privada de los medios de producción. Respeto logrado en base a sangre.


Nunca más que ahora es tan actual la consigna de Marx y Engels puesta en el Manifiesto Comunista:
Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.
¡Proletarios de todos los Países, uníos! .


FELIZ DÍA DEL TRABAJADOR.


* La imagen y otras más las pueden ver en http://www.formaico.com.ar/

viernes, 18 de abril de 2008

Derecho y derecho de propiedad (un ejemplo argentino)

Aquí, con motivo de una discusión sobre el estatuto científico del psicoanálisis, un camarada afirmó que el derecho es una ciencia. No estoy seguro que lo sea pero me dio el impulso para exponer qué tienen para decir los zurdis sobre el derecho y para comentar cómo se ordena el derecho de propiedad en nuestro país dando un ejemplo un tanto viejito.


El derecho, así como el Estado, es un instrumento que utiliza la clase dominante de cada período histórico para asegurar su dominación y la protección de sus intereses. Esto es, más o menos, el derecho en una sociedad dividida en clases. A su vez, el derecho refleja en forma deformada el momento en que se encuentra la lucha de clases. Así, una legislación laboral abiertamente antiobrera como la que se fue dictando durante el menemismo principalmente es consecuencia de la absoluta desmovilización de la clase obrera no solo argentina sino mundial. Un tipo de legislación como esa era impensable en los años '60.


Por eso, la relación entre la superestructura jurídica y la infraestructura económica no es fácil de desentrañar.


La producción y la reproducción de la vida real es lo que determina en última instancia la historia pero de ninguna manera es el único factor determinante. Aunque siempre se termina imponiendo como necesidad el movimiento económico.


La existencia de un tipo de derecho está determinada por las relaciones de producción imperantes en cada momento pero, a su vez, el derecho tiene la capacidad de actuar sobre el dominio económico y, sobre ambos dominios, actúa la lucha de clases.


"En un estado moderno el derecho no sólo debe corresponder a la situación económica general y ser la expresión de ésta, sino que debe ser también una expresión coherente y que no parezca, debido a contradicciones internas, claramente inconsistente. (…) el curso del ‘desarrollo del derecho’ sólo consiste en gran medida: primero, en la tentativa de eliminar las contradicciones provenientes de la traducción directa de las relaciones económicas a principios jurídicos y de establecer un sistema jurídico armonioso; y luego en las repetidas brechas que se producen en este sistema por influencia y presión del desarrollo económico posterior, que lo arrastran a nuevas contradicciones (por el momento no hablo sino del derecho civil)”. (Carta de Engels a Konrad Schmidt, en Marx, Carlos y Engels, Federico, Correspondencia, p. 384.)


Con respecto a la consistencia aparente del derecho ello está consagrado por nuestro Código Civil que, en su artículo 15 establece que “Los jueces no pueden dejar de juzgar bajo el pretexto de silencio, oscuridad o insuficiencia de las leyes”. El artículo 16, a su vez, indica las fuentes a las que debe recurrir el juez en esos casos (las palabras de la ley, el “espíritu” de la ley, los principios de leyes análogas y los principios generales del derecho).


La acción estatal a través del derecho puede retrasar o incentivar el desarrollo de un proceso propio del sistema capitalista pero nunca lo puede evitar. Así, una legislación proteccionista, que además permita un fácil acceso al crédito a los capitalistas acelerará el proceso de acumulación capitalista, la concentración y la centralización mientras que en un país con legislación inspirada en el librecambismo ese proceso se desarrollará más lentamente


Lenin señalaba que los aranceles elevados protectorios de la industria “sólo acelera la concentración y formación de asociaciones monopolistas de fabricantes, cárteles, sindicatos, etc. Es de extraordinaria importancia observar que en el país de la libertad de comercio, Inglaterra, la concentración también conduce al monopolio, aunque algo más tarde y acaso en otra forma”, (El imperialismo, etapa superior del capitalismo, V.I. Lenin, Obras Escogidas, t. III, Cartago, Buenos Aires, 1974, p. 387-388).


Asimismo, Engels en una carta a Starkenburg, le respondía que, si bien el desenvolvimiento político y jurídico, se basa en el desarrollo económico “Estos elementos interactúan entre sí y también vuelven a actuar sobre la base económica. No es que la situación económica sea la causa, y la única activa, mientras que todo lo demás es pasivo. Hay, por el contrario, interacción sobre la base de la necesidad económica, la que en última instancia siempre se abre camino. El Estado, por ejemplo, ejerce una influencia mediante los aranceles proteccionistas, la libertad de comercio, un sistema financiero bueno o malo (…) De modo que no es que, como imaginan algunos por comodidad, la situación económica produzca un efecto automático” (Marx, Carlos y Engels, Federico, Correspondencia, p. 412.)


Pero en ningún caso se puede evitar la acumulación, concentración y centralización así como no se puede evitar el descenso de la tasa de ganancia y, por tanto, las periódicas crisis a que nos tiene acostumbrados el capitalismo.


Argentina


Nuestra Constitución no da un concepto del derecho de propiedad. La Corte Suprema fue quien definió que el término propiedad “cuando se emplea en los artículos 14 y 17 de la Constitución o en otras disposiciones de este estatuto, comprende, como lo ha dicho esta Corte, todos los intereses apreciables que el hombre puede poseer fuera de sí mismo, fuera de su vida y de su libertad. Todo derecho que tenga un valor reconocido como tal por la ley, sea que se origine en las relaciones del derecho privado, sea que nazca de actos administrativos (derechos subjetivos privados o públicos) a condición de que su titular disponga de una acción contra cualquiera que intente interrumpirlo en su goce, así sea el Estado mismo, integra el concepto constitucional de propiedad” (Fallos 145:327)


Del propio concepto construido por la Corte surge cómo es entendido el derecho de propiedad. El derecho de propiedad “no reposa en la unión del hombre con el hombre, sino más bien en la separación entre el hombre y el hombre. Es el derecho de esta separación, el derecho del individuo limitado que se limita a sí mismo. La aplicación práctica del derecho de libertad, es el derecho de la propiedad privada (…) el derecho de gozar y disponer de la propia riqueza arbitrariamente (á son gré) sin cuidarse de los otros hombres, independientemente de la sociedad; es el derecho del egoísmo. Esa libertad individual, con su aplicación, constituyen el fundamento de la sociedad civil. Hace ver a cada hombre en otro hombre, no la realización sino más bien la limitación de su libertad (…) La egalité, aquí en su significado no politico, es propiamente la igualdad de la liberté descripta más arriba: todo hombre está igualmente considerado como una mónada que descansa sobre sí misma.” (Marx, Carlos, La cuestión judía, Nuestra América, Buenos Aires, 2004, p. 38-40.)


