jueves, 26 de diciembre de 2013

Sobre la polémica Gramsci vs. Trotsky

Antonio Gramsci fue, quizás, uno de los pocos revolucionarios de países avanzados o imperialistas que no terminó claudicando ni ante el reformismo ni ante el estalinismo. Es decir, fue uno de los pocos que, a lo largo de toda su vida, se mantuvo fiel al bolchevismo.
Sin embargo, la producción teórica gramsciana es controvertida. En particular, los Cuadernos de la Cárcel, ese conjunto de escritos dispersos que escribió durante su estadía en las prisiones fascistas durante una década.
Algunos sostienen que es el teórico de la derrota, una suerte de Lenin derrotado que se esfuerza en comprender por qué no triunfaron en Italia.
Otros, más específicamente quienes intentan adaptarse a la democracia burguesa desde posiciones de izquierda, lo señalan como el teórico del consenso, de aquél que, supuestamente, habría preconizado la idea de ir ganando posiciones de a poco hasta que, en un futuro indeterminado, los revolucionarios estarían en condiciones de tomar el poder.
Generalmente, esta corriente de adaptación al capitalismo proviene de los partidos comunistas estalinistas. Fue Palmiro Togliatti, su antiguo camarada, devenido en jefe estalinista del partido comunista italiano, quien rescató los cuadernos de la cárcel y los editó a gusto, aprovechando el carácter fragmentario de la producción carcelaria.
En la Argentina, la traducción de esos textos corrió por cuenta de otro estalinista, Aricó.
En forma paralela, durante mucho tiempo, las organizaciones trotskistas se negaron a ver en Gramsci alguna potencialidad revolucionaria de sus ideas.
Este cuadro de situación no es casual.
El estalinismo y el reformismo han utilizado la autoridad moral propia de un combatiente abnegado como Gramsci, que resistió durante años en las cárceles fascistas sin quebrarse, para contrabandear una ideología reformista y etapista que no estaba presente en él.
Esta operación se encuentra facilitada, a su vez, por el carácter poco sistemático de sus escritos de la prisión, sumado al lenguaje críptico utilizado para esquivar la censura de sus captores y a la obturación de sus escritos, muchos más claros y ordenados, previos a su encarcelamiento.
Es llamativo cómo una producción como la de la cárcel ha recibido más atención que su praxis (conjunción de la teoría con la práctica) revolucionaria anterior a ser detenido.
Se puede afirmar, sin caer en un error grosero, que toda la estrategia reformista de adaptación a la democracia burguesa y al capitalismo se apoya en dos breves escritos en los que Gramsci impugna la teoría de la revolución permanente de Trotsky.
El estalinismo y el reformismo se han apoyado prácticamente en un par de afirmaciones fragmentarias, erróneas y malinterpretadas intencionadamente, para justificar la imposibilidad de la revolución en los países centrales.
Transcribo los textos a los que hago referencia:
"Paso de la guerra de movimiento (y del ataque frontal) a la guerra de posición también en el campo político. Esta me parece la cuestión de teoría política más importante planteada por el período de la posguerra, y la más difícil de resolver acertadamente. Está relacionada con las cuestiones suscitadas por Bronstein, el cual puede considerarse, de un modo u otro, como el teórico político del ataque frontal en un período en el cual ese ataque sólo es causa de derrotas. Este paso en la ciencia política no está relacionado con el ocurrido en el campo militar, sino indirectamente (mediatamente), aunque, desde luego, hay una relación, y esencial, entre ambos. La guerra de posición requiere sacrificios enormes y masas inmensas de población; por eso hace falta en ella una inaudita concentración de la hegemonía y, por tanto, una forma de gobierno más "interventista", que tome más abiertamente la ofensiva contra los grupos de oposición y organice permanentemente la "imposibilidad" de disgregación interna, con controles de todas clases, políticos, administrativos, etc., consolidación de las "posiciones" hegemónicas del grupo dominante, etc. Todo eso indica que se ha entrado en una fase culminante de la situación político-histórica, porque en la política la "guerra de posición", una vez conseguida la victoria en ella, es definitivamente decisiva. O sea: en la política se tiene guerra de movimiento mientras se trata de conquistar posiciones no decisivas y, por tanto, no se movilizan todos los recursos de la hegemonía del Estado; pero cuando, por una u otra razón, esas posiciones han perdido todo valor y sólo importan las posiciones decisivas, entonces se pasa a la guerra de cerco, comprimida, difícil, en la cual se requieren cualidades excepcionales de paciencia y espíritu de invención. En la política el cerco es recíproco, a pesar de todas las apariencias, y el mero hecho de que el dominante tenga que sacar a relucir todos sus recursos prueba el cálculo que ha hecho acerca del adversario. (C. VIII; PP 71.)"
Ese texto debe ser ampliado por el que sigue:
"Lucha política y guerra militar. En la guerra militar, logrado el fin estratégico, destrucción del ejército enemigo y ocupación de su territorio, se da la paz. Es preciso señalar, por otro lado, que para que concluya la guerra basta con que el fin estratégico sea alcanzado sólo potencialmente; o sea, basta con que no exista duda de que un ejército no puede combatir más y que el ejército victorioso "puede" ocupar el territorio enemigo. La lucha política es enormemente más compleja. En cierto sentido puede ser parangonada con las guerras coloniales o con las viejas guerras de conquista, cuando el ejército victorioso ocupa o se propone ocupar en forma estable todo o una parte del territorio conquistado. Entonces, el ejército vencido es desarmado y dispersado, pero la lucha continúa en el terreno político y en el de la "preparación" militar. (...) A propósito de la comparación entre los conceptos de guerra de maniobra y guerra de posición en el arte militar y los conceptos correspondientes en el arte político, debe recordarse el folleto de Rosa, traducido del francés al italiano en 1919 por C. Alessandri. (Rosa Luxemburgo, Lo sciopero generale - Il partito e i sindicati, Societá Editrice "Avanti!", Milán 1919 -  Huelga de masas, partido y sindicatos)
En el folleto se teorizan un poco apresuradamente y en forma superficial las experiencias históricas de 1905. En efecto, Rosa descuidó los elementos "voluntarios" y organizativos que en aquellos acontecimientos eran mucho más eficientes y numerosos de lo que ella creía, víctima de un cierto prejuicio "economista" y espontaneista. Sin embargo este folleto (y otros escritos de la misma autora) es uno de los documentos más significativos de la teorización de la guerra de maniobra aplicada al arte político. El elemento económico inmediato (crisis, etc.) es considerado como la artillería de campaña que, en la guerra, abre una brecha en la defensa enemiga, brecha suficiente como para que las tropas propias irrumpan y obtengan un éxito definitivo (estratégico) o al menos importante en la dirección de la línea estratégica. Naturalmente, en la ciencia histórica, la eficacia del elemento económico inmediato es considerada como mucho más complejo que el de la artillería pesada en la guerra de maniobra, ya que este elemento era concebido como causante de un triple efecto:
1) de abrir una brecha en la defensa enemiga, luego de haber llevado la confusión a los cuadros adversarios, abatida su confianza en sí mismos, en sus fuerzas y en su porvenir:
2) de organizar con una rapidez fulminante las propias tropas, de crear sus cuadros, o al menos de ubicar con una celeridad fulminante los cuadros existentes (elaborados hasta entonces por el proceso histórico general) en su puesto de encuadre de las tropas diseminadas;
3) de crear en forma instantánea la concentración ideológica de la identidad de los fines a alcanzar. Era una forma de férreo determinismo economista, con el agravante de que los efectos eran concebidos inmediatos en el tiempo y en el espacio; se trataba por ello de un verdadero misticismo histórico, de la espera de una especie de destello milagroso.
La observación del general Krasnov (en su novela Pedro Krasnov, Dall'aquila imperiale alla bandiera rossa, Florencia, Salani, 1928.) de que la Entente (que no quería una victoria de la Rusia imperial para que no fuese resuelta definitivamente a favor del zarismo la cuestión oriental) impuso al Estado Mayor ruso la guerra de trinchera (absurda dado el enorme desarrollo del frente del Báltico al mar Negro, con grandes zonas palúdicas y boscosas) mientras que la única posible era la guerra de maniobra, es una tontería. El ejército ruso en realidad intentó la guerra de maniobra y de profundización, especialmente en el sector austriaco (pero también en la Prusia Oriental) y obtuvo éxitos brillantísimos, aún cuando fueron efímeros. La verdad es que no se puede escoger la forma de guerra que se desea, a menos de tener súbitamente una superioridad abrumadora sobre el enemigo, y sabido es cuantas pérdidas costó la obstinación de los Estados Mayores en no querer reconocer que la guerra de posición era "impuesta" por las relaciones generales de las fuerzas que se enfrentaban. La guerra de posición, en efecto, no está constituida sólo por las trincheras propiamente dichas, sino por todo el sistema organizativo e industrial del territorio que está ubicado a espaldas del ejército: y ella es impuesta sobre todo por el tiro rápido de los cañones, por las ametralladoras, los fusiles, la concentración de las armas en un determinado punto y además por la abundancia del reavituallamiento que permite sustituir en forma rápida el material perdido luego de un avance o de un retroceso. Otro elemento es la gran masa de hombres que constituyen las fuerzas desplegadas, de valor muy desigual y que justamente sólo pueden operar como masa. Se ve cómo en el frente oriental una cosa era irrumpir en el sector alemán y otra diferente en el sector austriaco y cómo también en el sector austriaco, reforzado por tropas escogidas alemanas y comandadas por alemanes, el ataque de choque como táctica termina en un desastre. Algo análogo se observa en la guerra polaca de 1920, cuando el avance que parecía irresistible fue detenido delante de Varsovia por el general Weygand en la línea comandada por los oficiales franceses. Los mismos técnicos militares que ahora se atienen fijamente a la guerra de posición como antes se atenían a la guerra de maniobra, no sostienen por cierto que el tipo precedente debe ser suprimido de la ciencia; sino que en las guerras entre los Estados más avanzados industrial y civilmente, se debe considerar a ese tipo como reducido a una función táctica más que estratégica, se lo debe considerar en la misma posición en que se encontraba, en una época anterior, la guerra de asedio con relación a la de maniobra.
La misma reducción debe ser realizada en el arte y la ciencia política, al menos en lo que respecta a los Estados más avanzados, donde la "sociedad civil" se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a las "irrupciones" catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.): las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de las trincheras en la guerra moderna. Así como en ésta ocurría que un encarnizado ataque de la artillería parecía haber destruido todo el sistema defensivo adversario, mas sólo había destruido la superficie externa y en el momento del ataque y del avance los asaltantes se encontraban frente a una línea defensiva todavía eficiente, así también ocurre lo mismo en la política, durante las grandes crisis económicas. Ni las tropas asaltantes, por efectos de las crisis, se organizan en forma fulminante en el tiempo y el espacio, ni mucho menos adquieren un espíritu agresivo; recíprocamente, los asaltados no se desmoralizan ni abandonan la defensa, aún entre los escombros, ni pierden la confianza en las propias fuerzas ni en su porvenir. Las cosas, por cierto, no permanecen tal cual eran, pero es verdad que llegan a faltar los elementos de rapidez, de ritmo acelerado, de marcha progresista definitiva que esperaban encontrar los estrategas del cadornismo* político. (Gral. Luigi Cadorna derrotado en 1917 por el avance germano-austríaco, la retirada hacia el río Piave ocasionó 320.000 bajas.)
El último hecho de este tipo en la historia de la política se encuentra en los acontecimientos de 1917. Ellos señalaron un cambio decisivo en la historia del arte y de la ciencia de la política. Se trata por consiguiente de estudiar con "profundidad" cuáles son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posición. Se dice con "profundidad" intencionadamente, ya que ellos fueron estudiados pero desde puntos de vista superficiales y banales, tal como ciertos historiadores de costumbres estudian las rarezas de la moda femenina desde un punto de vista "racionalista", es decir, persuadidos de que a ciertos fenómenos se los destruye tan sólo con explicarlos en forma "realista", como si fuesen supersticiones populares (que por otro lado tampoco se destruyen con el hecho de explicarlas).
A este conjunto de problemas, debe vincularse la cuestión del escaso éxito obtenido por nuevas corrientes en el movimiento sindical.
Un intento de iniciar una revisión de los métodos tácticos, habría debido ser el expuesto por León Davidovich Bronstein [Trotsky] en la cuarta reunión [4to congreso de la Internacional Comunista --III Internacional--] cuando hizo una comparación entre el frente Oriental y el Occidental. Aquél cayó de inmediato pero fue seguido por luchas inauditas [el frente oriental], en éste [frente occidental] las luchas ocurrieron antes de la caída; o sea que se trataría sobre si ¿la ‘Sociedad Civil’ resiste antes o después del asalto?, ¿dónde sucede esto?, etc.
La cuestión, sin embargo, fue expuesta sólo en forma literaria brillante, pero sin indicaciones de carácter práctico.
[Gramsci recuerda aquí el discurso pronunciado por Trotsky el 14 de noviembre de 1922 en el cuarto congreso de la Internacional Comunista. Véase el siguiente pasaje reproducido en el suplemento Nº 35 de la Correspondencia Internacional (Revista de aquella época el 21/12/1922), que dice así: “¿Porqué la guerra civil sólo empezó entre nosotros (Rusia) con todo su ardor después del 7 de noviembre (Insurrección de Octubre y toma del Palacio de Invierno en Petrogrado)?; ¿porqué después tuvimos que seguir, durante casi cinco años sin interrupción, la guerra civil al Norte, al Sur, al Oeste y al Este?. Es la consecuencia de que hayamos conquistado el poder demasiado fácilmente ... A menudo se ha dicho que derribamos a nuestras clases propietarias. Es verdad en cierto sentido. Políticamente el país acababa apenas de salir de la barbarie zarista. Los campesinos no tenían casi ninguna experiencia política, los pequeños propietarios del campo tenían bien poca, la burguesía media tenía algo más gracias a las Dumas (el parlamento),etc. Los aristócratas tenían cierta organización bajo la forma de los zemstvos [asambleas de distritos] Por lo tanto, las grandes reservas de la contrarrevolución: los campesinos ricos en ciertos períodos y los campesinos medios, la burguesía mediana, los intelectuales y toda la pequeña burguesía, todas esas reservas estaban por así decirlo, todavía intactas, casi inutilizadas; y sólo cuando la burguesía empezó a comprender lo que perdía al perder el poder, buscó por todos los medios, cediendo naturalmente el primer lugar a la aristocracia, a los funcionarios aristócratas, etc., poner en movimiento las reservas potenciales de la contrarrevolución. Así esa guerra civil prolongada (de Rusia) fue la revancha de la historia por la facilidad con que habíamos obtenido el poder. ¡Pero bien está lo que bien acaba!; en el curso de esos cinco años hemos mantenido nuestro poder. Para los partidos occidentales por el contrario, y en general para el movimiento obrero de todo el mundo, se puede afirmar ahora con certidumbre que, en vuestro caso, la tarea será mucho más difícil antes de la conquista del poder, y mucho más fácil después (por ej. para Alemania e Italia)”.]
Es necesario ver si la famosa teoría de Bronstein sobre la permanencia del movimiento no es el reflejo político de la teoría de la guerra de maniobra (recordar la observación del general de cosacos Krasnov), en última instancia, el reflejo de las condiciones generales económico-cultural-sociales de un país en donde los cuadros de la vida nacional son embrionarios y desligados y no pueden transformarse en "trinchera o fortaleza". En este caso se podría decir que Bronstein, que aparece como un "occidentalista", era en cambio un cosmopolita, es decir superficialmente nacional y superficialmente occidentalista o europeo. Ilitch, en cambio, era profundamente nacional y profundamente europeo.
Bronstein en sus memorias recuerda que se le dijo que su teoría se había demostrado buena luego de ... quince años y responde al epigrama con otro epigrama. En realidad, su teoría como tal no era buena ni quince años antes ni quince años después; como ocurre con los obstinados, de los cuales habla Guicciardini, él adivinó "grosso modo", es decir, tuvo razón en la previsión práctica más general Es como afirmar que una niña de cuatro años se convertirá en madre y al ocurrir esto a los veinte años decir: "lo había adivinado", no recordando sin embargo que cuando tenía cuatro años se la deseaba estuprar, convencido de que se convertiría en madre. Me parece que Ilitch había comprendido que era necesario un cambio de la guerra maniobrada, aplicada victoriosamente en Oriente en 1917, a la guerra de posición que era la única posible en Occidente donde, como observa Krasnov, en breve lapso los ejércitos podían acumular interminables cantidades de municiones, donde los cuadros sociales eran de por sí capaces de transformarse en trincheras muy provistas. Y me parece que éste es el significado de la fórmula del "frente único", que corresponde a la concepción de un sólo frente de la Entente bajo el comando único de Foch.
Sólo que Ilitch no tuvo tiempo de profundizar su fórmula, aún teniendo en cuenta el hecho que podía ser profundizada sólo teóricamente, mientras que la tarea fundamental era nacional, es decir, exigía un reconocimiento del terreno y una fijación de los elementos de trinchera y de fortaleza representados por los elementos de la sociedad civil, etc. En Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado sólo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas; en mayor o menor medida de un Estado a otro, se entiende, pero esto precisamente exigía un reconocimiento de carácter nacional.
La teoría de Bronstein puede ser comparada a la de ciertos sindicalistas franceses sobre la huelga general y a la teoría de Rosa expuesta en el folleto traducido por Alessandri: el folleto de Rosa y sus teorías, por otro lado, influenciaron a los sindicalistas franceses como se evidencia en ciertos artículos de Rosmer sobre Alemania en la "Vie Ouvrière" (primera serie en pequeños fascículos). Ella depende igualmente de la teoría de la espontaneidad."
Algunas apreciaciones.
Por una parte, se podría decir que no tiene sentido oponer la táctica del frente único (como equivalente político de la guerra de posición) a la teoría de la revolución permanente (como supuesto ejemplo político de la guerra de maniobra).
El frente único de organizaciones obreras era un planteo vigente para los países imperialistas (donde se había realizado la revolución democrática), mientras que las tesis centrales de la teoría de la revolución permanente son aplicables a aquéllos países en los que todavía está pendiente esa revolución.
Por otra parte, para estos países, particularmente los de Oriente, la política de la Comintern era la del Frente Único Antiimperialista.
Pero si Gramsci las opone tan tajantemente puede ser por dos motivos.
Uno, que desconociera la táctica del frente único y que desconociera que Trotsky había sido uno de sus más brillantes expositores. Esta posibilidad no es verosímil. Gramsci recuerda en su texto el discurso que dio Trotsky en el IV Congreso. Además, aunque no lo hubiera recordado, Gramsci estuvo destacado por su partido en el seno del Comité Ejecutivo de la IC en la época de los III y IV Congresos. No podía ignorar quiénes defendían esa táctica. De hecho, hay cartas en las que polemiza con Terracini y con Bordiga, porque éstos querían revisar las resoluciones del III Congreso, argumentando que la táctica del frente único obedecía a una necesidad diplomática del PCUS. De hecho, en el discurso mencionado, en el que se defiende la táctica del frente único, Trotsky se dirige específicamente a Renault (Francia) y a Terracini (Italia), haciéndoles la misma acusación que Gramsci hacía a Terracini y a Bordiga.
Entonces, la otra posibilidad es que Gramsci desconociera las tesis fundamentales de la teoría de la revolución permanente. Esto es mucho más verosímil. Recordemos que Gramsci es encarcelado a fines de 1926 y los ataques más virulentos que recibe la teoría de la revolución permanente se desatan en 1928 con motivo del VI Congreso de la IC.
El mismo Trotsky reconoce, cuando polemiza con un texto de Radek, que hasta ese entonces esa polémica estaba olvidada y que él, hasta ese momento, no había tenido necesidad de salir al cruce de las acusaciones que se le hacían a su teoría que, por otra parte, la había pergeñado durante la revolución de 1905.
Por ello, es recién a partir de los escritos de 1929, que redacta en el destierro de Alma-Ata, que Trotsky sistematiza los fundamentos de la teoría de la revolución permanente.
Es más, hasta argumenta en forma muy convincente, que Lenin tampoco conocía a fondo su teoría, y que la conocía en forma mediata, a través de comentarios y de extractos, y no por haberla leído en forma directa de textos de Trotsky. Es más que posible que Gramsci estuviera en la misma situación, incluso agravada por las deformaciones del estalinismo.
La principal acusación que se le hacía a Trotsky es que menospreciaba la alianza con el campesinado pobre, que su teoría no tenía en cuenta esta alianza, que según Trotsky la revolución en los países atrasados la harían los obreros sin aliarse con los campesinos. Esta acusación era falsa, pero no veo cómo Gramsci, mientras estaba preso, pudo conocer a fondo esta polémica, sin sufrir la distorsión del lente estalinista. Gramsci reconoce que leyó la autobiografía de Trotsky (Mi Vida), al hacer referencia a sus memorias. Pero en este libro no hay un desarrollo extenso de la teoría, como la expondría luego Trotsky en su polémica con Radek.
Es lógico que Gramsci, en su desconocimiento, fuera tan duro con Trotsky ya que para el sardo, la alianza de los obreros del norte con los campesinos del sur era fundamental para el futuro triunfo de la revolución italiana.
A pesar de ésto, siempre se opuso a las medidas represivas contra Trotsky y Zinoviev. Desde su prisión escribió una carta dirigida al CEIC en ese sentido que Palmiro Togliatti ocultó.
Pero, de todos modos, la metáfora militar que equipara a la guerra de posición con el frente único, de ninguna manera autoriza a interpretar que ésta guerra de posición implica gestionar espacios del estado burgués y de la burguesía, ganando posiciones, hasta que en un futuro indeterminado se tome el poder.
Por el contrario, la táctica del frente único era una táctica para ganar a las masas en un momento en que la influencia relativa de los partidos comunistas sobre éstas, y con respecto a la socialdemocracia, había disminuido. Pero si se leen esas tesis o el discurso de Trotsky, era en el combate por las reivindicaciones de las masas que ese frente único se podía realizar, era en el combate contra las organizaciones militares del fascismo, en defensa de las organizaciones obreras, que se planteaba la táctica del frente único. Nada que ver tiene esta táctica con las estrategias etapistas o reformistas.
Durante su vida militante más activa, en libertad, Gramsci fue solidario con la idea de la revolución mundial, del mundo organizado como un gran taller, de la táctica del frente único, entre otras posiciones fundamentales del bolchevismo.
Gramsci fue un revolucionario bolchevique con muchas más coincidencias con Trotsky que con los estalinistas y reformistas.



