martes, 22 de marzo de 2016

La Internacional Comunista y la lucha armada (IV)

El texto que se envía contiene un análisis sintético del problema agrario y del papel que debe jugar el partido revolucionario en la lucha de clases en el campo como organizador y, en particular, como organizador del armamento del proletariado rural para enfrentar a la reacción de los campesinos ricos, de los terratenientes y de los grandes capitalistas agrarios. Además de ello contiene un análisis muy útil de las clases sociales rurales.


TESIS SOBRE EL PROBLEMA AGRARIO

1. Sólo el proletariado urbano e industrial, dirigido por el Partido Comunista, puede librar a las masas trabajadoras rurales del yugo del capital y de la gran propiedad agraria de los terratenientes, de la ruina económica y de las guerras imperialistas, inevitables mientras se mantenga el régimen capitalista. Las masas trabajadoras del campo no tienen otra salvación que su alianza con el proletariado comunista y apoyar abnegadamente su lucha revolucionaria para derribar el yugo de los terratenientes (grandes propietarios agrarios) y de la burguesía.

Por otra parte, los obreros industriales no podrán cumplir su misión histórica de liberar a la humanidad de la opresión del capital y de las guerras, si se encierran en el marco de intereses estrechamente corporativos, estrechamente profesionales y se limitan, con suficiencia, a preocuparse sólo de mejorar su situación que a veces es pasable desde el punto de vista pequeñoburgués. Esto es precisamente lo que ocurre en muchos países avanzados donde hay una “aristocracia obrera”, la cual constituye la base de los partidos seudosocialistas de la II Internacional, pero que en realidad son los peores enemigos del socialismo, traidores del socialismo, chovinistas pequeñoburgueses, agentes de la burguesía en el seno del movimiento obrero. El proletariado actúa como clase verdaderamente revolucionaria, auténticamente socialista, sólo cuando en sus manifestaciones y actos procede como vanguardia de todos los trabajadores y explotados, como jefe de los mismos en la lucha para derribar a los explotadores, cosa que no puede ser llevada a cabo sin introducir la lucha de clase en el campo, sin agrupar a las masas de trabajadores rurales en torno al Partido Comunista del proletariado urbano, sin que éste eduque a aquéllas.

2. Las masas trabajadoras y explotadas del campo a las que el proletariado urbano debe conducir a la lucha o, cuando menos, ganar para su causa, están representadas en todos los países capitalistas por las clases siguientes: En primer lugar, por el proletariado agrícola, los obreros asalariados (contratados por año, por temporada, por jornada), que ganan su sustento trabajando a jornal en empresas capitalistas agrícolas. La tarea fundamental de los partidos comunistas de todos los países consiste en organizar esta clase independiente y distinta de los demás grupos de la población rural (en el terreno político, militar, sindical, coperativo, cultural, etc.), desplegar entre ella una intensa propaganda y agitación, atraerla al lado del poder soviético y de la dictadura del proletariado.

En segundo lugar, por los semiproletarios o campesinos parcelarios, es decir, los que ganan su sustento, en parte mediante el trabajo asalariado en empresas capitalistas agrícolas e industriales y, en parte, trabajando en la parcela propia o tomada en arriendo, lo que les suministra sólo cierta parte de los productos necesarios para la subsistencia de sus familias. Este grupo de la población trabajadora del campo es muy numeroso en todos los países capitalistas; los representantes de la burguesía y los “socialistas” amarillos de la II Internacional disimulan su existencia y su situación especial, ora engañando conscientemente a los obreros, ora creyendo ciegamente en la rutina de las concepciones pequeño-burguesas y confundiendo a estos trabajadores con la masa común de los ‘campesinos” en general. Semejante procedimiento de embaucar a la manera burguesa a los obreros se advierte, sobre todo, en Alemania y en Francia, luego en los EE.UU., así como en otros países. Cuando los partidos comunistas organicen debidamente su labor, este grupo será su partidario seguro, porque la situación de estos semiproletarios es sumamente penosa y porque bajo el poder soviético y la dictadura del proletariado sus ventajas serán enormes e inmediatas.