Hasta ahí el concepto. Sin embargo, este concepto no nos dice nada acerca de cómo fue ordenada a lo largo del tiempo la propiedad privada. Porque no siempre fue ordenada de la misma manera y no siempre la Corte Suprema tuvo el mismo criterio para aceptar o rechazar determinadas reglamentaciones de ese derecho.


Sin embargo, la regla general es que la Corte ha acompañado y legitimado jurídicamente las diferentes decisiones que tanto el Poder Ejecutivo como el Poder Legislativo han tomado respecto del derecho de propiedad otorgándole la justificación necesaria a dichas decisiones.


No podía ser de otra manera. La denominada división de poderes (en dogmática, a la par que se utiliza esa expresión, se suele decir que en realidad no hay división de poderes sino división funcional del poder) es fundamental en la dogmática constitucional. Es la clave para armonizar democracia representativa y constitucionalismo. Al interior de esa dogmática el constitucionalismo es un límite a la democracia representativa ya que los representantes del pueblo (Poder Legislativo y Ejecutivo) no pueden traspasar determinados límites establecidos en la Constitución por el denominado poder constituyente. Se trata de respetar los límites jurídicos y políticos que la generación de la clase burguesa que dictó la Constitución impone no sólo a las otras clases y sus futuras generaciones sino a su propia clase (y sus fracciones) y también a sus futuras generaciones.


Se trata de respetar el programa político de la burguesía.


La tarea de la Corte Suprema ha consistido, desde su creación, en armonizar la democracia (burguesa) y la dictadura (también burguesa) con el constitucionalismo. Es decir, su tarea ha consistido desde siempre en decir, respecto de las decisiones más relevantes, que el accionar de los “otros poderes” se ajusta a la Constitución y, por tanto, es legítima y legal y se debe obedecer.


En lo relativo al derecho de propiedad la Corte Suprema de Justicia Argentina tuvo un criterio restrictivo que se fue ampliando hasta terminar legitimando jurídicamente cualquier tipo de ordenación estatal de la propiedad privada.


Hasta 1922 la Corte mantuvo ese criterio restringido y, en parte, lo siguió manteniendo hasta 1934 (respecto de los derechos adquiridos).


El criterio restrictivo de la Corte encuentra su expresión clásica en la sentencia dictada en la causa “Hileret y Rodríguez contra la Provincia de Tucumán, sobre inconstitucionalidad de la ley provincial de 14 de junio de 1902 y devolución de dinero”.


La provincia de Tucumán mediante la ley provincial del 14 de junio de 1902 había establecido un tope a la producción de 71.500 toneladas de azúcar (se la conoció como la ley machete) con la finalidad de evitar la sobreproducción. Para ello, mediante esa ley se creaba un impuesto de medio centavo por cada kilo de azúcar producido dentro del límite y un impuesto de 40 centavos por cada kilo que superara el límite de producción establecido en un prorrateo que efectuaba la ley. Las 71.500 toneladas era la cantidad en que se había estimado el consumo de azúcar para ese año.


No estaban comprendidos en el prorrateo aquellos ingenios paralizados. Estos debían pagar medio céntimo por cuatro kilos de azúcar. Establecía, además, que, por cada kilo de azúcar de los gravados con 40 centavos que se comprobase haber sido exportado al extranjero desde el 1º de junio de 1902 a el 31 de mayo de 1903, se devolvería a los fabricantes exportadores, 39 ½ centavos por lo exportado con prima de la Nación y 40 centavos por lo exportado sin prima (la prima consistía en que la Nación reembolsaba a los industriales azucareros una determinada cantidad de dinero de acuerdo con la magnitud del producto exportado).


Lo que se recaudara mediante ese impuesto se destinaría a indemnizar proporcionalmente a los plantadores de caña que, por no tener vendido el producto de la cosecha de 1902, se quedaran con la caña en pie y quisieran acogerse a los beneficios de la ley, destruyendo sus plantíos o destinando la caña a otra aplicación que no fuera la fabricación de azúcar o alcohol.


El poder ejecutivo tucumano había enviado a la legislatura el proyecto que fue sancionado sin variaciones. En el envío del proyecto expresaba que la finalidad era limitar en lo posible los efectos del desastre económico que amenazaba a los gremios vinculados a la suerte de la industria azucarera por la superproducción de azúcar dado que los productores no habían podido llegar a un acuerdo para evitar que esa superproducción tuviera como consecuencia la desvalorización del producto.


Lo que se buscaba con esa ley era asegurar la existencia de los pequeños industriales azucareros y los grandes y medianos plantadores de caña sin contrato. Es decir, evitar las quiebras.


Es interesante la reseña que hace la Corte respecto de los argumentos de la Provincia de Tucumán al pedir el rechazo de la demanda de Hileret y Rodríguez.


En primer lugar, que dicha ley tenía propósitos de bien común, orden, seguridad y progreso social (y no la finalidad primera de toda ley impositiva que es recaudar). Entendía que como no había aumentado el consumo de azúcar en Argentina era previsible que para mayo de 1903 fuera a haber un excedente de 50.000 toneladas que reduciría el precio del kilo de azúcar a $ 1 y causaría la ruina de la industria azucarera.