domingo, 29 de septiembre de 2013

Ya no sos igual...

1. Caracterización de los represores desde una perspectiva de clase. Términos del debate.

Con motivo de la asonada de los desclasados, por la reducción de sus salarios, se generó un debate en todo el arco de la izquierda, sobre cuál debe ser la actitud de los luchadores con respecto al aparato represivo y sobre la caracterización de clase de los represores. Particularmente, hubo una disputa sobre cuál era la posición correcta desde el punto de vista marxista.

A nuestro entender, quienes enarbolaron las banderas de la ortodoxia marxista lo hicieron en forma dogmática y terminaron tergiversando lo que decían defender. La intención de este trabajo consiste en brindar una respuesta a las principales objeciones, contestando en los mismos términos en que fueron planteados, es decir, demostrando que recurrieron a una desnaturalización del marxismo para fundamentar sus posiciones.

En el boletín n° 676 la CORREPI dijo que los integrantes de las fuerzas represivas no son trabajadores, sino desclasados. Son aquellos que, proviniendo en su mayoría de la clase trabajadora, están dispuestos a matar en defensa de los intereses de los capitalistas, a cambio de una paga. Por eso, lejos estamos de confundir al perro con el amo. No los consideramos burgueses, sino perros guardianes de la burguesía. Su conciencia está determinada por su existencia. Ingresaron voluntariamente a una fuerza represiva, en la que se forman profesionalmente para vigilar, controlar y reprimir. Su vida está determinada por esta tarea y su subjetividad adaptada a la misma. Esta subjetividad se forma a lo largo del tiempo en cientos de hechos, desde la participación en torturas en comisarías, en hechos delictivos, hasta en la vigilancia en los barrios, con las lógicas detenciones arbitrarias de los pibes pobres, por portación de cara, y el consabido verdugueo que diariamente sufren millones de pobres en nuestro país. Luego, en cada hecho represivo que descargan sobre los trabajadores, muestran la imposibilidad de solidarizarse con quienes fueron, en algún momento, sus hermanos de clase. [1]

La noción fue tomada de Marx-Engels y de Trotsky. Los dos primeros, en “La Ideología alemana” afirmaban, precisamente, que es el ser social lo que determina la conciencia: “La conciencia [das Bewusstsein] jamás puede ser otra cosa que el ser consciente [das bewusste Sein], y el ser de los hombres es su proceso de vida real. …  no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida. También las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y ligado a condiciones materiales…. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Desde el primer punto de vista, se parte de la conciencia como si fuera un individuo viviente; desde el segundo punto de vista, que es el que corresponde a la vida real, se parte del mismo individuo real viviente y se considera la conciencia solamente como su conciencia.”[2]

León Trotsky, partía de esta noción para dar la discusión a los obreros alemanes, contra los dirigentes socialistas que confiaban en la policía alemana para combatir a las formaciones de combate del nacionalsocialismo (camisas pardas). En este sentido les advertía que no se podía confiar en la policía, por más que estuviera compuesta por represores que anteriormente habían sido obreros socialdemócratas: “El hecho de que los policías hayan sido elegidos en una parte importante entre los obreros socialdemócratas no quiere decirlo todo. Aquí, una vez más, es la existencia la que determina la conciencia. El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero. En el curso de los últimos años, estos policías han debido enfrentarse mucho más a menudo a los obreros revolucionarios que a los estudiantes nacionalsocialistas. Por semejante escuela no se pasa sin quedar marcado. Y lo esencial es que todo policía sabe que los gobiernos pasan, pero la policía continúa.”[3]

En su “Historia de la revolución rusa” tiene la misma posición respecto de la policía y la posibilidad de ganarlos para la causa revolucionaria: Entretanto, el desarme de los ‘faraones’ se convierte en la divisa general. Los gendarmes son el enemigo cruel, irreconciliable, odiado. No hay ni que pensar en ganarlos para la causa. No hay más remedio que azotarlos o matarlos. El ejército ya es otra cosa.”[4]

Podrían llegar a decir que el gendarme ruso nada tiene que ver con nuestro gendarme, que eran formaciones distintas, aunque compartan el mismo nombre. Al respecto, las traducciones al inglés y al alemán, hablan, no de gendarmes pero sí de policías: “Meanwhile disarmament of the Pharaohs becomes a universal slogan. The police are fierce, implacable, hated and hating foes. To win them over is out of the question. Beat them up and kill them. It is different with the soldiers”[5]; “Die Entwaffnung der Pharaonen wird unterdes allgemeine Parole. Die Polizei ist der grimmige, unversöhnliche, verhaßte und hassende Feind. Sie zu gewinnen – davon kann keine Rede sein. Die Polizisten muß man schlagen oder erschlagen. Etwas ganz anderes ist das Heer.”[6]

Esta forma de considerar a los funcionarios de Estado, en tanto realizan funciones de Estado, ya está presente en los escritos juveniles de Marx: “Las actividades e instancias del Estado dependen de sus individuos (sólo a través de ellos obra el Estado); pero no del individuo como realidad física sino estatal, en su condición política. Por eso es ridículo que Hegel las presente en una <> <> < como tal>>.
Esa vinculación es por el contrario sustancial, se basa en una cualidad esencial del individuo, las instancias y asuntos del Estado son su resultado natural. El absurdo proviene aquí de que Hegel los entiende como algo abstractamente independiente y contrapuesto a la individualidad particular, olvidando que ésta es humana y los asuntos e instancias del Estado son funciones humanas. Hegel olvida que la esencia de la <> no consiste en su barba, su sangre o su abstracta natura, sino en su ser social, y que los asuntos del Estado, etc. no son sino formas en que existen y actúan las cualidades sociales del hombre. Por tanto, es evidente que los individuos, en cuanto representan los asuntos y poderes del Estado, son considerados desde el punto de vista social y no privado.”[7]

Sobre esta base, la caracterización de CORREPI es correcta: los represores no son trabajadores, son desclasados. El desclasamiento también se produce a la inversa, cuando individuos pertenecientes a la burguesía y a la pequeña burguesía, rompen con su clase y pasan a defender los intereses históricos de la clase trabajadora.