En tercer lugar, por los pequeños campesinos, es decir, los pequeños labradores que poseen, ya sea como propiedad o tomada en arriendo, una parcela de tierra tan reducida, que cubriendo las necesidades de sus familias y de su hacienda, no precisan contratar jornaleros. Esta categoría, como tal, sale ganando de un modo absoluto con el triunfo del proletariado, el cual le garantiza en el acto y por completo: a) la supresión de los arriendos o la exención de la entrega de una parte de la cosecha (por ejemplo los métayers [aparceros] en Francia, lo mismo en Italia, etc.) a los grandes propietarios agrarios; b) la supresión de las hipotecas; c) la supresión de las múltiples formas de opresión y dependencia de los grandes propietarios agrarios (disfrute de los bosques, etc.); d) la ayuda inmediata a sus haciendas por parte del poder estatal proletario (la posibilidad de emplear los aperos de labranza y parte de las instalaciones en las grandes haciendas capitalistas expropiadas por el proletariado; la trasformación inmediata por el poder estatal proletario de las cooperativas y asociaciones agrícolas —que ante todo servían bajo el capitalismo a los campesinos ricos y medios— en organizaciones destinadas a ayudar, en primer término, a los campesinos pobres, es decir, a los proletarios, semiproletarios y pequeños campesinos, etc.), y otras muchas ventajas.

A la par con esto, los partidos comunistas deben tener bien presente que en el período de transición del capitalismo al comunismo, o sea durante la dictadura del proletariado, en este sector son inevitables las vacilaciones, por lo menos en cierta medida, en favor de -una libertad de comercio ilimitada y del libre ejercicio de derechos de propiedad privada, pues este sector, siendo ya (si bien en pequeña parte) vendedor de artículos de consumo, está corrompido por la especulación y por los hábitos de propietario. Sin embargo, si el proletariado victorioso sigue una política firme, si ajusta resueltamente las cuentas a los grandes propietarios de la tierra y a los campesinos ricos, las vacilaciones de este sector no pueden ser considerables y no podrán cambiar el hecho de que, en general y en su conjunto, se encontrará al lado de la revolución proletaria.

3. Los tres grupos señalados, en su conjunto, constituyen en todos los países capitalistas la mayoría de la población rural. Por eso, está completamente asegurado el éxito de la revolución proletaria, no sólo en la ciudad, sino también en el campo. Está muy extendida la opinión contraria, pero ésta se mantiene únicamente, primero, porque la ciencia y la estadística burguesas emplean sistemáticamente el engaño, disimulando por todos los medios el profundo abismo que media entre las clases rurales indicadas y los explotadores, los terratenientes y capitalistas, así como entre los semiproletarios y los pequeños campesinos, por un lado, y los campesinos ricos, por otro; en segundo lugar, se mantiene debido a la incapacidad y a la falta de deseo de los héroes de la II Internacional amarilla y de la “aristocracia obrera” de los países avanzados, corrompida por las prebendas imperialistas, de desarrollar una verdadera labor proletaria revolucionaria de propaganda, agitación y organización entre los campesinos pobres; los oportunistas dirigían y dirigen toda su atención a la tarea de inventar formas de conciliación teórica y práctica con la burguesía, incluyendo al campesino rico y medio (de éstos hablaremos más adelante), y no a la del derrocamiento revolucionario del gobierno burgués y de la burguesía por el proletariado; en tercer lugar, se mantiene debido a la incomprensión obstinada, que ya tiene el arraigo de un prejuicio (vinculado a todos los prejuicios democrático-burgueses y parlamentarios), de esta verdad, perfectamente demostrada por el marxismo en el terreno teórico y completamente confirmada por la experiencia de la revolución proletaria en Rusia, a saber: que la población rural de las tres categorías arriba señaladas, embrutecida hasta el extremo, desperdigada, oprimida, condenada en todos los países, incluso en los más avanzados, a vegetar en condiciones de vida semibárbara, interesada desde el punto de vista económico, social y cultural en el triunfo del socialismo, es capaz de apoyar enérgicamente al proletariado revolucionario únicamente después de que éste conquiste el poder político, sólo después de que ajuste terminantemente las cuentas a los grandes terratenientes y a los capitalistas, sólo después de que estos hombres oprimidos vean en la práctica que tienen un jefe y un defensor organizado, lo bastante poderoso y firme para ayudar y dirigir, para señalar el camino acertado.