Consignaba asimismo que se habían intentado arreglos, sin éxito, para impedir la sobreproducción y que por eso se hizo indispensable la sanción de la ley. También se mencionaba que el 80% de los industriales de todas las localidades del país con intereses conexos con la industria azucarera tucumana estaban de acuerdo.


Se resaltaba además que la ley había sido proyectada por todos los industriales y que Hileret lo había aceptado en forma implícita. En realidad Hileret había dicho algo así como que: el que no calculó bien su producción y se funde, que se joda. Podía decirlo, era uno de los más poderosos en Tucumán.


Se consignaba que la ley había logrado sus objetivos al valorizar los azúcares, y lo intentaba demostrar consignando que las ventas de Hileret y Rodríguez ascendían a $ 1.8 y $ 2 pesos en el mes de junio y en julio a $ 2,5 en Rosario, lo que equivalía a más de $ 2,3 en Tucumán (Precio cada diez kilos. Esos diez kilos “puestos en casa del almacenero mayorista de Buenos Aires, al contado con 5% de descuento, ó a seis meses de plazo” costaban en 1902 $ 2.90, Schleh, Emilio J., La industria azucarera argentina: pasado y presente, s.e., Buenos Aires, 1910, p. 107.)


Cabe resaltar, porque será lo que suceda en muchos fallos, que el gobierno de la provincia de Tucumán afirmó en ese juicio que la ley era de orden público y que no se proponía amparar intereses privados sino los de la comunidad en sus relaciones de conjunto cuando la realidad era que la finalidad era la de proteger a la industria azucarera y a sus industriales.


La Corte para resolver se desliga de una cuestión fundamental (lo hará a lo largo de su más que centenaria jurisprudencia).


Dice algo que repetirá muchas veces, “que no corresponde á las facultades de que está investido este Tribunal, apreciar la ley de que se trata bajo la faz económica para declarar si debe ó no, subsistir por haber consultado y favorecido ó no, la gran masa de intereses industriales, comerciales, financieros y sociales que se dicen afectados por la industria azucarera, dentro y fuera de la Provincia, pues esta es cuestión del resorte exclusivo de los Poderes Públicos de la Provincia, siendo á la vez, incontestable, que sólo ha podido ser traída esa ley al conocimiento de la Suprema Corte, buscando la solución de la cuestión jurídica ó sea de la conformidad ó disconformidad de aquella con los artículos de la Constitución Nacional que han alegado para tacharla de nula”.


La Corte, a lo largo de su existencia, siempre ha dicho que no le correspondía pronunciarse sobre la oportunidad, mérito o conveniencia de las medidas de los estados nacional o provinciales sino acerca de la “razonabilidad” de tales medidas de acuerdo con el artículo 28 de la Constitución Nacional.


Sin embargo, a pesar de ello la Corte da su opinión en lo relativo a la faz económica de la ley cuya constitucionalidad se debatía.


La Corte opinó que no se había producido prueba que determinara el costo de producción y en su consecuencia el precio mínimo de venta que se podía mantener en condiciones remunerativas para la industria azucarera. Que esa ley no podía ser benéfica para los intereses públicos porque, al restringir la producción de azúcar sustraía de la explotación de la industria azucarera, que decía que daba ocupación a entre 70.000 y 80.000 obreros, una tercera parte al menos de ese número, ya que esa era la proporción que correspondía a la reducción de la totalidad de su producción.


Agregaba que había perjudicado al comercio de Tucumán y de las provincias vecinas, perjudicando el transporte por ferrocarriles y, finalmente a los consumidores un artículo de primera necesidad como es el azúcar haciéndoles pagar el ciento por ciento del precio que tenía este artículo antes de dictarse la ley. Entendía que de esa manera, por beneficiar a una veintena de fabricantes se perjudicaba a la totalidad de los habitantes (que además tenían beneficios nacionales: primas a la exportación y altos derechos a la importación).


También hacía mención a que la culpa de la sobreproducción la tenían los propios industriales al haberse equivocado haciendo cálculos que no respondían a sus expectativas de un lucro suficiente.


Para la Corte, el trato recibido por los industriales azucareros tucumanos por parte del gobierno de su provincia había sido paternal, lo que no podía ser admitido.


Por ello, no podía ver “con favor esa ley bajo su faz económica”.


En lo relativo a la faz económica la Corte no dudaba sobre la importancia de la industria azucarera tucumana y de “los grandes bienes que de su desarrollo ha reportado a esa Provincia y la Nación” sino que impugnaba esas alegaciones económicas en la falta de prueba por parte de la Provincia que no había logrado “demostrar siquiera que hubiera llegado el caso de haber perdido los industriales, capital y no utilidades, con la superproducción mencionada”.


Así termina de analizar y de impugnar la faz económica de la ley luego de haber dicho que no le correspondía efectuar ese análisis. A pesar de esa manifestación es evidente que la Corte, además de los argumentos jurídicos, buscó apoyarse en argumentos económicos para impugnar la constitucionalidad de la ley. No estaba obligada a ello ya que en la práctica judicial los jueces no están obligados a tratar todos los argumentos brindados por las partes sino sólo a fundar sus decisiones (aunque se utilicen diferentes argumentos a los alegados).


Esos argumentos usados por la Corte para impugnar la ley en su aspecto económico eran los mismos que utilizaban los diputados del litoral para cuestionar toda medida de protección a la industria azucarera.


Por esa época había una contradicción importante entre los interes del litoral agroganadero exportador, que sostenía teorías librecambistas como las de la Corte, y los industriales azucareros y sus amigos políticos que sostenían ideas proteccionistas.


Esas disputas teóricas intentaban ocultar sin éxito, los intereses económicos contradictorios de dos fracciones de la burguesía argentina.


Luego de analizar la ley en su faz económica pasa al análisis jurídico.


El primer argumento de la Corte es que el valor del impuesto establecido para la producción excedente (40 centavos) hacía imposible, en los hechos, “en condiciones comerciales, el ejercicio en Tucumán de la industria azucarera, así como el expendio de producto de la misma en toda la República, fuera del límite del prorrateo establecido…”.


