jueves, 18 de noviembre de 2010

M.T.R: Apuntes para una Historia Piquetera

Roberto Martino

EL AROMO - Periódico Cultural Piquetero Nº 57 (noviembre-diciembre) de 2010

www.razonyrevolucion.org


La nota siguiente fue enviada por el Compañero Martino desde el penal de Marcos Paz, donde cumple prisión preventiva por su condición de genuino luchador revolucionario. Además de su valor como parte de una historia por hacer del movimiento piquetero y del Argentinazo, su publicación es una forma más de sumarnos a la exigencia de su libertad inmediata, junto con los de todos aquellos en igual condición.

Los inicios

El Movimiento Teresa Rodríguez, surge -como tal- a fines de Abril de 1997, pero tiene sus raíces muchos años antes. Así, podemos fijar 1982 como fecha de inicio, cuando comenzamos las reuniones para reconstruir el P.R.T (Partido Revolucionario de los Trabajadores) cuyo proyecto y práctica reconocíamos -y lo hacemos también hoy- como el grado más alto alcanzado por el proletariado argentino, en los últimos 70 años, en su lucha por construir su organización política propia.

Desde entonces hasta el ´95, la labor de construcción tuvo avances y retrocesos, continuidades y rupturas, que llevan a un desgranamiento de la organización primaria que no sería parte de este artículo relatar.

De una de esas divisiones comienza, en el ‘94-‘95 un nuevo proceso, centrado en la lectura y reflexión de algunos clásicos del marxismo, como en realizar un balance de nuestra trayectoria política hasta allí. Así es que en los primeros meses del ‘96 un pequeño grupo de militantes llegamos a la conclusión de que la construcción del partido revolucionario de la clase trabajadora pasaba por agrupar, principalmente, a los trabajadores desocupados.

Hasta fines del ‘95 nuestra preocupación había sido desarrollarnos en la clase obrera industrial, para lo que realizábamos volanteadas en las puertas de algunas fábricas, además de trabajar. Fruto de ello recogíamos una pequeña adhesión. Es que el temor al despido y la falta de organización en que "respaldarse" paralizaba a las masas.

A su vez, las calles se llenaban de militantes expulsados de la producción. La burguesía lograba mantener un férreo control y los despidos de los activistas aumentaban la sensación de imposibilidad de lucha.

Por ello éramos críticos de la política implementada por los partidos de izquierda, que apenas reunían tres militantes en una fábrica los hacían chocar con la burocracia, abiertamente, con el saldo ya conocido. Es así que llegamos a la conclusión que, con una desocupación estructural de muchos años por delante, no sería el proletariado fabril la vanguardia de la lucha obrera, sino que ella quedaba en manos de sus hermanos de clase desempleados.

Considerábamos también que para que la clase obrera industrial se pusiera en pie (políticamente hablando) era necesario que entrara en acción -en la sociedad- una organización, un movimiento, que además de simpatía le despertara confianza, de forma que el cambio necesario lo entendiera también como posible.

Para esa época ('95-‘96) además del debate de texto, habíamos desarrollado una agrupación, que primero se llamo CPP (Centro de Participación Popular) y luego CETS (Centro de Estudios y Trabajo Social), base de lo que será el M.T.R. Es en el seno del CETS donde se da el debate de "asentarnos" en los desocupados como forma de poner en pie un movimiento político-social de masas de alcance nacional y desarrollar el partido revolucionario.

Así es que participamos en septiembre del ‘96 de la primera marcha de desocupados del Conurbano a Plaza de Mayo. Dicho movimiento estaba hegemonizado por el "Toti" Flores (hoy diputado por la Coalición Cívica y, para algunos empresarios sojeros, el mejor candidato anti-K) y el "Beto" Ibarra (hoy kirchnerista). En diciembre del mismo año, la monja Pelloni y la CTA convocan a una marcha en Florencio Varela de la cual también somos parte.

Como lo habíamos previsto, alrededor del movimiento de desocupados comienzan a nuclearse militantes no orgánicos, pero con todas las taras de sus organizaciones de origen. Así aparecen dos cuestiones que debíamos superar: una, la de activistas de cuño trotskista -fundamentalmente- que consideraban que politizar a las masas (objetivo que compartíamos) consistía en hablar más de Bosnia que de lo que pasaba en Argentina. Y sobre todo, en no comprender que el primer paso para generar un movimiento de masas, es ganar la confianza y el afecto de las mismas. Sin ese primer paso ni nos escuchan. La otra cuestión era el planteamiento de ciertos partidos (fundamentalmente el PO) que nos acusaba de duhaldistas, de bolsoneros, de estar al servicio de la baja de los salarios, etc. Esta visión pronto se puso a prueba. Fue en Berazategui, para el mes de marzo del ‘97; allí ex militantes del PC y algunos activistas del PO organizan una marcha a la intendencia y nos invitan a que los acompañemos. Fuimos con una delegación. Llegamos a la Intendencia con una manifestación, pero ésta se encontraba copada por matones y barrabrabas al servicio del PJ. Como la movilización era importante y se mantenía firme pese a la presencia de los matones, el municipio recibe una delegación. Por supuesto, el pliego contenía demandas de carácter local, otra del ámbito nacional y las propias de una revolución política que, cosa rara, como partido no son llevadas a la acción.