4. Por “campesinos medios”, en el sentido económico de la palabra, debe entenderse a los pequeños agricultores que poseen, ya sea a título de propiedad o en arriendo, también pequeñas parcelas de tierra, si bien tales que, en primer lugar, proporcionan bajo el capitalismo, por regla general, no sólo el rendimiento necesario para sostener pobremente a su familia y su hacienda, sino también la posibilidad de obtener cierto excedente, que puede, por lo menos en los años mejores, convertirse en capital; tales que, en segundo lugar, permiten recurrir, en muchos casos (por ejemplo: en una hacienda de cada dos o tres), al empleó de mano de obra asalariada. Un ejemplo concreto de campesinado medio en un país capitalista avanzado lo ofrece en Alemania, según el censo de 1907, el grupo de explotaciones con 5 a 10 hectáreas, una tercera parte de las cuales emplean obreros asalariados. 24 En Francia, país donde están más desarrollados los cultivos especiales, por ejemplo, la vitivinicultura, que requieren mayor empleo de mano de obra, el grupo correspondiente emplea, probablemente, en mayores proporciones aun el trabajo asalariado.

El proletariado revolucionario no puede acometer —por lo menos, en un porvenir inmediato y en los primeros tiempos del período de la dictadura del proletariado— la empresa de atraerse a esta capa. Tiene que limitarse a la tarea de neutralizarla, es decir, de hacer que sea neutral en la lucha entre el proletariado y la burguesía. Las vacilaciones de este sector entre las dos fuerzas son inevitables, y al comienzo de la nueva época su tendencia predominante, en los países capitalistas desarrollados, será favorable a la burguesía. Porque aquí prevalecen la mentalidad y el espíritu de propietarios; el interés por la especulación, por la “libertad” de comercio y de propiedad es inmediato; el antagonismo con los obreros asalariados es directo. El proletariado triunfante mejoraría inmediatamente la situación de este sector, suprimiendo los arriendos y las hipotecas. En la mayoría de los Estados capitalistas el poder proletario no debe en manera alguna suprimir inmediata y completamente la propiedad privada; en todo caso, no sólo garantiza a los campesinos, pequeños y medios, la conservación de sus parcelas de tierra, sino que las aumenta hasta las proporciones de la superficie que ellos arriendan comúnmente (supresión de los arrendamientos).

Las medidas de este género, junto con la lucha implacable contra la burguesía, garantizan por completo el éxito de la política de neutralización. El paso a la agricultura colectiva debe ser llevado a cabo por el poder estatal proletario únicamente con las mayores precauciones y de un modo gradual, sirviéndose del ejemplo, sin ejercer coacción alguna sobre los campesinos medios.

5. Los campesinos ricos (Grossbauern) son los patronos capitalistas en la agricultura, que explotan su hacienda, como norma, relacionados con el “campesinado” por su nivel cultural poco elevado, por su modo de vivir, por su trabajo personal manual en su hacienda. Los campesinos ricos constituyen el sector más numeroso entre las capas burguesas, enemigas directas y decididas del proletariado revolucionario. En su labor en el campo, los partidos comunistas deben prestar la atención principal a la lucha contra este sector, a liberar a la mayoría de la población rural trabajadora y explotada de la influencia ideológica y política de estos explotadores, etc. Después del triunfo del proletariado en la ciudad será completamente inevitable que surjan toda clase de manifestaciones de resistencia, de sabotaje y acciones armadas directas de carácter contrarrevolucionario por parte de este sector. Por esta razón el proletariado revolucionario debe iniciar inmediatamente la preparación ideológica y orgánica de las fuerzas necesarias para el desarme total de este sector, y, simultáneamente con el derrocamiento de los capitalistas en la industria, descargarle, en la primera manifestación de resistencia, el golpe más decisivo, implacable, aniquilador, armando para tal objeto al proletariado rural y organizando en el campo soviets, en los cuales no se debe permitir que figuren los explotadores y debe asegurarse el predominio de los proletarios y semiproletarios.