Ese planteo, por otro lado nada original, ya que abreva en las posiciones de revolucionarios del pasado, fue impugnado por algunas organizaciones que se reclaman del campo revolucionario.

Una objeción afirma que es pre-marxista sostener que la pertenencia de clase se deba determinar por la función social que se cumple y que hay que atenerse a las relaciones de producción y al lugar que se ocupa en esas relaciones. Así, como los gendarmes y los policías provienen en su mayoría de la clase obrera, y carecen de medios de producción, por lo que deben vender su fuerza de trabajo, son entonces obreros, sin importar la función que cumplen. Agregan que no se puede establecer la pertenencia a una clase por la dirección que la burguesía le imprime a determinada actividad.

Para nosotros, esa afirmación significa una deformación del marxismo.

En primer lugar, la burguesía no imprime una dirección represora a la actividad de la policía, como podría imprimirle una dirección de otro tipo, como si pudiera prescindir de la represión. Es más, la represión es inherente al sistema capitalista, sino no se sostiene. La represión del Estado burgués tiene su fundamento en el antagonismo que existe entre la relación capital – trabajo.

En segundo lugar, no es cierto que sea pre-marxista aquél que establece la pertenencia de clase atendiendo a la función.

Marx, en “El Capital” desarrolla este punto con respecto a las tareas de supervisión o dirección: El trabajo de supervisión y dirección, en tanto se origina en el carácter antagónico, en la dominación del capital sobre el trabajo, por lo cual es común a todos los modos de producción que se basan en el antagonismo de clases y al modo capitalista de producción, … La confusión entre la ganancia del empresario y el salario de supervisión o administración se originó primitivamente en la forma antagónica que asume el excedente de la ganancia por encima del interés, por oposición al interés. Esta confusión se desarrolló con la intención apologética de presentar a la ganancia no como plusvalor, es decir como trabajo impago, sino como salario del propio capitalista por el trabajo realizado” [8]

Para Marx el salario de supervisión en realidad no es fuerza de trabajo pagado por debajo de su valor (salario), como ocurre con los obreros, sino, ganancia. Claramente coloca estas funciones del lado de la clase capitalista, y no del lado de la clase trabajadora, aun cuando se trate de gerentes que no son los propietarios de los medios de producción. Es más, la supervisión es tan propia de las relaciones de clase antagónicas, que ya Aristóteles hablaba de ellas: “Con escuetas palabras dice Aristóteles que el poder impone a los potentados, tanto en el terreno político como en el económico las funciones del gobierno, es decir, en el terreno económico, el hecho de que deben saber consumir la fuerza de trabajo, y añade que no debe asignarse demasiada importancia a esta tarea de supervisión, motivo por el cual el amo, apenas es lo suficientemente acaudalado, deja en manos de un supervisor el ‘honor’ de esta molestia[9]. “Sobre la base de la producción capitalista, el capitalista dirige tanto el proceso de producción como el de circulación. La explotación del trabajo productivo cuesta esfuerzo, tanto si él mismo despliega ese esfuerzo, como si se lo hace efectuar a otros en su nombre. Por consiguiente, en contraposición al interés, la ganancia del empresario se le presenta como independiente de la propiedad del capital, y más bien como el resultado de sus funciones como no propietario, como … trabajador … la ganancia empresarial le corresponde al capitalista operante inclusive cuando es no propietario del capital con que opera…” [10].

El capitalista piensa, cree, que realiza un trabajo, diferente del obrero, pero trabajo al fin, y que la ganancia es salario de supervisión. Sin embargo aunque no sea dueño de los medios de producción, si desarrolla esas tareas, Marx lo considera “capitalista operante”, es decir, capitalista por su función.

Es que no es lo mismo explotar que ser explotado. Aquí la función, para Marx, ocupa un lugar central para determinar la pertenencia a una clase. Por otra parte, considerar capitalista a alguien, con exclusiva referencia a la propiedad de los medios de producción, puede llevar al error de que un trabajador que tiene algunas pocas acciones de una empresa, sea considerado capitalista y que el presidente del directorio que, eventualmente, puede no ser propietario de ninguna acción, sea considerado trabajador. Así, resultaría que un trabajador de la General Motors, que es propietario de algunas acciones, es más capitalista que el CEO de esa empresa que tiene un “salario” de millones de dólares al año.

Por eso, cuando Lenin explicaba qué era una clase social, no se limitaba a referirse a la relación con los medios de producción sino que, también, tenía en cuenta otros criterios. Decía que las clases sociales “… son grandes grupos de personas que se diferencian unas de otras por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por su relación (en la mayoría de los casos fijada y formulada en la ley) con los medios de producción, por su papel en la organización social del trabajo y, en consecuencia, por la magnitud de la parte de riqueza social de que disponen y el modo en que la obtienen. Las clases son grupos de personas, uno de los cuales puede apropiarse el trabajo de otro en virtud de los diferentes lugares que ocupan en un sistema de economía social determinado”[11]

Lo mismo que sostiene Marx respecto de las tareas de supervisión y dirección, en tanto son consecuencia de los antagonismos de clase, puede decirse de la actividad represiva.

El Estado burgués es, para los marxistas revolucionarios, manifestación y consecuencia del carácter antagónico de la relación capital – trabajo. Por ello, la función represiva no puede ser indiferente a la hora de determinar la pertenencia a una clase. Máxime cuando la represión refuerza al látigo de la necesidad que obliga a los obreros a vender su fuerza de trabajo. El “trabajo” de reprimir a los explotados no es el mismo que el trabajo de los explotados. Hay una diferencia cualitativa. Así como el trabajo de explotar no es el mismo que el trabajo explotado, aunque así le parezca al capitalista, y aunque en todos los casos exista gasto de fuerza física. Los represores no son masa explotada ni masa laboriosa. Su “trabajo” consiste en reasegurar la extracción de plusvalía, la explotación capitalista.

Decía Engels que “Como el Estado nació de la necesidad de refrenar los antagonismos de clase, y como, al mismo tiempo, nació en medio del conflicto de esas clases, es, por regla general, el Estado de la clase más poderosa, de la clase económicamente dominante, que, con ayuda de él, se convierte también en la clase políticamente dominante, adquiriendo con ello nuevos medios para la represión y la explotación de la clase oprimida. Así, el Estado antiguo era, ante todo, el Estado de los esclavistas para tener sometidos a los esclavos; el Estado feudal era el órgano de que se valía la nobleza para tener sujetos a los campesinos siervos, y el moderno Estado representativo es el instrumento de que se sirve el capital para explotar el trabajo asalariado.” [12]

Resaltamos esa parte del párrafo para señalar cómo los marxistas entienden la cuestión. La clase económicamente dominante, con el Estado se transforma en clase políticamente dominante, y con ello adquiere nuevos medios para reprimir, pero también para explotar trabajo asalariado.

Es lo que ocurrió, por ejemplo, durante la revolución francesa. Dentro de la Francia feudal se habían ido desarrollando relaciones sociales de tipo burgués, que se encontraban aprisionadas por toda la superestructura política, jurídica e ideológica del feudalismo. La burguesía tuvo que conquistar el poder político, y aplastar a la aristocracia, para pasar a ser una clase económica y políticamente dominante. Para esto se presentó como la representante de los intereses más generales de las clases oprimidas, como baluarte de la libertad, la igualdad y la fraternidad. No podía ser de otra manera si quería movilizar a las demás clases para derrotar al absolutismo monárquico. Luego, cuando aseguró su dominación, a través del Estado, y para evitar que la revolución fuese más allá de sus intereses, reprimió a los explotados. No vaciló, tampoco, en asesinar a sus principales representantes políticos, que la habían dirigido hasta ese momento (Robespierre, Saint Just).

Coerción económica y coerción extraeconómica.

Se suele decir que en el capitalismo no hay una coerción extraeconómica que obligue a los trabajadores a vender su fuerza de trabajo. Esto es parcialmente cierto, aunque, si se lo toma unilateralmente, o se lo absolutiza, es falso.

En el capitalismo, es cierto, el trabajador debe vender su fuerza de trabajo si no quiere morir de hambre. Es el invisible látigo de la necesidad el que lo obliga, en parte, a concurrir al mercado en busca de quien lo explote. Pero, hay otro látigo que es visible: la represión.

La necesidad obliga al trabajador porque esa necesidad es defendida por el Estado. Que un trabajador deba satisfacer determinadas necesidades para no morir de hambre, no quiere decir que tenga que vender su fuerza de trabajo. Bien podría recurrir a la violencia y robar todo aquello que necesita para vivir, asociarse con otros para formar bandas para tales fines, ocupar tierras e intentar vivir de lo que produzcan, etc. Lo que hace que el trabajador no recurra, en general, a éstas prácticas, son la ideología y la represión, actuando en forma conjunta (el Estado genera consenso y reprime).

El capitalismo “… reduce a centenares de proletarios a un estado tal, que, necesariamente, caen víctimas de una muerte prematura y antinatural, de una muerte tan violenta como la muerte por medio de la espada o de una maza … impide a millones de individuos las condiciones necesarias para la vida… los coloca en un estado en que no pueden vivir… los constriñe, con el fuerte brazo de la ley, a permanecer en tal estado…”[13]

Engels ubica en su lugar el papel de la represión en el conjunto de las relaciones sociales capitalistas, como reaseguro.

Sería un error pensar solamente en la represión que se descarga sobre los trabajadores que se rebelan contra la miseria a la que son empujados por el capitalismo. Cuando nos referimos a la represión, debemos hacerlo respecto de esa represión selectiva, pero también, debemos abarcar a la represión entendida como control social que sufre el obrero desde que es niño hasta su muerte, esa represión, que nosotros denominamos preventiva, que sirve para enseñarle a las masas quién manda, y que tiene por finalidad hacerles agachar la cabeza a través del miedo.

Este tipo de represión, hace 20 años, no era combatida por ninguna organización, y es por eso que nació CORREPI, para tratar de subsanar esa deficiencia. Actualmente, algunas organizaciones lo hacen, pero en otras sigue habiendo un prejuicio que es el siguiente: combatir la represión preventiva, y a los represores, es reivindicar al lumpenaje. Todo ello porque hay ocasiones en que el gatillo fácil y las torturas recaen sobre ladrones u otro tipo de delincuentes y, porque éstos últimos, con sus delitos, muchas veces afectan a los trabajadores.

Es cierto que la lógica dialéctica superó a la lógica formal, pero pareciera que algunas organizaciones ni siquiera manejan los rudimentos básicos de esta última, de la que no podemos prescindir. Combatir la represión preventiva no implica reivindicar a los lúmpenes. Sabemos, además, que en muchos casos la burguesía los utilizará como fuerza de choque contra los trabajadores (los barras bravas son un ejemplo característico, la historia está poblado de ellos). Pero el error está en que evalúan si la víctima es defendible, o no, y no que ese tipo de represión estatal debe ser combatida, independientemente de quien sea la víctima.

Por otra parte, una divisa de los militantes que luchan por un mundo mejor es aquélla frase de Publio Terencio, el africano, que fuera rescatada por Marx: nada de lo humano me es ajeno.”[14]

No se entiende cómo se compadece esta máxima del humanismo, que debería guiar a quienes se dicen luchadores, con el desprecio hacia determinadas víctimas de la represión capitalista.

2. El papel de la violencia (referencia a un debate actual del pasado).

Esta discusión, sobre qué es lo determinante, si las relaciones de producción o la violencia, está también relacionada con una lucha de contenido ideológico que tuvo que dar el marxismo revolucionario a fines de siglo XIX. Repasar esta polémica sirve para entender por qué, por ejemplo, alguna organización caracterizó a CORREPI, al PTS y a Rolando Astarita, como la izquierda foucaultiana.