Por ende, consideraba que se violaban los artículos 14 y 16 de la Constitución Nacional.


Agregaba que la facultad de reglamentar los derechos no podía esgrimirse sin que se respetara el límite establecido en el artículo 28 de la Constitución. El límite del artículo 28 consistía, según la Corte, en que la reglamentación de un derecho “debe conservar incólume y en su integridad ese derecho, lo que vale decir, que no debe ni puede degradarlo y mucho menos extinguirlo en todo ó en parte”.


Por otra parte, se violaba el artículo 16 de la Constitución porque la misma ley impositiva fijaba, en forma desigual, el número de toneladas que podía producir cada industrial. Igualdad mal entendida por la Corte. El prorrateo se había establecido de acuerdo con las capacidades de producción de cada ingenio. Si, por ejemplo, a todos los ingenios se les imponía la misma cuota (por ej. 3000 toneladas), muchos de ellos prácticamente habrían tenido que funcionar a un tercio de su capacidad productiva, mientras que otros, aún funcionando al máximo de su capacidad no llegarían nunca al límite.


En su artículo 1º la ley ordenaba que “los dueños (por ejemplo) de los ingenios San José, Invernada, Esperanza, Santa Ana y Lules, y Compañía Azucarera Tucumana, paguen respectivamente, medio centavo de impuesto por kilo de azúcar: el 1º por la cantidad de 735 toneladas; el 2º por 775; el 3º por 3375; el 4º, Hileret y Rodríguez, por 8250 y el 5º por 20.000 toneladas; y que paguen, tanto éstos como los demás ingenios del prorrateo, 40 centavos el kilo por toda la cantidad que expendan demás del prorrateo establecido en dicho artículo”.


El Tribunal se erige, entonces, en el último baluarte defensivo del derecho de propiedad (en el que se integra el derecho a ejercer toda industria lícita).


Termina su argumentación a favor de la inconstitucionalidad de la ley diciendo lo siguiente: “Que si fuese aceptada la reglamentación impuesta al azúcar, podría hacerse extensiva a toda la actividad industrial, y la vida económica de la Nación, con las libertades que la fomentan, quedaría confiscada en manos de legislaturas o congresos que usurparían, por ingeniosos reglamentos, todos los derechos individuales. Los gobiernos se considerarían facultados para fijar al viñatero la cantidad de uva que le es lícito producir; al agricultor la de cereales; al ganadero la de sus productos; y así hasta caer en un comunismo de Estado en que los gobiernos serían los regentes de la industria y del comercio, y los árbitros del capital y de la propiedad privada.”


Un análisis apresurado haría pensar que la burguesía azucarera tucumana se encontraba enfrentada con su gobierno provincial a raíz del impuesto y que obtuvo del Estado Nacional la tutela necesaria a sus intereses. Pero ello, está alejado de la realidad.


La burguesía industrial y terrateniente tucumana obtuvo un doble beneficio, primero se protegió la industria y a los cañeros grandes y medianos evitando la sobreproducción y segundo se les devolvía el dinero abonado en concepto del impuesto declarado inconstitucional.


Es doctrina de la Corte, tomada de la doctrina de la Corte de los Estados Unidos, que el control de constitucionalidad que se efectúa tiene efectos sólo para el caso concreto sin que implique la derogación de la ley en general que sigue vigente.


La sentencia se dictó luego de finalizada la vigencia de la ley que había cumplido con su objetivo: evitar la sobreproducción.


Visto desde este punto de vista, todas las partes salieron ganando aunque luego la provincia de Tucumán tuvo que crear un impuesto de medio centavo para devolver las sumas de dinero percibidas por aplicación del impuesto.


Como se ve, la ordenación del derecho de propiedad en ese caso estaba atravesado por los intereses contrapuestos de dos fracciones de la burguesía que ni siquiera actuaban en forma homogénea al interior de cada fracción.


Por medio de una ley lograron evitar la sobreproducción (al precio de liquidar a los capitales más chicos) y favorecer la concentración de capitales. Y no sólo a Hileret le devolvieron el dinero sino a otros ingenios también.


Pese a las apelaciones principistas de los involucrados lo que estaba en juego era la rentabilidad y valoración de los capitales, es decir, la necesidad económica que se imponía y a la que había que dar algún cauce, cayera quien cayera (los capitales más chicos en este caso).


Me quedó larguísimo. Al que llegó al final le digo: Lamento haberle hecho perder tanto tiempo.


Saludos

miércoles, 16 de abril de 2008

Cromañón fue otro Titanic



Hoy en Clarín salió una nota donde se comenta que el Titanic se habría hundido tan rápido por usar remaches de baja calidad.
Ya en su momento escribí algo sobre Cromañón que es aplicable al caso del Titanic. Ya lo era por el solo hecho de que no había suficientes botes de emergencia, de que habían cargado gente a más no poder (hay que facturar). A eso se suma ahora la utilización de remaches de baja calidad (hay que ahorrar costos). Otro crimen del capitalismo, pero con mucho más charme. Al fin y al cabo, en Cromañón no murió Leonardo Di Caprio.
Saludos

martes, 11 de marzo de 2008

El evangelio según Kalashnikov

La proposición contenida en la introducción de la Crítica de la economía política, respecto a que los hombres toman conciencia de los conflictos de la estructura en el terreno de las ideologías, debe ser considerada como afirmación de valor gnoseológico y no puramente psicológico y moral. (Gramsci, Antonio, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce)




Hay momentos en los que el mundo, de por sí convulsionado por la barbarie capitalista, se convulsiona aún más. Momentos en que se cuestionan las mismas bases sobre las que se organiza la sociedad, en que se cuestionan las relaciones sociales que la estructuran.

Son tiempos de lucha de clases aguda, franca, abierta, tiempos de guerra de civil.

Esos períodos históricos tienen efectos en todas las clases sociales y sus fracciones, inclusive en aquellos sectores representados por las instituciones más conservadoras como la Iglesia Católica.