Sin embargo, la expropiación incluso de los campesinos ricos no debe ser en manera alguna la tarea inmediata del proletariado victorioso, pues no existen aún condiciones materiales, en particular técnicas, como tampoco sociales, para colectivizar estas haciendas. En ciertos casos, probablemente excepcionales, se les confiscarán los lotes que dan en arriendo o que son imprescindibles para los campesinos pobres de la vecindad; a éstos también habrá que garantizarles el usufructo gratuito, bajo determinadas condiciones, de una parte de la maquinaria agrícola de los campesinos ricos, etc. Pero, como regla general, el poder estatal proletario debe dejar sus tierras a campesinos ricos, confiscándolas sólo si oponen resistencia al poder de los trabajadores y explotados. La experiencia de la revolución proletaria de Rusia, donde la lucha contra los campesinos ricos se complicó y prolongó debido a una serie de condiciones especiales, demostró, a pesar de todo, que este sector, después de recibir una buena lección al menor intento de resistencia, es capaz de cumplir lealmente las tareas que le asigna el Estado proletario e incluso, si bien con extraordinaria lentitud, comienza a penetrarse de respeto hacia el poder que defiende a todo trabajador y que se muestra implacable frente a los ricos parasitarios. Las condiciones especiales que complicaron y frenaron la lucha del proletariado, triunfante sobre la burguesía contra los campesinos ricos de Rusia se reducen principalmente a que la revolución rusa, después de la insurrección del 25 de octubre (7 de noviembre) de 1917, pasó por una fase de lucha “democrático general”, es decir, en su base, democrático-burguesa, de todo el campesinado en su conjunto contra los terratenientes; luego, a la debilidad cultural y numérica del proletariado urbano; por último, a las enormes extensiones del país y al pésimo estado de sus vías de comunicación. Por cuanto en los países adelantados no existe este freno, el proletariado revolucionario de Europa y de Norteamérica debe preparar más enérgicamente y terminar con mayor rapidez, decisión y éxito, el triunfo completo sobre la resistencia de los campesinos ricos, arrebatarles la menor posibilidad de resistencia. Esta es una necesidad imperiosa, ya que antes de obtener este triunfo completo, definitivo, las masas de proletarios y semiproletarios rurales y de pequeños campesinos no estarán en condiciones de reconocer como completamente afianzado el poder estatal proletario.

6. El proletariado revolucionario debe proceder a la confiscación inmediata y absoluta de todas las tierras de los terratenientes y grandes latifundistas, es decir, de quienes en los países capitalistas explotan de un modo sistemático, ya directamente o por medio de sus arrendatarios, a los obreros asalariados y a los pequeños campesinos (a veces incluso a los campesinos medios) de los alrededores, sin tomar ellos parte alguna en el trabajo manual, y pertenecen en su mayor parte a familias descendientes de los señores feudales (nobleza en Rusia, Alemania, Hungría; señores restaurados en Francia; lores en Inglaterra; antiguos esclavistas en Norteamérica), o los magnates financieros particularmente enriquecidos, o bien a una mezcla de estas dos categorías de explotadores y parásitos. Los partidos comunistas no deben admitir en modo alguno la propaganda o la aplicación de una indemnización en favor de los grandes terratenientes por las tierras expropiadas, porque en las condiciones actuales de Europa y de Norteamérica esto significaría una traición al socialismo y una carga de nuevos tributos sobre las masas trabajadoras y explotadas, que son las que más sufrieron con una guerra que multiplicó el número de millonarios y aumentó sus riquezas.

En cuanto al modo de explotación de las tierras confiscadas por el proletariado triunfante a los grandes terratenientes, Rusia, debido a su atraso económico, ha llevado a cabo con preferencia el reparto de estas tierras entre los campesinos; sólo en casos relativamente raros, el Estado proletario mantuvo las llamadas “haciendas soviéticas”, dirigiéndolas por su cuenta y trasformando a los antiguos jornaleros en obreros del Estado y en miembros de los soviets que administran el Estado. En los países capitalistas avanzados, la Internacional Comunista reconoce justo el mantener preferentemente las grandes empresas agropecuarias y la explotación de las mismas según el tipo de los “haciendas soviéticas” de Rusia.

Sería, sin embargo, un gravísimo error exagerar o generalizar esta norma y no admitir nunca la entrega gratuita de una parte de la tierra de los expropiadores expropiados a los pequeños campesinos y a veces hasta a los campesinos medios de la región.

En primer lugar, la objeción habitual consistente en aducir que las grandes explotaciones agrícolas son técnicamente superiores, se reduce con frecuencia a sustituir una verdad teórica indiscutible por el oportunismo de la peor especie y por la traición a la revolución. Para asegurar el éxito de esta revolución, el proletariado no tiene derecho a detenerse ante la disminución momentánea de la producción, así como no se detuvieron los burgueses enemigos del esclavismo en Estados Unidos ante la reducción temporal de la producción de algodón a consecuencia de la guerra civil de 1863-1865. Para los burgueses la producción es un fin en sí, pero a los trabajadores y explotados les importa más que nada derrocar a los explotadores y asegurar las condiciones que les permitan trabajar para sí mismos y no para el capitalista. La tarea primordial y fundamental del proletariado consiste en garantizar y afianzar su triunfo. Y no puede haber afianzamiento del poder proletario sin neutralizar a los campesinos medios y sin asegurarse el apoyo de una parte bastante considerable de los pequeños campesinos, si no de su totalidad.