A fines del siglo XIX, un profesor alemán, Eugene Dühring, había desarrollado toda una serie de teorías filosóficas, políticas y económicas, que atacaban las bases mismas del materialismo histórico. Marx y Engels salieron a contestar estas posiciones para contrarrestar la perniciosa influencia que ejercían esas teorías sobre los socialdemócratas alemanes, especialmente sobre August Bebel, un dirigente socialista alemán de origen obrero (tornero).

La réplica dio origen a un libro de divulgación, conocido como el “Anti-Dühring”[15], escrito mayormente por Engels, en el que Marx participó escribiendo un capítulo y leyendo el manuscrito.

En ese texto, entre otros errores, Dühring sostenía que lo principal a tener en cuenta era el poder político, expresado como la conquista y la violencia, y las relaciones de producción eran secundarias.

Dühring creía que “La relación de la política general con las formaciones del derecho económico está tan resuelta y, al mismo tiempo, tan peculiarmente determinada en mi sistema, que no será superflua para facilitar el estudio una especial referencia a este punto. La formación de las relaciones políticas es lo históricamente fundamental, y las dependencias económicas no son más que un efecto o caso especial y, por tanto, siempre hechos de segundo orden. Algunos de los recientes sistemas socialistas parecen evidentemente presentar una actitud completamente invertida respecto de ese principio rector, pues desarrollan las subordinaciones políticas como a partir de las condiciones económicas. Cierto que estos efectos de segundo orden existen como tales, y son sobre todo perceptibles en el presente; pero lo primitivo tiene que buscarse en el poder político inmediato, y no en un indirecto poder económico.” [16] Es decir, Dühring, consideraba, de principio, que “las condiciones políticas son la causa decisiva de la situación económica, y que la relación inversa no representa sino una retroacción de segundo orden...” [17]

Esta idea errónea también se puede encontrar en Michel Foucault, en el seminario que dio en 1975-1976, que, según las diferentes ediciones, se lo conoce como “Genealogía del racismo” o “Hay que Defender la sociedad”: “… la política es la continuación de la guerra por otros medios. Lo cual querría decir tres cosas. En primer lugar, esto: que las relaciones de poder, tal como funcionan en una sociedad como la nuestra, tienen esencialmente por punto de anclaje cierta relación de fuerza establecida en un momento dado, históricamente identificable, en la guerra y por la guerra. Y si bien es cierto que el poder político detiene la guerra, hace reinar o intenta hacer reinar una paz en la sociedad civil, no lo hace en absoluto para neutralizar los efectos de aquélla o el desequilibrio que se manifestó en su batalla final. En esta hipótesis, el papel del poder político sería reinscribir perpetuamente esa relación de fuerza por medio de una especie de guerra silenciosa, y reinscribirla en las instituciones, en las desigualdades económicas, en el lenguaje, hasta en los cuerpos de unos y de otros…”. [18]

La respuesta contundente que dan Engels y Marx, a esta hipótesis podría sintetizarse en la siguiente frase: “Hasta el ejercicio de la violencia depende del desarrollo de las fuerzas productivas”.

Exagerando la polémica, para aventar cualquier duda sobre las diferencias entre el materialismo histórico y las teorías sostenidas por Dühring, Engels llega a afirmar que es posible analizar las relaciones sociales capitalistas sin recurrir a la violencia, como instancia explicativa, en ningún momento.

Para Marx y Engels, la violencia es el medio, mientras que la ventaja económica es el fin: “Dicho de otro modo: aunque excluyamos toda posibilidad de robo, violencia y estafa, aunque admitamos que toda propiedad privada se basa originariamente en trabajo propio del propietario y que en todo el ulterior proceso no se intercambian sino valores equivalentes, aun en ese caso tropezaremos necesariamente, en el curso del desarrollo de la producción y del intercambio, con el actual modo de producción capitalista, con la monopolización de los medios de producción y de vida en las manos de una clase poco numerosa, con el aplastamiento de la otra clase, la de los proletarios excluidos de la posesión y que constituyen la enorme mayoría, con la alternancia periódica de producción especulativamente hinchada y crisis comercial, y con toda la actual anarquía de la producción. Todo el proceso se explica por causas puramente económicas, sin que ni una sola vez hayan sido imprescindibles el robo, la violencia, el Estado o cualquier otra intervención política.” [19]

Es claro que Engels va al extremo por razones polémicas, al hacer hincapié en las relaciones de producción para explicar el funcionamiento del capitalismo. Esto lo reconocerá varias veces en su correspondencia de los últimos años de su vida.

Sin embargo, la violencia no está ausente de las explicaciones. Marx solía decir que el capitalismo había nacido chorreando sangre y lodo por todos los poros. En el capítulo XXIV de “El Capital” Marx explica la acumulación originaria capitalista y allí la violencia juega un papel fundamental.[20]

Algunos sostienen que en este aspecto hay diferencias entre Marx y Engels. A este último lo señalan como víctima de un economicismo determinista que no estaría presente en Marx (el marxista Néstor Kohan sostiene esta tesis).

Entendemos que es un error sostener que en este punto hay diferencias entre Marx y Engels. Ambos participaron en la redacción del “Anti-Dühring” pero, además, esa misma posición era sostenida por los dos revolucionarios en “La ideología alemana”, treinta años antes que en el “Anti-Dühring”: “El acto de apoderarse se halla, además, condicionado por el objeto de que se apodera. La fortuna de un banquero, consistente en papeles, no puede en modo alguno, ser tomada sin que quien la toma se someta a las condiciones de producción y de relación del país ocupado. Y lo mismo ocurre con todo el capital industrial de un país industrial moderno. Finalmente, la acción de apoderarse se termina siempre muy pronto, y cuando ya no hay nada que tomar necesariamente hay que empezar a producir. Y de esta necesidad de producir, muy pronto declarada, se sigue que la forma de la comunidad [Gemeinwesen] adoptada por los conquistadores instalados en el país tiene necesariamente que corresponder a la fase de desarrollo de las fuerzas productivas con que allí se encuentran o, cuando no es ése el caso, modificarse a tono con las fuerzas productivas.”[21]

El determinismo economicista sí afectó a dos tendencias de la socialdemocracia alemana y, por su gran influencia, a casi toda la socialdemocracia europea de principios de siglo XX. Sus dos más grandes representantes de esta desviación fueron Eduard Bernstein, primero, y Karl Kautsky después.

Pero en esto no hay reproche que hacerles a Marx y a Engels. El problema es la apropiación unilateral que hicieron algunos dirigentes socialistas, devenidos en reformistas. A su vez, este fenómeno tiene raíces sociales que no es posible explicar por la decisión de algunas individualidades.

Como se explicaba más arriba, la posición era llevada a un extremo por razones polémicas, y no porque Marx y Engels despreciaran el papel de la violencia en la historia y en la sociedad capitalista.

Esto fue reconocido varias veces por Engels en su correspondencia: “Falta, además, un solo punto, en el que, por lo general, ni Marx ni yo hemos hecho bastante hincapié en nuestros escritos, por lo que la culpa nos corresponde a todos por igual. En lo que nosotros más insistíamos --y no podíamos por menos de hacerlo así-- era en derivar de los hechos económicos básicos las ideas políticas, jurídicas, etc., y los actos condicionados por ellas.” [22] “No es, pues, como de vez en cuando, por razones de comodidad, se quiere imaginar, que la situación económica ejerza un efecto automático; no, son los mismos hombres los que hacen la historia, aunque dentro de un medio dado que los condiciona, y a base de las relaciones efectivas con que se encuentran, entre las cuales las decisivas, en última instancia, y las que nos dan el único hilo de engarce que puede servirnos para entender los acontecimientos son las económicas, por mucho que en ellas puedan influir, a su vez, las demás, las políticas e ideológicas.” [23] “Por tanto, si Barth cree que nosotros negamos todas y cada una de las repercusiones de los reflejos políticos, etc., del movimiento económico sobre este mismo movimiento económico, lucha contra molinos de viento. Le bastará con leer ‘El Dieciocho Brumario’, de Marx, obra que trata casi exclusivamente del papel especial que desempeñan las luchas y los acontecimientos políticos, claro está que dentro de su supeditación general a las condiciones económicas. O ‘El Capital’, por ejemplo, el capítulo que trata de la jornada de trabajo, donde la legislación, que es, desde luego, un acto político, ejerce una influencia tan tajante. O el capítulo dedicado a la historia de la burguesía. ¡La violencia (es decir, el poder del Estado) es también una potencia económica![24] “Según la concepción materialista de la historia, el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real. Ni Marx ni yo hemos afirmado nunca más que esto. Si alguien lo tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda… El que los discípulos hagan a veces más hincapié del debido en el aspecto económico, es cosa de la que, en parte, tenemos la culpa Marx y yo mismo. Frente a los adversarios, teníamos que subrayar este principio cardinal que se negaba, y no siempre disponíamos de tiempo, espacio y ocasión para dar la debida importancia a los demás factores que intervienen en el juego de las acciones y reacciones. Pero, tan pronto como se trataba de exponer una época histórica y, por tanto, de aplicar prácticamente el principio, cambiaba la cosa, y ya no había posibilidad de error.” [25]

De ninguna manera se podría afirmar que Marx o Engels desprecian el papel de la violencia en la historia. Nosotros tampoco la podemos ignorar y, de hecho, no lo hacemos.

Es lógico que, si otras organizaciones creen que nosotros estamos considerando, solamente a la violencia, como único factor determinante en las explicaciones, nos tilden de foucaultianos. Con respecto a esto no queda más que dar la discusión y no dejarles pasar el hecho de que sólo consideren, por su parte, a las relaciones de producción, en defensa de una supuesta ortodoxia que más bien es una caricatura. Porque posiciones esas son terriblemente unilaterales, en el sentido de que sólo consideran las relaciones de producción y pecan, por tanto, de los mismos defectos que señalaba Engels en la carta a Bloch, citada más arriba.

3. Presencia de la violencia en las relaciones de producción. Origen de las relaciones sociales capitalistas.

Las relaciones de dominación están presentes en las relaciones económicas entre el capitalista y el obrero. Que se pueda prescindir de las primeras, al efectuar el análisis de las segundas, no quiere decir que sea correcto quedarse con el resultado de esa instancia analítica.

Mediante el análisis separamos los componentes, estudiamos por separado cada uno de ellos para una mejor comprensión de una totalidad que, antes de empezar la tarea, se nos muestra como caótica. Pero, al final, es necesario reconstruir esta totalidad que deviene, así, como totalidad concreta, en la que se encuentran expuestas todas las determinaciones que la median.

El trabajador “libre”

En lo que hace a la sociedad capitalista y a las relaciones de producción, Marx explicaba que hasta un niño sabía “que un país que dejase de trabajar, no digo durante un año, sino por unas pocas semanas, se moriría” [26]

Pero, además, al mismo tiempo que produce, la sociedad en su conjunto debe reproducir las relaciones de producción que permiten seguir produciendo de la misma manera. La relación de producción debe reproducirse. Para que esto ocurra es necesario que las masas explotadas se presenten, en forma pacífica, a trabajar todos los días. Para lograr esto la burguesía se vale de la ideología y de la represión, que se despliega por todo el territorio, y que afecta a los obreros desde niños. Al llegar a la edad laboral, el obrero ya fue aleccionado en reiteradas oportunidades sobre lo que le puede ocurrir si intenta rebelarse.

Todo esto supone, por supuesto, la existencia de las relaciones de producción. Pero para que el capitalista pueda utilizar obreros, se tiene que dar un presupuesto, que es la existencia de hombres libres, en un doble sentido: libres de toda sujeción personal, de servidumbre o esclavitud, y libre de los medios de producción, es decir, apartado de los instrumentos de trabajo con los que podría producir sin necesidad de vender su fuerza de trabajo.

Por fuerza de trabajo, o capacidad de trabajo, Marx entiende “el conjunto de las facultades físicas y mentales que existen en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano que él pone en movimiento cuando produce valores de uso de cualquier índole.”

Así, para que el capitalista encuentre la fuerza de trabajo en el mercado, como mercancía, deben cumplirse diversas condiciones. En este sentido, la fuerza de trabajo, como mercancía, sólo puede aparecer en el mercado en la medida, y por el hecho, de que su poseedor, la ofrezca y venda como mercancía.

Por ende, su poseedor, deberá poder disponer de esa fuerza de trabajo, en tanto sea propietario libre de su capacidad de trabajar. Es así que se podrá encontrar en el mercado con el capitalista para venderle su mercancía. En los hechos, revestirá la forma aparente de un contrato entre iguales, entre dos personas jurídicamente iguales. Ahora bien, para que subsista esta relación, el poseedor de la fuerza de trabajo no podrá venderla, más que por un tiempo determinado, dado que si la vendiera toda junta se estaría vendiendo a sí mismo, se transformaría en un esclavo.

En consecuencia, para que el capitalista pueda comprar fuerza de trabajo, tiene que encontrar en el mercado de mercancías al obrero libre, libre de toda atadura personal, servil o esclava, y libre en el sentido de que carece de otras mercancías para vender, está exento y desprovisto, desembarazado de todas las cosas necesarias para la puesta en actividad de su fuerza de trabajo”.