La cuestión es que el municipio sólo ofrece entregar una cantidad de bolsones alimentos. Baja la comisión e informa que nada se consiguió, que el municipio ofrecía migajas (lo que era cierto desde el punto vista del pliego y no cierto desde la situación de miseria y abandono de la población), por lo que se rechazaba e instaba a volver a los barrios a reforzar la organización para arrancarles todo. Fue la primera y última movilización de desocupados -por muchos años- en Berazategui. De hecho, allí sólo se desarrollo el movimiento después de diciembre de 2001. Nosotros también nos encontramos con situaciones como ésa, pero jamás rechazamos nada.

Nuestra línea era: hoy te arranco esto y mañana vuelvo por más, pues entendíamos que después de tantos golpes (había compañeros que al quedar desocupados no querían salir de sus casas por vergüenza), nuestra clase necesitaba volver a confiar en su fuerza. Y por ello el logro más pequeño era un capital inmenso. Y nuestra gente lo vivía así. No importaba tanto cuanto arrancábamos, sino el hecho de recuperar aunque sea parte de lo que nos habían quitado. Y entre ello central: LA DIGNIDAD. Hay que vivir situaciones como estas para comprenderlo; ya dijo alguien que la conciencia es el reflejo de las condiciones materiales. Y si mis condiciones son las de la clase media, o pequeña burguesía, muy difícilmente pueda "entender" al grueso de nuestra clase.

Así fue que comenzamos a masificarnos. Recorríamos barrio por barrio, durante todo el día. Arrancábamos a las 8, 9 de la mañana y terminábamos a las 22, 23 hs., agotados, pues todo era a pulmón, ya sea en bicicleta o a pie. Realizábamos asambleas en plazas, canchas de fútbol, escuelas. Así es como entramos en relación con las manzaneras y algunos peronistas de base, que realizaban merenderos solidarios pero bajo el comando del PJ. Pronto esa gente entro en contradicción con su dirección, pues reclamaban soluciones -ante la desocupación y el hambre- que no llegaban nunca. Contradictoriamente, observaban que nosotros - con la lucha- obteníamos paliativos, con lo que la opción no era muy difícil de tomar. Ello explica el crecimiento explosivo del movimiento piquetero, por un lado, y el derrumbe del PJ por el otro.

Cuando surgimos nuestra consigna era: "Trabajo y Dignidad, ni un paso atrás". A fines de abril del ‘97, días después del asesinato de Teresa Rodríguez, decidimos además de ponerle su nombre al Movimiento, modificar la consigna por: "Trabajo, Dignidad y Cambio Social". En Mayo, arrancamos los primeros 80 planes, a partir de los cuales comenzamos a masificarnos. Continuamos recorriendo barrios y promoviendo movilizaciones. En agosto protagonizamos el primer corte de ruta bajo una lluvia torrencial. Pero la voluntad y la decisión triunfaron; así obtuvimos 250 planes más. La noticia corría de boca en boca y nuestras asambleas eran cada vez más numerosas. Allí pasamos a desarrollar asambleas semanales por barrio, con su propia organización y delegados.

Para octubre nuestras marchas en Florencio Varela nucleaban a unos dos mil manifestantes. Ese crecimiento y la falta de cumplimiento por parte del municipio a un Acta/Acuerdo que contemplaba la incorporación de 1.000 compañeras/os más a los planes sociales, nos llevó a un nuevo corte de ruta. Después de una semana de corte levantamos el mismo al incorporarse ese cupo; pero los dirigentes y principales activistas fuimos dados de baja, con lo que el Movimiento sufrió el primer golpe. Así fue que el 22 de diciembre iniciamos un nuevo corte de ruta que duró hasta el 4 de Enero a la madrugada que fuimos violentamente reprimidos por Infantería, Montada, dos tanquetas, guardias con perros y un helicóptero. Resistimos durante un tiempo, pero la violencia y la sorpresa (eran las 5 de la mañana) fueron superiores. 112 detenidos, varios heridos y muchísimos apaleados fue el saldo. A la media mañana la solidaridad del pueblo, con Hebe a la cabeza, se hacia sentir. A la semana estábamos en libertad, pero no sólo continuábamos de baja sino que una parte importante del Movimiento se alejó por temor a los rumores y amenazas del municipio a través de sus punteros. También contribuyo el hecho que algunos delegados se pasaran al lado del PJ. Este fue uno de los momentos más duros porque -además- no teníamos, literalmente, de qué vivir.