En segundo lugar, no sólo el aumento, sino aun el mantenimiento de la gran producción agrícola supone la existencia de un proletariado rural completamente desarrollado, con conciencia revolucionaria, que haya pasado por una buena escuela de organización profesional y política. Donde falta esta condición o donde no existe la posibilidad de confiar con provecho esta misión a obreros industriales conscientes y competentes, las tentativas de un paso prematuro a la dirección de las grandes explotaciones por el Estado no pueden sino comprometer el poder proletario, y se requiere sumo cuidado y la más sólida preparación en la creación de “haciendas soviéticas”.

En tercer lugar, en todos los países capitalistas, aun en los más avanzados, subsisten todavía restos de explotación medieval, semifeudal, de los pequeños campesinos por los grandes terratenientes, como, por ejemplo, los Instleute en Alemania, los métayers en Francia, los aparceros arrendatarios en Estados Unidos (no sólo los negros, los cuales son explotados en la mayoría de los casos en los Estados del Sur precisamente de este modo, sino a veces hasta los blancos). En casos como estos, el Estado proletario tiene el deber de entregar las tierras en usufructo gratuito a los pequeños campesinos que las arrendaban, porque no existe otra base económica y técnica, ni hay posibilidad de crearla de golpe.

El material de las grandes explotaciones debe ser obligatoriamente confiscado y convertido en patrimonio del Estado, con la condición expresa de que, después de que las grandes haciendas del Estado hayan sido provistas del material necesario, los pequeños campesinos de los alrededores podrán utilizarlos en forma gratuita y en las condiciones que fije el Estado proletario.

Si en los primeros momentos, después de llevarse a cabo la revolución proletaria, resulta imperioso, no sólo expropiar sin dilación a los grandes terratenientes, sino aun desterrarlos o internarlos, como dirigentes de la contrarrevolución y como opresores despiadados de toda la población rural, a medida que se afiance el poder proletario, no sólo en la ciudad, sino también en el campo, es preciso realizar de modo sistemático todos los esfuerzos para que las fuerzas con que cuenta esta clase, poseedoras de una gran experiencia, de conocimientos y de capacidad de organización, sean aprovechadas (bajo un control especial de obreros comunistas segurísimos) en la creación de la gran agricultura socialista.

7. La victoria del socialismo sobre el capitalismo y el afianzamiento del primero no podrán ser considerados como seguros sino cuando el poder estatal proletario, una vez aplastada definitivamente toda resistencia de los explotadores, garantizada la absoluta estabilidad y la subordinación completa a su régimen, reorganice toda la industria sobre la base de la gran producción colectiva y de la técnica más moderna (basada en la electrificación de toda la economía). Esto es lo único que permitirá a la ciudad prestar a la aldea atrasada y dispersa una ayuda técnica y social decisiva, con miras a crear la base material para elevar en vasta escala la productividad del cultivo de la tierra y de la actividad agrícola en general, estimulando así con el ejemplo a los pequeños labradores a pasar, en su propio beneficio, a la gran agricultura colectiva y mecanizada. Esta verdad teórica incontestable, que todos los socialistas reconocen nominalmente, en la práctica es deformada por el oportunismo, que predomina tanto en la II Internacional amarilla como entre los líderes de los “independientes” alemanes e ingleses, lo mismo que entre los longuetistas franceses, etc. Su procedimiento consiste en fijar la atención en un futuro hermoso, de color de rosa, relativamente lejano, y en apartarla de las tareas inmediatas que son impuestas por el paso y el acercamiento concreto y difícil a ese futuro. En la práctica, esto se reduce a preconizar la conciliación con la burguesía y la “paz social”, es decir, a la traición completa al proletariado, el cual lucha hoy entre las ruinas y miserias sin
precedentes, creadas en todas partes por la guerra, en tanto que un puñado de millonarios de una arrogancia ilimitada se ha enriquecido como nunca gracias a la guerra.