La lucha de clases normalmente comienza a manifestarse en esas instituciones, en forma de crisis ideológica, de cuestionamiento de los principios que las informan.

Son momentos en que la burguesía pierde hegemonía, careciendo cada vez más de consenso acerca de su dominación, debiendo recurrir cada vez más a la coerción estatal y paraestatal.

Así como se cuestionan las bases de la dominación burguesa, en cada institución se cuestionan los principios que las rigen, sus programas, aunque no todavía a la institución misma. Ello porque todavía siguen rigiendo las relaciones sociales que le dieron origen y, si son anteriores, porque siguen siendo funcionales a la estructura de dominación.

La aparición de la Teología de la Liberación, el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, los curas guerrilleros, en el seno de la iglesia católica, forma parte de esa crisis ideológica dentro de la institución en un momento de agudización de la lucha de clases y de ascenso revolucionario del proletariado en todo el mundo y, en particular, en América Latina.

Es imposible comprender la aparición de dicha Teología sin tener en cuenta las ocupaciones de tierras, por parte de los campesinos expropiados, en Brasil, que comienzan en la década del ’50 y que con el correr del tiempo derivaría en el Movimiento de los Sin Tierra. Según lo que he podido averiguar es en ese país donde nace la Teología de la Liberación aunque aquellos partidarios de dicha Teología indican como una influencia importante también a los curas obreros en Francia.

La lucha de clases también se da en el cielo de la ideología o, mejor dicho, en él se refleja deformadamente.

Los integrantes y partidarios de ese movimiento y de esa doctrina, más temprano que tarde deberían romper con la Institución (en muchos casos la Institución los romperá a ellos) porque la Iglesia y su doctrina son funcionales a las sociedades de clases y a las estructuras de dominación, dado que ella misma es una estructura de ese tipo pero donde prima el elemento ideológico. Por tanto, no puede adoptar una postura de reemplazo de la sociedad de clases por una que no las tenga. Sería su propio suicidio en tanto ella misma es un producto de la sociedad dividida en clases.

Hubo curas que no llegaron a romper con la Iglesia y otros que sí como Camilo Torres, el paradigma del cura guerrillero que, sin embargo, seguía postulando la preeminencia de la doctrina cristiana por sobre el marxismo. Sin embargo, su lucha era por la liberación de Colombia y el socialismo, empresa que la Iglesia no podía acompañar.

Otro caso emblemático es el del obispo salvadoreño Romero que ni siquiera rompió con la Iglesia y siguió dando misa hasta su muerte en manos de la reacción.

Por último, menciono al joven ex – seminarista e integrante del FSLN de Nicaragua, Leonel Rugama, quien, según los que lo conocieron, no solía prestarse a la discusión acerca de la compatibilidad de su creencia en Dios y la defensa de ideas marxistas.

Esos hombres son la expresión de esa crisis ideológica en el mismo seno de una de las instituciones más reaccionarias de occidente.

La lucha de clases afecta a todos, negar su necesariedad (es decir, su inevitabilidad) es taparse los ojos ante la realidad de la historia, realidad que ni Dios puede ocultar.


Saludos

sábado, 16 de febrero de 2008

Ultraviolento

Hoy en Página/12 salió una nota de Osvaldo Bayer condenando la violencia.

Primera sorpresa con la que me encuentro. Bayer dice que "Por fin –y seamos optimistas pese a todas las derrotas– se está tomando conciencia de que las armas no solucionan nada."

El primer párrafo me moviliza. Bayer es un tipo al que respeto mucho pero se me hace difícil comprender cómo alguien que se ha dedicado toda su vida a reivindicar a luchadores anarquistas diga eso. De paso, las armas sirvieron para infligir todas esas derrotas pese a las cuales hay que ser optimistas (siempre y cuando renunciemos a esas armas).

Antes que nada debo aclarar que en la nota Bayer habla solamente de la violencia ejercida desde el Estado, celebrando la negativa de Alemania a enviar tropas a Irak o "más" tropas al sur de Afganistán. Y claro, eso no es malo. Lo que es malo es que no se le mueve un pelo porque Alemania siga manteniendo tropas en el norte de Afganistán. Dice: "No señor, Alemania no va a aumentar sus tropas ni va a abandonar su zona norte ni marchar al sur afgano como exige Estados Unidos."

¿Me quedo tranquilo entonces?

En su momento Alemania se negó a enviar tropas a Irak. Parece que el gobierno alemán de entonces obedeció los designios populares. Dice Bayer: "Alemania se cubrió de Paz, pese a su historia. Fue emocionante ver a esos miles de jóvenes alemanes, con la paz en los ojos y en las sonrisas, nietos y bisnietos de aquellos miles y miles y miles de jóvenes que cayeron en la guerra pasada. Sí, ver esa fantasía real llenó de optimismo a los que creen todavía en la racionalidad y en los sentimientos nobles."

Menos mal que avisan que la cuestión pasa por la racionalidad y los sentimientos nobles y no por los intereses de las clases dominantes en determinado tiempo y lugar. Raro porque la apelación a los sentimientos nobles, al amor básicamente, es el ariete ideológico de la Iglesia del siglo XX y parte del XXI para predicar la conciliación de clases. Otra rareza más viniendo de un anarquista.

Esa afirmación es el típico ideal de la pequeña burguesía. En épocas de crisis sociales, en los que la clase obrera está organizada y en ascenso revolucionario, algunas fracciones de la pequeña burguesía suelen dar muestras de una radicalidad nunca vista a la par de una falta de disciplina orgánica y de constancia en la lucha que se emparenta con la lucha anarquista. En épocas de reflujo y relativa paz la pequeña burguesía puede llegar a ser más papista que el Papa, renegar de la necesidad de una organización, supuestamente contraria a la libertad (me viene a la memoria aquello de la organización de la antidisciplina de los anarquistas), y demostrar un respeto cuasi reverencial por la racionalidad constitucionalista decimonónica. Es decir, respetar los principios republicano y democrático y sus procedimientos formales. Bayer parece que está pasando por esta época. La diferencia con los anarquistas hechos y derechos es que estos últimos no pasan por esta etapa.