En el periodo que va de enero a mayo todos habíamos perdido varios kilos, pues lo único que compartíamos era polenta hervida y mate. Aún así, esa olla comunitaria nos permitió mantener unido al núcleo del activismo. Para mediados de mayo comenzamos a remontar la cuesta, al dedicarnos al reparto de pan en forma de cooperativa. Además, nos posibilitaba un vínculo cotidiano con los barrios.

Definiciones políticas

La primera fractura que sufrimos fue en noviembre de 1998. Un sector encabezado por Daffunchio (Luca); Sayago (Hueso) y Noccelli (Gabi) nos acusan ¡de querer politizar el movimiento! El fondo de la cuestión era que nosotros impulsábamos la formación política y poníamos como ejemplos de ello lo del MST brasilero. Para Sayago, Daffunchio, Noccelli, en cambio, la cuestión era desarrollar un movimiento "apolítico" que les permitiera realizar acuerdos con el municipio y PJ. Hoy Daffunchio es ejecutivo del Movimiento Evita, además de depender del intendente Pereyra y de defender a la burocracia sindical ante el asesinato de Mariano Ferreyra; Sayago es miembro del PO y Noccelli se ha convertido al autonomismo. Esta fractura nos obligo a comenzar casi de cero.

Por otra parte, a mediados de 2000, producto de un acercamiento con Daniel De Santis, los activistas nos incorporamos al PT (Partido de los Trabajadores), consecuentes con nuestra visión de la necesidad de desarrollar una organización política de nuestra clase y empujados por la recuperación de un tronco común (el PRT). Dicha experiencia se agoto el 25 de Mayo de 2001. Es que en febrero-marzo habían aparecido divergencias importantes que, además, ninguna de las partes supo -pudo- resolverlas maduramente. En esos meses aparece un articulo de Daniel en la prensa partidaria que, no solo postulada la necesidad de participar en las elecciones legislativas de octubre de ese año, sino que iba mas allá al sostener que no existía otro camino -en la Argentina del 2001- para desarrollar el partido revolucionario que construirlo alrededor de la participación electoral.

Esas eran, básicamente, las definiciones de un sector del PT. Otros -entre los que nos encontrábamos nosotros y el camarada Batallés- preveíamos la posibilidad de un estallido en no mucho tiempo y caracterizábamos: a) que las masas no sólo no mostraban expectativas en la próxima contienda legislativa, sino mas bien la repudiaban; b) que la principal forma de acumulación política pasaba por alentar la acción directa, tanto la confrontación en las calles como con el gobierno. Para De Santis no existía tal situación ni posibilidad de estallido. Así fue que tanto Batallés como nosotros abandonamos el PT, aunque con algunas diferencias entre nosotros, de allí los caminos paralelos.

A su vez, desde el MTR convocamos (para abril, más o menos) a un conjunto de grupos como la CTD de La Plata; MTD Lanús; y los MTD que se habían separado de nosotros pero aún conservaban el nombre, a desarrollar una coordinación capaz de influir políticamente en el conjunto del movimiento piquetero. Contábamos, además, con una estrecha relación con Emerenciano Sena (MTD, Chaco) y "Pepino" Fernández (UTD, Mosconi-Salta). La primera reunión se realiza en Avellaneda, en la Escuela de Música Popular. De esa y otras reuniones saldrá la Coordinadora Sur. Salvo la UTD, el MTD Chaco y nosotros, el resto de la coordinadora será lo que constituirá luego la "Aníbal Verón".

En julio se realiza el I Congreso Piquetero en La Matanza y en representación de todo este arco habla Sena, un dirigente de base, con poco conocimiento político pero muy intuitivo y combatido, dueño de un discurso inflamado, a punto tal que la política de conciliación de la CCC/FTV con Moyano -en dicho Congreso- queda herida por su crítica a la burocracia sindical. A la semana de dicho Congreso nos reunimos los distintos referentes para debatir la implementación del plan de lucha votado, que contemplaba cortes por 24, 48 y 72 horas en todo el país. Una diferencia importante radicaba en que, tanto la Coordinadora como la UTD Mosconi y el MTD Chaco, éramos partidarios de cortes totales, mientras que el eje CCC/FTV sostenía una política basada en hechos "testimoniales", dejando carriles abiertos. En dicha reunión se ratificó cortes totales y el cumplimiento de las horas establecidas para los cortes.