Sin embargo, como dice, Marx, la naturaleza no produce poseedores de capital, por un lado, y hombres libres (en ambos sentidos), por el otro. Esta relación social, diferente de la de otros períodos históricos es “el resultado de un desarrollo histórico precedente, el producto de numerosos trastrocamientos económicos, de la decadencia experimentada por toda una serie de formaciones más antiguas de la producción social….” [27]

Este proceso de trastrocamientos económicos, de los que habla Marx, será explicado por él mismo cuando analice la acumulación originaria capitalista.

La metáfora militar

Por otra parte, se da otro hecho esclarecedor que es que Marx y Engels siempre utilizaron la metáfora militar para explicar la sociedad capitalista y, en particular, para ejemplificar el modo en que se opera el disciplinamiento del trabajador. Así, Marx le escribía a Engels que “Toda la historia de las formas de la sociedad burguesa se resumen notablemente en lo militar” [28]. “Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares. Los obreros, soldados rasos de la industria trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes. No son sólo siervos de la burguesía y el Estado burgués, sino que están todos los días y todas las horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dentro de la fábrica.”[29] Las referencias a la clase obrera como ejército industrial y a los obreros desocupados como ejército industrial de reserva, o a la fábrica como un cuartel, siguen en esa misma línea y pueblan los textos de ambos revolucionarios.

Desde este punto de vista, para Marx, la competencia capitalista es una guerra industrial que “… exige ejércitos numerosos que puedan acumular en un mismo punto y diezmar generosamente. Y ni por devoción ni por obligación soportan los soldados de este ejército las fatigas que se les impone; sólo por escapar a la dura necesidad del hambre. No tienen ni fidelidad ni gratitud para con sus jefes; éstos no están unidos con sus subordinados por ningún sentimiento de benevolencia; no los conocen como hombres, sino como instrumentos de la producción que deben aportar lo más posible y costar lo menos posible. Estas masas de obreros, cada vez más apremiadas, ni siquiera tienen la tranquilidad de estar siempre empleadas; la industria que las ha convocado sólo las hace vivir cuando las necesita, y tan pronto como puede pasarse sin ellas las abandona sin el menor remordimiento; y los trabajadores… están obligados a ofrecer su persona y su fuerza por el precio que quiera concedérseles”[30].

Esta metáfora no es una exageración. El capital busca disciplinar a la fuerza de trabajo, el lugar de trabajo se transforma, así, en un cuartel, y la disciplina fabril, en disciplina militar: “El código fabril, en el cual el capital formula, como un legislador privado y conforme a su capricho, la autocracia que ejerce sobre sus obreros… no es más que la caricatura capitalista de la regulación social del proceso laboral”[31]. “La subordinación técnica del obrero a la marcha uniforme del medio de trabajo y la composición peculiar del cuerpo de trabajo … crean una disciplina cuartelaria que se desenvuelve hasta constituir un régimen fabril pleno”[32]. “Todo capital individual es una concentración mayor o menor de medios de producción, con el comando correspondiente sobre un ejército mayor o menor de obreros”[33]. “[la superpoblación obrera] Constituye un ejército industrial de reserva a disposición del capital…” [34].“Nos detendremos ahora en una capa de la población de origen rural, cuya ocupación es en gran parte industrial. Este estrato constituye la infantería ligera del capital [...] Se forman así aldeas improvisadas, carentes de toda instalación sanitaria, al margen del control de las autoridades locales y muy lucrativas para el caballero contratista, que explota doblemente a los obreros: como soldados industriales y como inquilinos”[35]. “Como la marina real, las fábricas reclutan su personal por medio de las levas”[36].

La acumulación originaria.

En el capítulo XXIV de El Capital (“La acumulación originaria”), Marx explica cómo el modo de producción capitalista se impuso al modo de producción feudal. Lejos de ser un proceso meramente económico, pacífico, fue la violencia la principal impulsora del cambio social, no sólo en la esfera política, sino también en la económica.

¿En qué consistió ese proceso llamado acumulación originaria y por qué Marx lo denomina así?: “El proceso que crea a la relación del capital, pues, no puede ser otro que el proceso de escisión entre el obrero y la propiedad de sus condiciones de trabajo, proceso que, por una parte, transforma en capital los medios de producción y de subsistencia sociales, y por otra convierte a los productores directos en asalariados. La llamada acumulación originaria no es, por consiguiente, más que el proceso histórico de escisión entre productor y medios de producción. Aparece como "originaria" porque configura la prehistoria del capital y del modo de producción correspondiente al mismo.”[37]El punto de partida del desarrollo fue el sojuzgamiento del trabajador. La etapa siguiente consistió en un cambio de forma de ese sojuzgamiento.”[38] “En la historia del proceso de escisión hacen época, desde el punto de vista histórico, los momentos en que se separa súbita y violentamente a grandes masas humanas de sus medios de subsistencia y de producción y se las arroja, en calidad de proletarios totalmente libres, al mercado de trabajo. La expropiación que despoja de la tierra al trabajador, constituye el fundamento de todo el proceso”[39].

Luego de explicar cuál fue el contenido esencial de la acumulación, Marx entra en el detalle de cómo se inició ese proceso, señalando que “El proceso de expropiación violenta de las masas populares recibió un nuevo y terrible impulso en el siglo XVI con la Reforma y, a continuación, con la expoliación colosal de los bienes eclesiásticos. En la época de la Reforma, la Iglesia Católica era propietaria feudal de gran parte del suelo inglés. La supresión de los monasterios, etc., arrojó a sus moradores al proletariado. Los propios bienes eclesiásticos fueron objeto, en gran parte, de donaciones a los rapaces favoritos del rey, o vendidos por un precio irrisorio a arrendatarios y residentes urbanos especuladores que expulsaron en masa a los antiguos campesinos tributarios hereditarios, fusionando los predios de estos últimos., Se abolió tácitamente el derecho, garantizado por la ley, de los campesinos empobrecidos a percibir una parte de los diezmos eclesiásticos”[40].

Esto adoptó en Inglaterra la forma de ruptura con Roma y de fundación de la Iglesia Anglicana. Similar situación, pero con otras formas, se dio durante la revolución francesa, en la que la burguesía de ese país expropió todos los bienes eclesiásticos y hasta llegó a prohibir la religión y a perseguir a los religiosos (en los templos se celebraban fiestas y se rendía culto a la Razón). Luego de que la burguesía francesa se aseguró de no tener que devolver esos bienes, la el culto religioso fue restaurado por su utilidad ideológica.

La expropiación de las masas populares ocurrió, en un principio, incluso contra la legislación existente en ese momento, y prosiguió, según Marx, durante 150 años, de la misma manera. No obstante esto, ya en el siglo XVIII la ley vino a consagrar esa situación de hecho legitimando y legalizando el despojo: “El progreso alcanzado en el siglo XVIII se revela en que la ley misma se convierte ahora en vehículo del robo perpetrado contra las tierras del pueblo, aunque los grandes arrendatarios, por añadidura, apliquen también sus métodos privados menores e independientes. La forma parlamentaria que asume la depredación es la de los ‘Bills for Inclosure of Commons’ (leyes para el cercamiento de la tierra comunal), en otras palabras, decretos mediante los cuales los terratenientes se donan a sí mismos, como propiedad privada, las tierras del pueblo; decretos expropiadores del pueblo.” [41]

Este proceso no se limitó a las leyes de cercamiento, sino que fue acompañado por otras leyes legitimadoras de la opresión sobre los trabajadores: “El último gran proceso de expropiación que privó de la tierra al campesino fue el llamado clearing of estates (despejamiento de las fincas, que consistió en realidad en barrer de ellas a los hombres). Todos los métodos ingleses considerados hasta ahora culminaron en el ‘despejamiento’. Como se vio al describir la situación moderna en la sección anterior, ahora, cuando ya no quedan campesinos independientes a los que barrer, se ha pasado al ‘despejamiento’ de las cottages, de tal suerte que los trabajadores agrícolas ya no encuentran el espacio necesario para su propia vivienda ni siquiera en el suelo cultivado por ellos. Con todo, el ‘clearing of estates’ propiamente dicho se distingue por el carácter más sistemático, la magnitud de la escala en que se practica la operación de una sola vez (en Escocia en áreas tan grandes como principados alemanes) y por la forma peculiar de la propiedad del suelo que, con tanta violencia, se transforma en propiedad privada.”[42] “La expoliación de los bienes eclesiásticos, la enajenación fraudulenta de las tierras fiscales, el robo de la propiedad comunal, la transformación usurpatoria, practicada con el terrorismo más despiadado, de la propiedad feudal y clánica en propiedad privada moderna, fueron otros tantos métodos idílicos de la acumulación originaria. Esos métodos conquistaron el campo para la agricultura capitalista, incorporaron el suelo al capital y crearon para la industria urbana la necesaria oferta de un proletariado enteramente libre.” [43]

Además de estas leyes, aplicables aparentemente sobre las cosas, que en realidad también eran leyes contra los hombres, y para disciplinar a los expulsados de la tierra, que en muchos casos se habían transformado en vagabundos, la naciente burguesía dictó toda una serie de normas que penalizaban la vagancia. De esta forma, mediante la violencia, se pacificó a los primeros proletarios: “Los expulsados por la disolución de las mesnadas feudales y por la expropiación violenta e intermitente de sus tierras ese proletariado libre como el aire, no podían ser absorbidos por la naciente manufactura con la misma rapidez con que eran puestos en el mundo. Por otra parte, las personas súbitamente arrojadas de su órbita habitual de vida no podían adaptarse de manera tan súbita a la disciplina de su nuevo estado. Se transformaron masivamente en mendigos, ladrones, vagabundos, en parte por inclinación, pero en los más de los casos forzados por las circunstancias. De ahí que a fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI proliferara en toda Europa Occidental una legislación sanguinaria contra la vagancia. A los padres de la actual clase obrera se los castigó, en un principio, por su transformación forzada en vagabundos e indigentes. La legislación los trataba como a delincuentes ‘voluntarios’: suponía que de la buena voluntad de ellos dependía el que continuaran trabajando bajo las viejas condiciones, ya inexistentes.” [44]

Leyes similares se dictaron también en la Europa continental y en las Provincias Unidas.

“De esta suerte, la población rural, expropiada por la violencia, expulsada de sus tierras y reducida al vagabundaje, fue obligada a someterse, mediante una legislación terrorista y grotesca y a fuerza de latigazos, hierros candentes y tormentos, a la disciplina que requería el sistema del trabajo asalariado.”

A continuación, Marx explica cómo la violencia física originaria deja paso, una vez disciplinados los trabajadores, a la coerción de las relaciones económicas, sin que la represión desaparezca nunca de la escena de esas relaciones: “No basta con que las condiciones de trabajo se presenten en un polo como capital y en el otro como hombres que no tienen nada que vender, salvo su fuerza de trabajo. Tampoco basta con obligarlos a que se vendan voluntariamente. En el transcurso de la producción capitalista se desarrolla una clase trabajadora que, por educación, tradición y hábito reconoce las exigencias de ese modo de producción como leyes naturales, evidentes por sí mismas. La organización del proceso capitalista de producción desarrollado quebranta toda resistencia; la generación constante de una sobrepoblación relativa mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo, y por tanto el salario, dentro de carriles que convienen a las necesidades de valorización del capital; la coerción sorda de las relaciones económicas pone su sello a la dominación del capitalista sobre el obrero. Sigue usándose, siempre, la violencia directa, extraeconómica, pero sólo excepcionalmente. Para el curso usual de las cosas es posible confiar el obrero a las ‘leyes naturales de la producción’, esto es, a la dependencia en que el mismo se encuentra con respecto al capital, dependencia surgida de las condiciones de producción mismas y garantizada y perpetuada por éstas. De otra manera sucedían las cosas durante la génesis histórica de la producción capitalista. La burguesía naciente necesita y usa el poder del estado para "regular" el salario, esto es, para comprimirlo dentro de los límites gratos a la producción de plusvalor, para prolongar la jornada laboral y mantener al trabajador mismo en el grado normal de dependencia. Es este un factor esencial de la llamada acumulación originaria.[45]

Para Marx la violencia no es indiferente. La violencia que ejerció la burguesía para sojuzgar al obrero fue mayúscula. Las relaciones de producción están teñidas de sangre obrera, por más que en situaciones de paz social, la coerción económica sea más determinante que la coerción extraeconómica.

Una salvedad que hacemos con respecto a las últimas citas. Las leyes sobre vagancia, trabajo obligatorio, leva forzosa para los vagabundos, conchabo, etc., no desaparecieron, sino que mutaron en los conocidos códigos contravencionales, que permiten que el aparato represivo detenga y secuestre personas por su solo arbitrio, sin que medie delito flagrante ni orden de detención emanada de autoridad competente. La legislación criminal ha sido acompañada, desde siempre, por la legislación contravencional o de faltas[46].