A Bayer también lo maravilla que Obama pueda llegar a ser presidente de los EEUU wasp dándole primacía a la cuestión racial o étnica por sobre la pertenencia a una clase. Si Obama fuera un dirigente obrero y revolucionario sería otra cosa, aunque lo más probable es que terminara encarcelado y en la milla verde. Más o menos como les pasó a Sacco y Vanzetti (otros anarquistas) sólo que en este caso estaríamos ante un negro, los principales beneficiarios de la pena de muerte en EEUU.

Tanta primacía le asigna Bayer a la cuestión racial que desea que Hillary renuncie a su candidatura para allanarle el camino a Obama (las feministas deben estar muy felices). Ignoro por qué, para Bayer, la cuestión racial es más importante que la de género o la de clase. Pero siguiendo ese camino mental Bayer debería proclamar la imperiosa necesidad de que Condoleeza Rice (mujer y negra) sea candidata a presidente por el partido republicano y así estaríamos completos de felicidad.

Luego de sentirse desnudo porque un alemán le descubre la existencia de las villas y el problema del "Paco" (en realidad no es que desconozca esa realidad, lo que incomoda es que lo diga un alemán) se pregunta qué hemos hecho los argentinos para eliminar las villas.

Es cuando dice una tremenda barbaridad que duele: "las únicas que se han empeñado en esto y se empeñan son las Madres de Plaza de Mayo." Duele porque es una mentira. Se olvida de toda una generación de revolucionarios que lucharon por eso (y mucho más) y que fueron asesinados, torturados, desaparecidos (el motivo de aparición de las Madres que hasta ese momento, según Hebe, no sabían qué pasaba en el mundo). Ningunea a los militantes actuales que luchan por el socialismo. Ignora olímpicamente la lucha del movimiento piquetero argentino, ejemplo histórico de organización de la clase obrera desocupada. Se caga en los muchos Kosteki y Santillán que existieron, existen y, por suerte, existirán.

Cuando leo eso no puedo más que sentir bronca y preguntarme ¿Qué te ocurre Osvaldo? Me gustaría pensar que fue un lapsus.

Se indigna cuando Nokia deja cesantes a más de 2.000 obreros alemanes para ir a explotar mano de obra más barata a Rumania.

No se qué esperaba Bayer. Quizás piense que las empresas deberían comportarse de otra manera. Ese comportamiento le parece inmoral. No, no es inmoral. Nokia busca valorizar su capital para competir en el mercado mundial y parece que no lo ha hecho mal porque es una de las principales empresas de celulares del mundo. Que para las baterías de los celulares (entre otros productos electrónicos) se use coltán que es un mineral cuyas mayores reservas se encuentran en el Congo y que es la causa de las matanzas que se realizan en esas zonas no le preocupa ni le llama la atención. Le preocupan los 2.200 obreros alemanes desocupados. ¿Y los actuales obreros desocupados rumanos que conseguirán trabajo por la instalación de la fábrica? No, esos no importan porque cobran menos, los explotan más.

De paso, habría que recordarle que una empresa alemana, la Mercedes Benz, permitía, en Argentina, durante la dictadura, el ingreso de fuerzas armadas y de seguridad, la detención de activistas de base y que se los "interrogara" en la misma fábrica. La Mercedes buscaba el fin de los conflictos internos fabriles, aumentar la productividad y la rentabilidad, aunque se tuviera que "interrogar" en su propio establecimiento.

Termina

Obama, el no a más tropas a Afganistán, nuestras villas miseria argentinas y el golpe de furca de una empresa. Cuatro sucesos de la actualidad para pensar. Porque la “cosa” no es que algunos puedan viajar en tren bala y otros jugar al golf en Rumania. Ya que así empieza la definición del vocablo “violencia”.

La crítica a la violencia (a cualquier tipo de violencia sin distinguir los motivos por los que se lucha). El elogio del pacifismo (siempre y cuando sea el pacifismo de los explotados). La fascinación por el No-envío-de-más tropas-a-Afganistán (en vez del repudio por el mantenimiento de tropas en el norte de ese país). En fin, un decálogo del buen pequeño burgués.

Todavía me sigo preguntando como se compadece todo esto con la reivindicación de luchadores anarquistas. Como sea, me quedo con B-ayer, el Osvaldo de ayer.

Saludos

martes, 12 de febrero de 2008

Mucha merca


Hoy en la contratapa del Boletín Oficial, perdón, de Página/12 , salió una nota de Adrián Paenza sobre la cantidad de cocaína que se consume en Italia.

Parece que unos científicos tomaron muestras del río Po y de unos piletones cloacales de Milán y analizaron la presencia de una sustancia que generan los consumidores de cocaína y que se encuentra presente en la orina. Como los desechos van a parar a ese río y a los piletones....

La cantidad de esa sustancia equivale según Paenza a un consumo de 4 kg de cocaína por día. A 100 dólares el gramo estamos hablando de 400.000 dólares por día. Mucha guita y mucha merca, eso espanta a Paenza.

Sus motivaciones son altruistas. El estudio permitiría contestar ciertas preguntas formuladas por el notero como ser ¿Cuánta cocaína se consume por día en la Argentina? ¿Cómo varía por ciudad?¿Qué diferencia hay en el consumo, entre los días laborables y fines de semana? ¿Cómo incide el poder adquisitivo? ¿Cuánto dinero involucrado hay? ¿Cómo varía con el tiempo?.

Son preguntas cuyas respuestas deberían conocer los Estados si les interesara tener un relevamiento de lo que está pasando en la sociedad y de esa forma poder cuidar la salud de los ciudadanos y establecer políticas preventivas en consecuencia.

Lo que maravilla a Paenza es que estos estudios permiten conocer la realidad de la droga sin invadir la vida privada.