Justamente en el campo, la posibilidad efectiva de una lucha victoriosa por el socialismo reclama: primero, que todos los partidos comunistas eduquen en el proletariado industrial la conciencia de que son indispensables sacrificios en aras del derrocamiento de la burguesía y de la consolidación del poder proletario, pues la dictadura del proletariado significa tanto la capacidad de éste para organizar y conducir a todas las masas trabajadoras y explotadas, como la capacidad de la vanguardia de hacer los mayores sacrificios y demostrar el mayor heroísmo para conseguir este objetivo; en segundo lugar, para lograr el éxito, se requiere que la masa trabajadora y más explotada del campo obtenga del triunfo de los obreros, inmediatas y sensibles mejoras en su situación a expensas de los explotadores, pues sin ello el proletariado industrial no tiene asegurado el apoyo del campo y, de modo particular, no podrá asegurar el abastecimiento de las ciudades.

8. La enorme dificultad de organizar y educar para la lucha revolucionaria a las masas trabajadores del campo, colocadas por el capitalismo en condiciones de particular postración, de dispersión y, a menudo, de dependencia semimedieval, impone a los partidos comunistas el deber de prestar una atención especial a la lucha huelguística en el campo, al apoyo intenso y al desarrollo múltiple de las huelgas de masas entre los proletarios y semiproletarios agrícolas. La experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917, confirmada y ampliada ahora por la experiencia de Alemania de otros países avanzados, demuestra que sólo el desarrollo de la lucha huelguística de masas (a la cual, en ciertas condiciones, pueden y deben ser incorporados también los pequeños campesinos) es capaz de sacar al campo de su letargo, despertar entre las masas explotadas del agro la conciencia de clase, así como la conciencia de la necesidad de organizarse como clase, y demostrarles, en la práctica y de un modo evidente, la importancia de su alianza con los obreros de la ciudad.

El Congreso de la Internacional Comunista estigmatiza como traidores y felones a los socialistas —con los que cuenta, desgraciadamente, no sólo la II Internacional amarilla, sino también los tres partidos más importantes de Europa que se han retirado de ella —que no sólo son capaces de mostrarse indiferentes ante la lucha de la misma (como lo ha hecho K. Kautsky), alegando que entraña el peligro de una disminución de la producción de artículos de consumo. Todo programa y toda declaración solemne carecen de valor si en la práctica, en los hechos, no se demuestra que los comunistas y los dirigentes obreros saben colocar por encima de todas las cosas el desarrollo y el triunfo de la revolución proletaria y saben hacer en su nombre los más grandes sacrificios, porque de lo contrario no hay salida ni salvación del hambre, de la ruina económica y de nuevas guerras imperialistas.

En particular, es preciso señalar que los dirigentes del viejo socialismo y los representantes de la “aristocracia obrera”, que en el presente hacen a menudo concesiones verbales al comunismo e incluso se pasan nominalmente a su lado, con tal de conservar su prestigio entre las masas obreras que se hacen cada vez más revolucionarias, deben probar su lealtad a la causa del proletariado y su capacidad de ocupar cargos de responsabilidad, precisamente en las ramas del trabajo en que el desarrollo de la conciencia y de la lucha revolucionarias es más acentuado; en que la resistencia de los terratenientes y de la burguesía (campesinos ricos, kulaks) es más encarnizada; en que la diferencia entre el socialista conciliador y el comunista revolucionario se manifiesta con mayor evidencia.

9. Los partidos comunistas deben empeñar todos los esfuerzos para empezar lo más pronto posible a crear en el campo soviets de diputados, en primer término, de los obreros asalariados y de los semiproletarios. Únicamente a condición de estar vinculados a la lucha huelguística de masas y a la clase más oprimida, los soviets serán capaces de cumplir su cometido y de afianzarse lo bastante para someter a su influencia (y luego incorporar a su seno) a los pequeños campesinos. Pero si la lucha huelguística no está desarrollada aún y es débil la capacidad de organización del proletariado rural, debido al peso de la opresión de los terratenientes y campesinos ricos y a la falta de apoyo por parte de los obreros industriales y de sus sindicatos, la creación de soviets de diputados en el campo reclama una prolongada preparación: habrá que crear células comunistas, aunque sean pequeñas, desarrollar una intensa agitación exponiendo las reivindicaciones del comunismo del modo más popular posible y explicándolas con el ejemplo de las manifestaciones más notables de explotación y de opresión, organizar visitas sistemáticas de los obreros industriales al campo, etc.

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