Este proceso de acumulación originaria estuvo inserto, además, en un proceso más amplio de formación del mercado mundial: “Los diversos factores de la acumulación originaria se distribuyen ahora, en una secuencia más o menos cronológica, principalmente entre España, Portugal, Holanda, Francia e Inglaterra. En Inglaterra, a fines del siglo XVII, se combinan sistemáticamente en el sistema colonial, en el de la deuda pública, en el moderno sistema impositivo y el sistema proteccionista. Estos métodos, como por ejemplo el sistema colonial, se fundan en parte sobre la violencia más brutal. Pero todos ellos recurren al poder del estado, a la violencia organizada y concentrada de la sociedad, para fomentar como en un invernadero el proceso de transformación del modo de producción feudal en modo de producción capitalista y para abreviar las transiciones. La violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva. Ella misma es una potencia económica.” [47]

Vemos cómo Engels recordaba esa frase en su correspondencia. Coincide con Marx, textualmente, tanto es así que ambos utilizaron la misma frase: “la violencia es una potencia económica”. Con respecto a la acumulación originaria en las colonias, remitimos a un trabajo que está en internet, de Ernest Mandel: La acumulación originaria y la industrialización del tercer mundo.[48] Ésta no sólo se llevó a cabo expulsando, mediante todo tipo de violencias, a los trabajadores europeos, sino también, asesinando, esclavizando, superexplotando a los pobladores de los pueblos colonizados. El grado de acumulación de capital logrado, por ejemplo, por los británicos, sólo se explica considerando la cantidad de riquezas que robaron a los pueblos que sometieron.

Tantæ molis erat [tantos esfuerzos se requirieron] para asistir al parto de las ‘leyes naturales eternas’ que rigen al modo capitalista de producción, para consumar el proceso de escisión entre los trabajadores y las condiciones de trabajo, transformando, en uno de los polos, los medios de producción y de subsistencia sociales en capital, y en el polo opuesto la masa del pueblo en asalariados, en "pobres laboriosos" libres, ese producto artificial de la historia moderna. Si el dinero, como dice Augier, "viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla", el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies[49]

Conclusión

En conclusión, si nos atuviéramos superficialmente a lo expuesto por Marx, en el capítulo de acumulación originaria, quizás hasta resultaría contradictorio con la posición del “Anti-Dühring” y de “La Ideología Alemana”. En ese capítulo parecería, a simple vista, que la violencia fue todo, y las relaciones de producción nada. A poco que lo analicemos detenidamente, la violencia vino a destrabar el desarrollo de fuerzas productivas que habían empezado a nacer durante el feudalismo pero que se encontraban aherrojadas por toda su superestructura política, jurídica e ideológico-religiosa.

Esta es la relación entre poder político, violencia, y relaciones de producción. Si, después de tomado el poder, la burguesía francesa hubiera mantenido las relaciones sociales feudales, habría sufrido una derrota, ya que habría dejado intocadas las bases materiales del poder absolutista. Es decir, la esfera económica se habría terminado impuesto, eso sí, bajo la forma de una derrota política de una clase y la victoria de otra.

Recomendamos la muy buena película de Ken Loach, “El viento que acaricia el prado”, un filme sobre la independencia de Irlanda. Para uno de los protagonistas alcanza con que los irlandeses se independicen políticamente de Inglaterra, mientras que el otro, tiene la opinión de que si bien eso es necesario, es insuficiente. En rigor, este último adopta la posición de un líder revolucionario irlandés, de origen obrero, James Connolly, quien ya en 1897 sostenía que aún cuando los irlandeses echaran al ejército inglés e izaran en el palacio de Dublín la bandera verde, si no cambiaban las relaciones sociales, Inglaterra los seguiría dominando a través del comercio, las finanzas, la renta de la tierra, etc.[50]

Para los marxistas revolucionarios, el poder político es necesario para el cambio de las relaciones sociales (la violencia es una potencia económica). Si no se procede a dicho cambio, las relaciones sociales se imponen, incluso sobre quien detenta hasta ese momento dicho poder. Esa imposición, en última instancia, de las relaciones sociales, se expresará como derrota política de una clase sobre otra. Esta derrota hasta podrá ser catastrófica, como ocurrió en Chile, en 1973, en la que un gobierno con amplio apoyo de la clase obrera fue derrotado política y militarmente por la burguesía, y por su Estado. Ese fue el costo de no usar el poder político para arrasar con las condiciones materiales que sustentaban el poder de la burguesía, entre las cuales está el Estado burgués chileno, cuyo fin es reasegurar las relaciones sociales capitalistas. Es por eso que los trabajadores no pueden usar para sus propios fines el Estado burgués y tienen que destruirlo[51].

Esta última idea está presente en la advertencia que hacía Trotsky, a los obreros ingleses, cuando analizaba la posibilidad de que un gobierno laborista llegara al poder por medios electorales. El acierto de su análisis, que parte de reconocer el papel que cumple el Estado burgués, parece escrito para Salvador Allende, 47 años antes de su derrocamiento: “… como los conservadores son de una madera más resistente que nuestros tristes socialistas, enseñarán picos y garras en cuanto se vean en minoría. No se puede dudar de una cosa: que si no han conseguido impedir por métodos parlamentarios o extraparlamentarios la formación de un Gobierno laborista, harán, encontrándose en minoría (en esta hipótesis, la más favorable, parece ser, al desenvolvimiento pacífico), cuanto de ellos dependa para sabotear, con ayuda de los funcionarios, de los tribunales, del ejército, de la Cámara de los Lores y de la Corte, todas las iniciativas del Gobierno laborista. Tanto ante los conservadores como ante los últimos liberales se planteará la tarea de comprometer a todo precio al primer Gobierno autónomo de la clase obrera. Se trata de vida y muerte. Henos aquí bien lejos de la antigua lucha entre los liberales y los conservadores, en la cual los desacuerdos no salían de la familia de las clases poseedoras. Las reformas, por poco serias que fuesen, emprendidas por el Gobierno laborista en el terreno fiscal, en el de la nacionalización y la democratización verdadera de la administración, suscitarían en las masas laboriosas una poderosa ola de entusiasmo, y (como el apetito viene comiendo) las reformas moderadas realizadas con éxito incitarían inevitablemente a otras más radicales. En otros términos, cada día alejaría para los conservadores la posibilidad de una vuelta al poder. Los conservadores no podrían dejar de darse cuenta clara de que no se trataba de una ordinaria sucesión en el Gobierno, sino del comienzo parlamentario de la revolución socialista. Los recursos de la obstrucción gubernamental y del sabotaje legislativo y administrativo son muy numerosos entre las manos de las clases poseyentes, porque, cualquiera que sea la mayoría parlamentaria, el aparato entero del Estado está de arriba abajo indisolublemente ligado a la burguesía. Esta tiene también en su poder toda la prensa, los órganos más importantes de la administración local, de las universidades, de las escuelas, de la Iglesia, de los innumerables clubes, y, en general, de las sociedades libres. Los bancos y todo el sistema de crédito social están entre sus manos, así como la organización de transportes y el comercio, de suerte que el aprovisionamiento cotidiano de Londres, comprendido el Gobierno laborista, depende de las grandes organizaciones capitalistas. Es completamente evidente que todos estos inmensos recursos serían puestos en acción con una formidable energía para entorpecer la actividad del Gobierno laborista, paralizar sus esfuerzos, intimidarle, escindir su mayoría parlamentaria y provocar, en fin, un pánico financiero y dificultades de aprovisionamiento, declarar lock-out, aterrorizar a los núcleos directores de las organizaciones obreras y reducir al proletariado a la impotencia. Sólo el último de los imbéciles puede no comprender que la burguesía removerá, en caso de advenimiento al poder de un verdadero Gobierno obrero, el cielo, la tierra y los infiernos.” [52]

4. Posición de Lenin y Trotsky. Aparato represivo vs. Ejército de masas.

Hasta el momento, vemos cómo, para el marxismo, las relaciones de producción están atravesadas por la violencia. Por tanto, si esto así, no podemos dejar de tenerla en cuenta a la hora de determinar si los represores pertenecen, o no, a la clase obrera. Asimismo, se comprueba que, para los marxistas revolucionarios, se puede determinar la pertenencia a una clase de conformidad con la función social que se cumple, y no sólo de acuerdo con las relaciones de producción.

Luego de analizar esta cuestión, sobre el carácter de clase de los represores, diferentes organizaciones de izquierda hicieron propuestas sobre qué política darse ante la asonada de los desclasados.

Para fundamentar sus posiciones, invocaron apresuradamente a Lenin y Trotsky, haciendo abstracción de las condiciones en que ambos revolucionarios plantearon sus políticas y generalizaron los conceptos utilizados por ellos, para hacerlos encajar con sus propuestas.

Un punto fundamental a tener en cuenta es que igualaron constantemente “ejército” a “aparato represivo”. Así, las políticas que Lenin y Trotsky, planteaban para los ejércitos, las extendieron fácilmente al aparato represivo.

Hay que decir, en primer lugar, que ejército, para Lenin y Trotsky, no es igual que aparato represivo. Ya lo vimos en la cita que hicimos de Trotsky al principio de este trabajo.

Asimismo, hay que tener en cuenta que el ejército del que hablaban Lenin y Trotsky, eran ejércitos de leva forzosa, es decir, ejércitos cuyos soldados eran obreros y campesinos obligados a prestar servicios militares durante una determinada cantidad de tiempo.

En segundo término, Lenin hace una distinción, también, entre la tropa y el ejército regular o permanente (en inglés, Standing Army). Sobre este último plantea su disolución. El ejército regular o permanente está compuesto por el personal que se dedica a las tareas militares en forma profesional, sus integrantes hacen de la preparación militar su forma de vida. 

”En todas partes y en todos los países el ejército regular sirve no tanto contra el enemigo exterior como contra el enemigo interior. En todas partes el ejército regular se ha convertido en instrumento de la reacción, en sirviente del capital en su lucha contra el trabajo, en verdugo de la libertad popular. No nos detengamos, pues, en nuestra revolución liberadora solamente en las reivindicaciones parciales. Arranquemos el mal de raíz. Liquidemos totalmente el ejército regular. Que el ejército se funda con el pueblo armado, que los soldados lleven al pueblo sus conocimientos militares, que desparezcan los cuarteles y dejen su lugar a la escuela militar libre… La experiencia de Europa occidental ha mostrado hasta qué punto es reaccionario el ejército regular”[53].

Lenin escribió ese texto cuando estalló la insurrección de Sebastópol, en la cual marineros y soldados se rebelaron y destituyeron a sus jefes. La rebelión tenía su origen en la guerra ruso – japonesa,  y en el carácter carcelario del cuartel y del barco rusos. Entre algunas reivindicaciones de los insurrectos figuraba el de la reducción del tiempo del servicio militar, lo que evidencia el carácter proletario y campesino de los soldados rebeldes, aun cuando el papel dirigente lo encabezara el teniente Schmidt, a la postre condenado a muerte junto con otros tres marinos, como consecuencia de la derrota de la insurrección.[54]

Esta cuestión, sobre el tipo de ejércitos del que hablan Lenin y Trotsky es sumamente importante.

Algunas de las de las organizaciones de izquierda que igualaron ejército con aparato represivo, reivindicó, también, la condición 4ª, de las 21 condiciones que la Internacional Comunista (IC) había establecido en su segundo congreso para aceptar que determinados partidos pudieran pertenecer a esa organización y, en base a esa condición, y a la operación arbitraria “ejército = aparato represivo”, concluyen que los luchadores deben militar en la gendarmería, en la prefectura, en la policía, es decir, en los cuerpos permanentes de la represión..

La mentada condición dice: “El deber de propagar las ideas comunistas implica la necesidad absoluta de llevar a cabo una propaganda y una agitación sistemática y perseverante entre las tropas. En los lugares donde la propaganda abierta presente dificultades a consecuencia de las leyes de excepción, debe ser realizada ilegalmente. Negarse a hacerlo constituiría una traición al deber revolucionario y en consecuencia incompatible con la afiliación a la III Internacional”

En primer lugar, hay que decir que la IC planteaba la tarea de propaganda y agitación entre las tropas, no entre la oficialidad o el cuerpo permanente de las fuerzas armadas. En un ejército de leva forzosa como eran los ejércitos europeos en ese entonces, la tropa estaba compuesta de obreros y campesinos obligados a prestar servicios militares por determinado tiempo, en el mejor de los casos, y en el peor a morir en la guerra. Era lógico que se dieran una política para ganarlos. Se trataba de soldados que tenían una existencia determinada por el trabajo en la fábrica o el campo, no hacían de la represión su modo de vida, aunque la burguesía pudiera utilizarlos para oprimir a los trabajadores.

Además, se trataba de ejércitos de masas, compuestos por millones de obreros. Se entiende que los revolucionarios sostuvieran que era imposible la revolución sin que parte de ese ejército de millones se pasara de bando, se quebrara. Aun cuando millones de obreros pudieran intentar hacer la revolución, había millones de soldados alistados obligatoriamente para reprimirlos. Por tanto, era necesario quebrar a esas fuerzas armadas.

Así, al invocar la condición 4ª, o al equiparar ejército con aparato represivo, se hace abstracción de que esas condiciones se establecieron en la etapa de la primera posguerra, luego del triunfo de la revolución rusa, en forma contemporánea a las revoluciones húngara, alemana e italiana, en una situación de agotamiento de la economía europea, de franca debilidad de los Estados, y de la existencia de organizaciones que aglutinaban a millones de trabajadores, con una perspectiva de clase revolucionaria.

Así mismo, para esa época, en particular entre los años 1918 y 1919, ocurre en Inglaterra un motín policial de represores aglutinados en una organización denominada Sindicato Nacional de oficiales de policía y de prisión (National Union of Police and Prison Officers [NUPPO]). No hemos podido encontrar ni una sola resolución de la Internacional Comunista, llamando a sindicalizar a los verdugos.