Sin embargo, me surgen algunas dudas. Por ejemplo, la sustancia en cuestión (benzoilecognina) permanece 72 horas en el organismo así que no sé si resulta tan fácil decir: x cantidad de BE = x dosis de cocaína. Me pregunto cómo se hará para saber cuanta de esa sustancia pertenece al consumo de ayer y cuánta al de antes de ayer. Pero eso no es la cuestión principal.

La cuestión principal es que si se quiere tener una política de salud adecuada no queda otra que legalizar la producción, comercialización y consumo de las drogas hoy ilegales. Porque la ilegalidad impide el control sobre las sustancias comercializadas permitiendo que se utilicen sustancias mortales para fraccionar el producto.

En su momento me tocó estudiar un poco el tema y había un estudio que resaltaba que el 90% de los que morían en España por sobredosis de heroína morían por un shock producido por las sustancias de corte y no por la heroína propiamente dicha. En general los heroinómanos que mueren por sobredosis de la droga lo hacen entrando en coma y no en shock. Eso ocurre por la falta de control que es consecuencia de esa ilegalidad.

Existen muchos argumentos en contra de la legalización. Son los argumentos del miedo.

Uno muy estúpido supone que si se legaliza todo el mundo va correr a comprar droga para ponerse de la cabeza.

Otro es el de la defensa social. En tanto los drogadictos representan de alguna manera a la decadencia, la penalización estaría defendiendo a la sociedad de ese estado decadente que suelen presentar los que ya no pueden recuperarse.

Otro argumento es que la droga destruye a las familias. Seguimos con el miedo a la degradación social.

También se sostiene el argumento del contagio por el cual se razona que si se consume en forma pública todos vamos a imitar al que consume.

A nadie se le ocurre pensar que quizás tanto drogón dando vueltas sea consecuencia de esa degradación social o que sea consecuencia de familias destruidas de antemano. Mientras tanto los adictos, que en algún punto son víctimas, son tratados como delincuentes y criminalizados en muchos países, empujados a consumir en la ilegalidad.

El consumo de tabaco (droga legal) mata a más de 5 millones de personas al año en todo el mundo.

Sin contar los incapacitados y enfermos el alcohol mató en el 2002 a una persona cada 2 minutos en América Latina.

No me imagino a los directores de Diageo (el mayor productor mundial de bebidas alcohólicas con ganancias de alrededor de 3.000 millones de dólares anuales, productor del vodka Smirnoff por ejemplo) o a los accionistas de Phillips Morris, escapando por las terrazas de las casas como lo hizo en su momento Pablo Escobar. Sin embargo sus productos son tan dañinos para la salud como la cocaína.

El abuso en el consumo de alcohol tiene las mismas consecuencias mortales que el abuso en el consumo de drogas ilegales y es igual de difícil la rehabilitación (al punto que se sostiene que uno nunca se cura). Sin embargo, no sólo se permite su producción y comercialización sino que también se estimula su consumo (al igual que con el tabaco).

Paenza se preocupa también por los pobres, tan propensos a caer en las redes del sistema penal, como si éstos fueran los principales consumidores de cocaína. Ya me imagino a los pobres gastándose 10 dólares por día por una dosis de cocaína. Tan mal no les va a mis descamisados.

Paenza no se pregunta por qué la gente consume este tipo de basuras.

Estas drogas, legales o ilegales, producen un efecto inmediato de placer y, a mediano plazo, son adictivas. A Paenza no le llama la atención que la gente busque darle placer a su vida mediante sustancias peligrosas para su propia salud. No se imagina qué carajo puede estar tan mal en la sociedad para que caigamos en esa situación.

Se pueden esbozar muchas conjeturas. La primera que se me viene a la mente es "vacío existencial". No me parece demasiado tirado de los pelos sostener que una sociedad caníbal como en la que vivimos, de competencia perpetua, de alienación constante, de insatisfacción permanente, produce en algunas personas (muchas por cierto) tal vacío existencial que sienten la necesidad de adormecerse con alguna de esas sustancias.

Como siempre, las soluciones no serán individuales ni locales. Tampoco se puede asegurar que cambiando la estructura de la sociedad vayamos a solucionar este problema. Pero de seguro no va a haber cambio positivo al respecto si seguimos en donde estamos.

Saludos

martes, 1 de enero de 2008

Ni una bengala ni el rock chabón


A tres años de Cromañón todavía algunos siguen hablando de tragedia.

Tragedia es que te caiga un rayo en el medio de la calle, un amor no correspondido, pero no lo que ocurrió en Cromañón.

Algunos familiares sostienen que Cromañón fue una masacre, es decir, un asesinato masivo perpetrado por Chabán con intención.

Ahí tengo algunas dudas porque, precisamente, una masacre implica la intención de asesinar a un grupo determinado y por alguna razón. Al menos esto pareciera estar ausente en el caso de Chabán.

Chabán no quiso asesinar a nadie, creo.

De hecho, en un momento previo al show pero casi antes de que empezara avisó que no prendieran bengalas porque podían provocar un incendio. El asunto es que Chabán permitió que el show se hiciera. Los dogmáticos del derecho penal burgués han creado una categoría llamada dolo eventual que supone a un agente que visualiza las consecuencias dañosas de acción o de su omisión y sin embargo sigue adelante y como consecuencia produce el daño (en este caso la muerte de 194 personas). La consecuencia jurídica es que la sanción es la misma que si hubiera actuado con una intención deliberada de provocar el daño.

O sea, resumiendo, desde el punto de vista del derecho penal burgués se puede sostener que Cromañón fue una masacre perpetrada por Chabán mediando dolo eventual.

Más difícil es imputarle esa categoría a Ibarra quien dudo que supiera que ese día se desarrollaba un recital, que se estaban usando bengalas y que el lugar era peligroso para ese uso. Sí sabía, estoy seguro, de que la mayoría de los boliches como Cromañón no estaban en condiciones de ser habilitados para funcionar. Se lo había advertido el Defensor del Pueblo en un informe de mediados de ese año. Pero para el caso la misma suerte debían correr Aníbal Fernández y Néstor Kirchner quienes tenían bajo su competencia a la Policía Federal y a los Bomberos (que recibieron coimas para facilitar las habilitaciones y los controles posteriores).