Un suceso aleatorio ocurre en los días previos a la primera medida de fuerza: una cantidad importante de compañeras/os (del MTR) son dados de baja de los planes provinciales. Realizamos gestiones, obtuvimos promesas, pero todo sigue igual, por lo que el día del primer corte los compañeros/as -en asamblea- exigen medidas más radicales, como ocupar el Banco Provincia, sucursal Cruce Varela, hecho que realizamos. Esto genera una polarización en el movimiento piquetero. El eje matancero (en especial D'elia) sale por los medios a cuestionar nuestra medida, por no haber sido "acordada" en el plan de lucha, y a calificarnos como infiltrados. También desnuda la verdadera política al interior de la Coordinadora Sur, ya que sólo el MTD Solano apoya nuestra medida. Daffunchio y Noccelli, para no "comprometerse" se retiran a 300 metros del Cruce Varela. Pero mayor es la división al momento de cumplir con el tiempo de corte, pues a las 18:00 D'elia y Alderete anuncian el levantamiento de la medida "en virtud de la categórica demostración popular", palabras más, palabras menos; pero ¡sorpresa!, lo mismo hacen los "duros" de la Coordinadora con Daffunchio a la cabeza. Aún así nosotros decidimos cumplir con el corte de 24 hs., nos quedamos y alrededor de las 16:00 desalojamos el Banco.

Al otro día, de allí mismo iniciamos una nueva marcha a La Plata, donde forzamos que nos recibieran funcionarios del Ministerio de Trabajo, los que se comprometen a solucionar el problema, para lo cual recibirían a una comisión al otro día. Grande es nuestra sorpresa cuando sale e informa a la Asamblea que no hay solución. De allí sale la propuesta de marchar nuevamente y ocupar el Ministerio. A las 04:00 comienzan a salir los primeros grupos que asegurarían la ocupación. A las 09:00 el Ministerio está ocupado y fura del edificio hay centenares de compañeras/os rodeándolo. Fruto de la medida, Aníbal Fernández (hoy Jefe de Gabinete) se compromete a encontrar una solución, por lo que abandonamos el edificio. Pero mientras estamos desconcentrando se desata una feroz represión. Hay mujeres y niños lastimados, hombres golpeados. El centro de La Plata parece una ciudad ocupada, se persiguen piqueteros hasta 10 Km. del lugar. El saldo es más de 70 detenidos, de los cuales los menores y muy pocos mayores recuperan inmediatamente la libertad. Quedamos, entre hombres y mujeres, 59 detenidos.

A la represión le sucede una campaña de amedrentamiento y difamación por parte de la Intendencia y el PJ, además de una militarización de Florencio Varela cada vez que el Movimiento organiza una marcha por la libertad de los detenidos. Esto produce, otra vez, una baja sensible en nuestras filas. Sin embargo, la militancia y un sector de masas se mantendrán firmes. Paradójicamente esa dura represión, como la ocupación antes del Banco, es lo que nos va a catapultar en la consideración de decenas de activistas, de pequeños grupos locales que comenzarán a buscar contacto con nosotros. Recuperamos la libertad el 29 de Agosto y para el 4 de Septiembre estaba convocado el II Congreso Piquetero en La Matanza.

El Segundo Congreso de La Matanza

Apenas recuperamos la libertad, nos abocamos de lleno a preparar nuestra intervención en el Congreso. Para ello teníamos acuerdos con la UTD Mosconi y el MTD Chaco y una serie de grupos del interior del Gran Bs.As., excepto el recientemente construido Aníbal Verón que había tomado otro camino y ni siquiera participa del Congreso. En total éramos 25 delegados los que fuimos al Congreso. El lugar estaba repleto, calculo 2.500 a 3.000 delegados, la inmensa mayoría (el 75%) de la CCC/FTV y CTA. La gente de la CCC y FTV no nos querían dejar entrar -fundamentalmente la FTV- bajo el argumento de que ¡íbamos a romper el Congreso! Después de varios forcejeos, de la presión de otros grupos que estaban dentro y -centralmente- del costo político que implicaba no permitirnos ser de la partida cuando acabábamos de recuperar la libertad, terminaron inclinando la balanza. Se suceden los oradores, casi todos de la CCC, FTV y la CTA. Al mediodía habla D'elia. Por parte de nuestro bloque estaba mandatado para intervenir el compañero Valencia, de la UTD Mosconi, y yo, que hablo casi a continuación de D'elia.