Es más, en la Rusia soviética, luego del triunfo de la revolución, los ex – policías y gendarmes eran equiparados a los burgueses, en el sentido de que se les impedía votar en los soviets.[55]

Hoy por hoy, en nuestro país no existe un ejército de la magnitud de los ejércitos de leva forzosa. Nuestro aparato represivo, incluyendo las fuerzas armadas no llegan ni de cerca de tener el tamaño de aquéllos. Por otra parte, la historia demuestra que el pueblo organizado no sólo puede vencer a ejércitos nacionales, más o menos débiles, sino también a ejércitos imperialistas.

Ahora bien, supongamos que, a pesar de todo lo que venimos diciendo, los luchadores debieran hacer un trabajo de zapa en la policía, la gendarmería, la prefectura, etc., ¿Bastaría con la propaganda y la agitación para que el aparato represivo se quiebre? Nosotros sostenemos que no. ¿Alcanza con un conflicto salarial para romper la cadena de mandos? Tampoco. En su militancia contra el aparato represivo estatal, CORREPI ha demostrado que, ni aún ante la posibilidad de ser condenados a penas de prisión perpetua, se rompe el espíritu de cuerpo.[56]

Sólo ante la violencia organizada del pueblo se podrá quebrar el aparato represivo, y hasta disgregarse. Recordemos que ante rebeliones verdaderamente de masas, como el Cordobazo y los Rosariazos, la policía no se quebró ni se pasó del lado del pueblo. Durante el Cordobazo, por ejemplo, se autoacuarteló esperando que el ejército reprimiera la rebelión.

Por supuesto, no faltan los que critican esta posición como poco política o foquista.

Sin embargo, es la posición que tuvo Lenin durante la revolución rusa de 1905.

Luego de la insurrección de Moscú, de diciembre de 1905, en la que fueron fusilados miles de obreros, y muchos más encarcelados, Lenin escribió un texto que pasa revista a las enseñanzas que dejó ese levantamiento popular: “La segunda” [enseñanza] “se refiere al carácter de la insurrección, a la manera de realizarla, a las condiciones que determinan que las tropas se pasen al lado del pueblo. Sobre esto último, se halla muy difundida en el ala derecha de nuestro partido una opinión extremadamente unilateral. Es imposible, se dice, luchar contra un ejército moderno; es preciso que éste se haga revolucionario. Como es natural, si la revolución no adquiere un carácter de masas y no influye en las tropas, no puede hablarse de una lucha seria. De suyo se comprende la necesidad de un trabajo entre las tropas. Pero no debemos figurarnos que se pasarán a nuestro lado de golpe, como resultado de la labor de persuasión o de sus propias convicciones. La insurrección de Moscú demuestra vivamente lo que hay de rutinario y de inerte en esta concepción. En realidad, la vacilación de las tropas, fenómeno inevitable en todo movimiento auténticamente popular, conduce, al agudizarse la lucha revolucionaria, a una verdadera lucha por las tropas… Nos hemos dedicado y nos dedicaremos con mayor tenacidad a la tarea de ‘conquistar’ ideológicamente a las tropas: pero no pasaríamos de ser unos lamentables pedantes, si olvidáramos que en un período de insurrección se necesita también librar una lucha física por atraer a las tropas… Durante las jornadas de diciembre, el proletariado de Moscú nos brindó admirables enseñanzas acerca de cómo ‘conquistar’ ideológicamente a las tropas… No debemos predicar la pasividad ni la simple `espera’ del momento en que las tropas ‘se pasen’ a nuestro lado. ¡No! Debemos proclamar a los cuatro vientos la necesidad de una ofensiva audaz y de un ataque armado, la necesidad de exterminar en tales momentos a quienes están al mando del enemigo y de librar la lucha más enérgica por las tropas vacilantes[57].

Recordemos (una vez más), Lenin está hablando, nuevamente, de las tropas. No dice, vayamos a ganar a los cosacos, a los dragones o a lo húsares (algunos de los sectores del ejército ruso vinculados con la nobleza). No, por el contrario dice, hagamos propaganda en la tropa, es decir, en los obreros y campesinos que son forzados a enlistarse en las fuerzas armadas. Pero a la vez advierte: no alcanza con ese trabajo, llegado el momento va a haber que dar una lucha física por ganarse a las tropas, ¡exterminar a quienes estén al mando!, para hacerlas vacilar.

Toda la política de este revolucionario, durante su vida, estuvo dirigida a intervenir en ese tipo de ejércitos para ganarse a los obreros y campesinos que lo componían. Darle otro alcance constituye una tergiversación de sus enseñanzas.

Otra cuestión más es que hay que analizar es la invocación del punto 30, de las “Tesis sobre la estructura, los métodos y la acción de los partidos comunistas”. Sobre la base de este punto, también se han apoyado para sostener la necesidad de militar entre policías y gendarmes.

Estas tesis fueron aprobadas por el III Congreso de la Internacional Comunista (IC) en 1921. El punto 30 dice: “Para la propaganda en el ejército y en la flota del estado capitalista, habrá que buscar en cada país los métodos más apropiados. La agitación antimilitarista en un sentido pacifista es muy perjudicial, pues sólo logra alentar a la burguesía en su deseo de desarmar al proletariado. El proletariado rechaza en principio y combate del modo más enérgico a todas las instituciones militaristas del estado burgués y de la clase burguesa en general. Por otra parte, el proletariado aprovecha esas instituciones (ejército, sociedades de preparación militar, milicia por la defensa de los ciudadanos, etc.) para ejercitar militarmente a los obreros de cara a las luchas revolucionarias. La agitación intensiva no debe, por lo tanto, estar dirigida contra la formación militar de la juventud y de los obreros sino contra el orden militarista y contra la arbitrariedad de los oficiales. El proletariado debe utilizar del modo más enérgico toda posibilidad de apropiarse de armas… La antítesis de clases que se pone de manifiesto en los privilegios materiales de los oficiales y en los malos tratos infligidos a los soldados debe ser comprendida por estos últimos. Además, en las campañas de agitación destinadas a los soldados, es preciso destacar claramente hasta qué punto todo su futuro está estrechamente ligado a la suerte de la clase explotada… En la agitación contra tropas especiales que la burguesía organiza para la guerra de clases y en particular contra sus grupos de voluntarios armados, es necesario concentrar constantemente el máximo de atención y energía. En los lugares donde la estructura social y el medio corrompido lo permitan, la descomposición social debe ser introducida sistemáticamente y en el momento oportuno en sus filas. Cuando estos grupos o tropa posean un carácter de clase uniformemente burgués, como por ejemplo en las tropas compuestas exclusivamente de oficiales, es preciso desenmascararlas ante el conjunto de la población, tornarlas despreciables y odiosas de modo de provocar su disolución interna a consecuencia del aislamiento que la acción de propaganda provocará.”[58]

La claridad del texto exime de mayores comentarios. La IC está hablando, en este caso, de los obreros – soldados. Para las formaciones de combate burguesas llama a militar contra ellas, a tratar de descomponerlas y hacer propaganda en su contra.

Pero además, esto de extrapolar directivas tácticas, presuntamente aplicables a todo tiempo y lugar, es incorrecto. Con respecto a estas tesis en particular, hay que advertir que Lenin, en un discurso que dio en el IV Congreso de la IC, en 1922, dijo que eran enteramente rusas, que él estaba de acuerdo con los más de 50 puntos de las tesis, pero que luego deberían adaptarse a las realidades de cada país. Hasta entendió que esa resolución había quedado en “letra muerta”. “En 1921 aprobamos en el III Congreso una resolución sobre la estructura orgánica de los partidos comunistas y los métodos y el contenido de su labor. La resolución es magnífica, pero es rusa casi hasta la médula; es decir, se basa en las condiciones rusas. Este es su aspecto bueno, pero también su punto flaco. Flaco porque estoy convencido de que casi ningún extranjero podrá leerla; yo la he releído antes de hacer esta afirmación. Primero, es demasiado larga, consta de cincuenta o más puntos. Por regla general, los extranjeros no pueden leer cosas así. Segundo, incluso si la leen, no la comprenderán precisamente porque es demasiado rusa. No porque esté escrita en ruso (ha sido magníficamente traducida a todos los idiomas), sino porque está sobresaturada de espíritu ruso. Y tercero, si, en caso excepcional, algún extranjero la llega a entender, no la podrá cumplir. Este es su tercer defecto. He conversado con algunos delegados extranjeros y confío en que podré conversar detenidamente con gran número de delegados de distintos países en el curso del congreso, aunque no participe personalmente en él, ya que, por desgracia, no me es posible. Tengo la impresión de que hemos cometido un gran error con esta resolución, es decir, que nosotros mismos hemos levantado una barrera en el camino de nuestro éxito futuro. Como ya he dicho, la resolución está excelentemente redactada, y yo suscribo todos sus cincuenta o más puntos. Pero no hemos comprendido cómo se debe llevar nuestra experiencia rusa a los extranjeros. Cuanto expone la resolución, ha quedado en letra muerta.”[59]

También en 1922 la IC propuso un programa para Francia, redactado por Trotsky, que menciona la intervención en las tropas en el mismo sentido que hemos venido explicando (Punto 8 del Programa de trabajo y de acción del partido comunista francés)[60]

Además, también Trotsky diferencia entre el ejército (de leva forzosa) y el aparato represivo.

Ya vimos que, durante la revolución rusa de 1917, la opinión de Trotsky era que los gendarmes (o policías según la traducción) no se podían ganar para la causa revolucionaria, “pero que el ejército era otra cosa”.

Asimismo, vimos que Trotsky alertaba a los obreros alemanes para que no confiaran en que la policía los defendiera de las bandas fascistas de los nazis.

Sobre esto último, la misma posición sostiene para Francia: “Cuando decimos que es necesaria una milicia popular —hablaremos de esto en detalle, más adelante—, Frossard y sus semejantes objetan: ‘Contra el fascismo no se debe luchar con medios físicos, sino ideológicamente’. Cuando decimos: solo una fuerte movilización revolucionaria de las masas (…) es capaz de socavar el piso bajo los pies del fascismo, la misma gente nos replica: ‘no, sólo puede salvamos la policía del gobierno Daladier-Frossard’. … Pero supongamos todavía una hipótesis fantástica: La policía de Daladier-Frossard ‘desarma’ a los fascistas. ¿Es que eso resuelve la cuestión?, Quién desarmará a la propia policía, que, con la mano derecha devolverá a las fascistas lo que les haya quitado con la mano izquierda? … Desde luego, los fascistas ‘desarmados’ recibirían al día siguiente el doble de armas, no sin ayuda de la policía… es cien veces más fácil aplastar a los fascistas con las propias manos que con las manos de una policía hostil. Y cuando el Frente Único se vuelva suficientemente poderoso como para ‘controlar’ el aparato del Estado —por consiguiente, después de la toma del poder, y de ningún modo antes— eliminará simplemente la policía burguesa y pondrá en su lugar la milicia obrera.”[61]

En otro texto del mismo año, la distinción entre ejército y aparato represivo adquiere una claridad incuestionable. En el programa para Francia, de 1934, propone la disolución de la policía y enfatiza la necesidad de dirigirse a los soldados-obreros del ejército: “10. Disolución de la policía, derechos políticos para los soldados. El gobierno arrebata centenares de millones de francos a los pobres, a los explotados, a gente de todas las condiciones para desarrollar y armar a su policía, sus gardes mobiles y su ejército; en otras palabras, no sólo para desarrollar la guerra civil, sino también para preparar la guerra imperialista. Los jóvenes obreros movilizados por centenares de miles en las fuerzas armadas de tierra y mar están desprovistos de todos sus derechos. Exigimos la destitución de los oficiales y suboficiales reaccionarios y fascistas, instrumentos del golpe de estado. Por otra parte, los obreros bajo las armas deberán conservar todos sus derechos políticos y estarán representados por comités de soldados, elegidos en asambleas especiales. De esta manera se conservarán en contacto con la gran masa de los trabajadores, y unirán sus fuerzas con las del pueblo, organizado y armado contra la reacción y el fascismo. Todas las policías, ejecutoras de la voluntad del capitalismo, del estado burgués y de sus pandillas de políticos corruptos deben ser disueltas. Ejecución de las tareas policiales por las milicias obreras. Abolición de los tribunales de clase, elección de todos los jueces, extensión del juicio por jurado a todos los crímenes y delitos menores: el pueblo se hará justicia a sí mismo.”[62]

No es necesario agregar más nada, se confirma que no se puede igualar aparato represivo a ejército, ni ejército en general, a ejército de leva forzosa o de masas. Más que suficientes son estas citas también para demostrar que Lenin y Trotsky plantean dirigirse a los obreros y campesinos, que son la tropa movilizada, enlistada.

Se entiende, también, por qué estas propuestas no son aplicables para el aparato represivo argentino, que no tiene tropa constituida por trabajadores, ya que no es tal quien vive para reprimirlos.

Un último comentario, las citas no prueban nada. No podemos contentarnos con revolearnos los textos clásicos para ver quien tiene la verdad. Eso es propio de dogmáticos. En este caso, las citas eran necesarias para demostrar que los revolucionarios mencionados en este trabajo no dijeron lo que dicen que dijeron, sino todo lo contrario. Han sido tergiversados para hacerlos encajar en la política que plantean las organizaciones que se consideran ortodoxas.

Ahora bien, esto no obsta a que, a su vez, podamos estar en desacuerdo con todo, o con parte, de lo que efectivamente plantearon estos revolucionarios en el pasado. Al respecto, hay una sola forma de averiguarlo, militando y comprobando a cada paso la verdad de la teoría. Las discusiones que no se llevan a la práctica son pura escolástica.