Una categoría más apropiada es la de crimen social utilizada por primera vez por Friedrich Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra: “Cuando un individuo hace a otro individuo un perjuicio tal que le causa la muerte, decimos que es un homicidio; si el autor obra premeditadamente, consideramos su acto como un crimen. Pero cuando la sociedad* pone a centenares de proletarios en una situación tal que son necesariamente expuestos a una muerte prematura y anormal, a una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando quita a millares de seres humanos los medios de existencia indispensables, imponiéndoles otras condiciones de vida, de modo que les resulta imposible subsistir; cuando ella los obliga por el brazo poderoso de la ley a permanecer en esa situación hasta que sobrevenga la muerte, que es la consecuencia inevitable de ello; cuando ella sabe, cuando ella sabe demasiado bien que esos millares de seres humanos serán víctimas de esas condiciones de existencia, y sin embargo permite que subsistan, entonces lo que se comete es un crimen, muy parecido al cometido por un individuo, salvo que en este caso es más disimulado, más pérfido, un crimen contra el cual nadie puede defenderse, que no parece un crimen porque no se ve al asesino, porque el asesino es todo el mundo y nadie a la vez, porque la muerte de la víctima parece natural, y que es pecar menos por comisión que por omisión. Pero no por ello es menos un crimen. Ahora pasaré a demostrar que la sociedad en Inglaterra comete cada día y a cada hora lo que los periódicos obreros ingleses tienen toda razón en llamar crimen social; que ella ha colocado a los trabajadores en una situación tal que no pueden conservar la salud ni vivir mucho tiempo; que ella mina poco a poco la existencia de esos obreros, y que los conduce así a la tumba antes de tiempo; demostraré, además, que la sociedad sabe hasta qué punto semejante situación daña la salud y la existencia de los trabajadores, y sin embargo no hace nada para mejorarla: En cuanto al hecho de que ella conoce las consecuencias de sus instituciones y que ella sabe que sus actuaciones no constituyen por tanto un simple homicidio, sino un asesinato, puedo demostrarlo citando documentos oficiales, informes parlamentarios o administrativos que establecen la materialidad del crimen (NOTA: * Cuando hablo de la sociedad, aquí y en otras partes, como colectividad responsable que tiene sus obligaciones y derechos, huelga decir que me refiero al poder de la sociedad, es decir, de la clase que posee actualmente el poder político y social, y por tanto es responsable también de la situación de aquellos que no participan en el poder. Esa clase dominante es, tanto en Inglaterra como en los demás países civilizados, la burguesía)."



La Organización Cultural Razón y Revolución* viene sosteniendo desde que ocurrió el hecho que Cromañón fue un crimen social y, más allá del debate que protagonizan con algunos familiares, también han participado en las marchas acompañando a las víctimas y exigiendo justicia.

Chabán en principio no quiso asesinar a nadie. El cierre con candado de las salidas de emergencia para que no entren colados, la utilización de una mediasombra inflamable más barata que una inífuga, la sobreventa de entradas, son todas cosas que hizo Chabán para valorizar el capital que gerenciaba.

Aparentemente no es propietario de Cromañón. Las leyes burguesas de Argentina permiten la existencia de Sociedades constituidas en el extranjero de quienes se desconoce al menos por ahora quienes son sus directores.

Además de reducir costos a costa de la vida de 194 personas y de la salud de otras tantas, tuvo la oportunidad de dictar sus propias normas de habilitación. Para la burguesía esa es la función que cumplen las coimas: crear una ley particular en su beneficio.

Eso es lo que hizo Chabán pero eso es lo que hacen diariamente los integrantes de la burguesía en todas partes del mundo.

Aun cuando no consideremos las coimas, actualmente en Argentina, sobre más de seis millones de trabajadores registrados hay más de seiscientos mil accidentes de trabajo al año que en promedio incapacitan casi un mes a los trabajadores. En una causa penal se considerarían lesiones graves. Se sabe, los empresarios ahorran en todo lo que pueden para maximizar ganancias que es lo que les permita valorizar sus capitales y seguir existiendo como capitalistas. Ahorran a costa de los trabajadores y, con el auxilio de una legislación que limita las indemnizaciones laborales, la extensión de la responsabilidad civil y la legitimación pasiva de las aseguradoras de riesgo del trabajo, pueden hacer casi cualquier cosa que se propongan.



Resulta clarísimo que esas leyes no pueden ser dictadas por un capitalista privado. Fueron dictadas por políticos burgueses en defensa de sus intereses, en un momento histórico de absoluta derrota de la clase obrera, de contrarrevolución.

Chabán representa a esa clase de unos pocos, la burguesía, que se enriquece a costa de la miseria de millones de trabajadores. En su accionar se refleja toda la clase.

Ibarra y Kirchner son el personal político que representa los intereses de esa clase y es en ese carácter que son responsables del crimen.

Pero, además de esos tres responsables principales, la responsabilidad recae también sobre el sistema o, mejor dicho, sobre las relaciones sociales capitalistas que necesitan de la muerte de miles para perpetuarse. Esto no significa diluir responsabilidades individuales. Al contrario, sirve para demostrar que no alcanza con culpabilizar a uno, dos, tres o más individuos, porque el hecho no se agota en las individualidades. Esto habría ocurrido con otro dueño, con otro intendente y con otro presidente.

Ni la bengala, ni el rock chabón, ni la corrupción. Fue el capitalismo el que asesinó a esas personas y se sabe, un sistema que no puede funcionar sin propagar la muerte por todo el mundo, que no puede asegurar la subsistencia de toda la población mundial, que genera constantemente masas de millones de pobres, no puede ni debe durar, debe ser reemplazado.
* Los términos del debate aludido se pueden consultar en Razón y Revolución