Esto es muy claro en algunos sectores de la izquierda que tienen una visión idealista del aparato represivo estatal y de sus miembros. Como carecen de una militancia efectiva, real, en el seno de esos aparatos represivos (legal o clandestina) o, como CORREPI, de una militancia de confrontación permanente contra las fuerzas represivas, tienen una caracterización deformada por las ideas de la clase dominante. Sus apelaciones al buen policía, al de bajo rango, o al que está en la esquina y que, según estas organizaciones, no sería tan antiobrero como otros policías, más metidos en la organización del delito o en la represión directa a manifestaciones, revelan precisamente ese desconocimiento que es consecuencia de la falta de una militancia real de confrontación contra la fuerza material del estado burgués. A falta de una experiencia propia es lógico que repitan ideas de la clase dominante, o no se tomen el trabajo de analizar a cada fuerza represiva, y confundan el aparato represivo de carácter permanente (el único que existe en Argentina), con los ejércitos de masas en los que intervinieron los revolucionarios en que se referencian.

Como decíamos al final del Boletín n° 676, “En el momento actual … es necesario consolidar la colaboración entre organizaciones para hacer efectivo, en la realidad de la militancia cotidiana, el frente único. No para salir en forma espasmódica ante la represión de alguna lucha popular, sino para que ese frente único exprese una política de coordinación sistemática de defensa de todo compañero represaliado por luchar. Lejos de estar en una situación en la que debamos preocuparnos y distraer fuerzas en generar conciencia popular en el aparato represivo (algo que nosotros negamos que se pueda lograr actualmente), debemos generar conciencia antirrepresiva en el pueblo, para que no vea con naturalidad la saturación de fuerzas de seguridad en el territorio. Que no sea natural para nuestro pueblo que haya policías provinciales, municipales, federales, y de tipo militar, saturando con retenes de control el territorio. Debemos generar conciencia de que no es normal que nuestros barrios se hayan convertido en un gueto. Por eso es que constantemente decimos que, en este aspecto, no hay política de reforma, que la única política viable contra la represión es la que llama a organizarse y a luchar.”

Por eso, contra la represión (y contra el aparato represivo): ¡ORGANIZACIÓN Y LUCHA!



[1] http://correpi.lahaine.org/?p=1162
[2] C. Marx & F. Engels, Feuerbach, “Oposición entre las concepciones materialista e idealista, [Primer Capítulo de La Ideología Alemana]”, en Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos [Editorial Progreso, Moscú, 1974], t. I. http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/feuerbach/1.htm
[3] (León Trotsky, ¿Y ahora? : Problemas vitales del proletariado alemán, en http://www.ceipleontrotsky.org/Y-ahora)
[4] Historia de la revolución rusa, capítulo VII, “Cinco días”, en www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/histrev/tomo1/cap_07.htm
Los trabajadores rusos se referían a la caballería policial como los faraones. En el mismo capítulo, se señala una cierta complicidad entre los manifestantes y los cosacos, una formación extremadamente reaccionaria del ejército zarista. Trotsky aclara que esta supuesta complicidad obedecía a intereses particulares de los cosacos (terratenientes muchos de ellos) y no a una simpatía con la causa obrera.
[5] http://www.marxists.org/archive/trotsky/1930/hrr/ch07.htm)
[6] http://www.marxists.org/deutsch/archiv/trotzki/1930/grr/b1-kap07.htm
[7] Marx, Karl, Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, Introducción, bibliografía y cronología de Ángel Prior Olmos; traducción y notas de José María Ripalda, Biblioteca Nueva, Madrid, 2002, p. 89
[8] Marx, Karl, El Capital : El proceso global de la producción capitalista, T.III, v. 7, Siglo XXI, 1977, pp. 493-94 y 497.
[9] Marx, Karl, El Capital …, p. 492-493.
[10] Marx, Karl, El Capital …, p. 486
[11] Lenin, Una gran iniciativa, en Obras Escogidas, T.V., Buenos Aires, Cartago, 1974, p. 479.
[12] Engels, Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/cap9.htm
[13] Engels, La situación de la clase obrera en Inglaterra, Diáspora, Buenos Aires, 1974, p. 106. En este trabajo Engels reitera en varias oportunidades el papel que cumplen la policía y las leyes contra los pobres para mantener disciplinados a los obreros.
[14] Frase contenida en la obra de Terencio, “El que se atormenta a sí mismo”, del año 163 a.c.
[15] Engels, La revolución de la ciencia de Eugenio Dühring, ["Anti-Dühring"], Instituto del Marxismo-Leninismo & Editorial Progreso, Moscú, en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/anti-duhring/index.htm
[16] Anti-Dühring, p. 150
[17] Anti-Dühring, p. 150.
[18] Foucault, Michel, Hay que Defender la sociedad, Akal, Madrid, 2003, pp. 24-25.
[19] Anti-Dühring, p. 156
[20]  http://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/24.htm
[21] C. Marx & F. Engels, “Feuerbach, Oposición entre las concepciones materialista e idealista, [Primer Capítulo de La Ideología Alemana]”, en Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos [Editorial Progreso, Moscú, 1974], t. I. http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/feuerbach/4.htm
[22] F. Engels, Carta a Franz Mehring, Londres, 14 de julio de 1893, http://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/14-vii-93.htm
[23] F. Engels, Carta a W. Borgius, Londres, 25 de enero de 1894, http://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/e25-i-94.htm
[24] F. Engels, Carta a Konrad Schmidt, Londres, 27 de octubre de 1890, www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/e27-x-90.htm
[25] F. Engels, Carta a José Bloch, Londres, 21- [22] de setiembre de 1890, www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/e21-9-90.htm).
[26] Carta de Marx a Kuegelmann, Londres, 11 de julio de 1868, en C.Marx y F. Engels, Correspondencia, Cartago, Buenos Aires, 1987, p. 206
[27] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, pp. 208-209
[28] Carta de Marx a Engels, Londres 25/09/1857, en Correspondencia, pp. 88-89
[29] Marx y Engels, Manifiesto del partido comunista, en http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm
[30] Marx, Karl, Manuscritos: economía y filosofía, Altaya, Barcelona, 1993, p. 71
[31] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol.II, p.517
[32] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol.II, p.517.
[33] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol.III, p.777
[34] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol.III, p.786
[35] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital,  Tomo I, Vol.III, p.829-830.
[36] Marx, Karl, El Capital: El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol.III, p.947.
[37] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 892-893
[38] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 894
[39] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 895
[40] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 901-902
[41] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 906
[42] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 911-912
[43] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 917-918
[44] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 918
[45] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 922-923
[46] Ver, por ejemplo, Levaggi, Abelardo, Historia del derecho penal argentino, Buenos Aires, Perrot, 1978.
[47] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 939-940
[48] http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/mandelacu.pdf
[49] Marx, Karl, El Capital : El proceso de producción del capital, Tomo I, Vol. III, p. 950
[50] “Si mañana echáis al ejército inglés e izáis la bandera verde sobre el Castillo de Dublín, a menos que emprendáis la organización de una república socialista todos vuestros esfuerzos habrán sido en vano. Inglaterra todavía os dominará. Lo hará a través de sus capitalistas, sus terratenientes, a través de todo el conjunto de instituciones comerciales e individuales que ha implantado en este país y que están regadas con las lágrimas de nuestras madres y la sangre de nuestros mártires. Inglaterra os dominará hasta llevaros a la ruina, incluso mientras vuestros labios ofrezcan un homenaje hipócrita al santuario de esa Libertad cuya causa traicionasteis.” James Connolly, Socialismo y Nacionalismo, 1897
http://creandopueblo.files.wordpress.com/2011/08/connolly-socialismoynacionalismo.pdf
[51]La comuna ha demostrado, principalmente, que ‘la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines’.” En Manifiesto del partido comunista, Prólogo de Marx y Engels a la edición alemana de 1872. http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm
[52] Trotsky, León, ¿Adonde va Inglaterra? Y Europa y América (1925/6) : V - La cuestión de la violencia revolucionaria, http://www.ceipleontrotsky.org/V-La-cuestion-de-la-violencia-revolucionaria
[53] Lenin, “Las fuerzas armadas y la revolución”, en Obras Completas, Tomo X, Cartago, Buenos Aires, 1960, p. 49. También, por comodidad, se suele hablar de ejército permanente en referencia al ejército que tiene un Estado en tiempos de paz, que puede, o no, estar compuesto por tropa reclutada por el sistema de leva forzosa. Teniendo en cuenta la caracterización que hacen los marxistas, del Estado burgués, hablar de ejército permanente en esta última acepción es una redundancia.
“Everywhere, in all countries, the standing army is used not so much against the external enemy as against the internal enemy. Everywhere the standing army has become the weapon of reaction, the servant of capital in its struggle against labour, the executioner of the people’s liberty. Let us not, therefore, stop short at mere partial demands in our great liberating revolution. Let us tear the evil up by the roots. Let us do away with the standing army altogether. Let the army merge with the armed people, let the soldiers bring to the people their military knowledge, let the barracks disappear to be replaced by free military schools. No power on earth will dare to encroach upon free Russia, if the bulwark of her liberty is an armed people which has destroyed the military caste, which has made all soldiers citizens and all citizens capable of bearing arms, soldiers. The experience of Western Europe has shown how utterly reactionary the standing army is.”
Lenin, Collected Works, V. 10, en http://www.marxists.org/archive/lenin/works/1905/nov/15d.htm
En el mismo sentido: “Los soldados no quieren permanecer al margen de la política. Los soldados no están de acuerdo con los kadetes. Los soldados plantean una reivindicación que tiende claramente a acabar con el ejército de casta, con el ejército separado del pueblo, y a sustituirlo por un ejército de ciudadanos libres e iguales. Pero bien, esto equivale exactamente a abolir el ejército regular y a armar al pueblo”, Lenin, “Ejército y pueblo”, en Obras Completas, T. XI, 2 ed. corr. y aum., Buenos Aires, Cartago, 1969, p. 87.
[54] Algo similar ocurrió con la insurrección del acorazado Potemkin. Además de la acción de la socialdemocracia rusa entre los marinos, hay que tener en cuenta el régimen carcelario sobre los barcos, los abusos de los oficiales, la desmoralización provocada por la guerra y, un hecho para nada despreciable, que es que semanas antes, la flota rusa del Báltico había sido devastada por los japoneses en la Batalla de Tsushima, en la que fueron hundidos 21 barcos, capturados otros 7, e inutilizados 6. Además, murieron aproximadamente 4380 marineros y 5917 fueron heridos, por contraposición a los japoneses que tuvieron 117 bajas y 583 heridos, y sólo tres torpederos hundidos.
[55] “Quedaban excluidos del derecho a voto: los que emplean fuerza de trabajo para obtener beneficio; las personas que viven de plusvalías; comerciantes y agentes privados de negocios; empresarios de comunidades religiosas; ex-miembros de la policía y de la gendarmería; la antigua dinastía reinante; los deficientes mentales; los sordomudos; y todos los condenados por delitos menores mezquinos e indignos.”, John Reed, “Los soviets en acción”, en http://www.marxists.org/espanol/reed/sovacc.htm
[56] En el juicio por la tortura y muerte de Sergio Durán, los cinco policías involucrados (Rojido, Farese, Gastelú, Nicolossi y Fernández) mantuvieron incólume su espíritu de cuerpo pese a afrontaban penas en expectativa de perpetua. En nada influyó el hecho de que algunos, como Rojido, fuera subcomisario, y el resto policías de menor jerarquía. En el juicio por el asesinato de Rodrigo Corzo, el policía Nuñez intentó encubrir con burdas mentiras a su superior, el oficial Solana, y por ello fue condenado y se encuentra encarcelado cumpliendo una pena de 3 años y seis meses por encubrimiento.
[57] Lenin, “Las enseñanzas de la insurrección de Moscú”, en Obras Completas, 2ª ed. corr. y aum., T. XI, Cartago, Buenos Aires, 1969, pp. 179-181
[58] Los Cuatro Primeros Congresos de la Internacional Comunista en http://www.marxismo.org/?q=node/1549
[59] Lenin, “Cinco años de la revolución rusa y perspectivas de la revolución mundial : Informe pronunciado ante el IV Congreso de la Internacional Comunista el 13 de noviembre de 1922”, en Obras Completas, tomo 45, Editorial Progreso, Moscú, 1981, pp. 278-294 http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1922/noviembre/13.htm
[60]8.- El partido emprenderá un trabajo sistemático de penetración comunista en el ejército. La propaganda antimilitarista deberá diferenciarse claramente del pacifismo burgués hipócrita e inspirarse en el principio del pertrechamiento del proletariado y del desarme de la burguesía. En su prensa, en el parlamento, en toda ocasión favorable, los comunistas apoyarán las reivindicaciones de los soldados, preconizarán el reconocimiento de los derechos políticos de éstos, etc. En medio del llamamiento a las nuevas clases, de las amenazas de guerra, la agitación antimilitarista revolucionaria debe ser intensificada. Se hará bajo la dirección de un órgano especial del partido, con participación de las Juventudes Comunistas.”Los Cuatro Primeros Congresos de la Internacional Comunista en http://www.marxismo.org/?q=node/1549
[61] León Trotsky, ¿Adónde va Francia?, Fines de octubre de 1934, http://www.ceipleontrotsky.org/Adonde-va-Francia
[62] León Trotsky, Un programa de acción para Francia, La Verité, junio de 1934, http://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/escritos/libro4/T06V103.htm#_ftn1