Subir al escenario fue toda una batalla, donde se suceden desde empujones, hasta amenazas, como las de Alicia Castro (hoy embajadora en Venezuela), por ejemplo. Mi intervención -en polémica abierta con FTV y CCC en cuanto a qué había que hacer- polariza el Congreso. Ardura y D'elia - confiados en el 75%- deciden someter a votación las dos mociones; pero tremenda es la sorpresa cuando advierten que el 55% de las manos (vistas desde el escenario) apoyan nuestra propuesta. Aunque hubiese sido un 50 y 50 ya esto era un golpe tremendo a la política de conciliación de clases que expresaba el eje matancero y, además, en su propia casa. "Chiquito" Ardura, advirtiendo una derrota catastrófica, propone un cuarto intermedio para consensuar un documento en común, lo que implicaba modificar el proyecto original. Aceptamos el cuarto intermedio, pues la opinión de las bases había sido tajante, y sí o sí iba a reflejarse en el documento final.

Además, a ninguno convenía una fractura de dicha asamblea. Terminado el cuarto intermedio, se me invita a subir al escenario como forma de expresar el consenso alcanzado. Terminada la lectura, tomo la palabra para alentar la combatividad y unidad puesta de manifiesto por los delegados y anuncio que nos retiramos en ese momento. La CCC nos solicita quedarnos hasta el final, pero no aceptamos. Sabíamos que hacía una 5 horas que Julio Piumato se encontraba en un coche en los alrededores, esperando el momento para entrar y cerrar la Asamblea. Moyano no había ido por temor a una nueva silbatina. Nuestra retirada tenía que ver con que intuíamos - por la combatividad de los delegados en el debate- que Piumato sería silbado y no queríamos ser el pato de esa boda.

El Bloque Piquetero Nacional

El documento aprobado en La Matanza, además de una plataforma de medidas económicas y políticas de cara a la crisis, realizaba una llamada a la III Asamblea para antes de fin de año, pues preveía (todos) que una rebelión popular estaba en curso. Es por ello que a la semana viajamos hasta el Barrio María Elena a conversar sobre dicha convocatoria, pero era claro que la CCC/FTV no quería más asambleas.

Desde el MTR, convocamos a una serie de reuniones en Florencio Varela, de la que participan grupos más afines, como la UTD Mosconi, el MTD Chaco, UTL de Guernica, Casa del Pueblo de Capital Federal, y otros que posteriormente darán lugar en lo que es hoy la CUBa y la FTC. Nuestra propuesta fue -ante la crisis en ciernes- gestar un bloque de carácter clasista capaz de disputar la dirección del movimiento al eje matancero. Éramos conscientes de la necesidad de una herramienta de alcance nacional que fuera más allá de la mera coordinación y capaz, al mismo tiempo, de gestar unidad con el sector ocupado.

Por eso propusimos -cosa que fue aceptada pero con grandes reservas- invitar al PO (Partido Obrero) a ser parte de dicho Bloque. Se me designa para dicha tarea, por lo que comunico con Christian Rath y concertamos una reunión en un bar en Constitución, el "Tren Mixto". Allí concurren Rath y Pitrola por el PO. Les expongo el motivo de la reunión y visión sobre situación y tareas por delante, como la importancia de que fueran parte de este proyecto. En la charla hay coincidencias importantes pero piden unos días para contestar, lo que va a ser afirmativo.

Así es que el BPN (Bloque Piquetero Nacional) hacía su aparición pública el 5 de Diciembre de 2001 con una concentración frente al Ministerio de Trabajo de Nación y posterior movilización a Plaza de Mayo. La consigna que encabezo la columna decía: ¡Fuera Cavallo! Sabíamos que sumar al PO -dueños de una estructura de cuadros a nivel nacional- significaba una relación absolutamente asimétrica con una fuerza que -además- no caracterizamos como revolucionaria. Pero, al mismo tiempo, no desconocíamos la importancia de un instrumento como el que estábamos construyendo para nuestra clase. Además, siempre nos animó el refrán popular que dice que es preferible ser cola de león que cabeza de ratón.

En el 2002 el BPN se convirtió en el catalizador de las luchas y el referente del movimiento piquetero. A fines de enero se sumaba el MTL. Los límites de una política basada en una conciliación de clases, hicieron eclosión y oscurecieron el papel del eje matancero, y los sucesos del Puente Pueyrredón terminaron por desplazar al punto de regencia. Ya no sería la Ruta 3 -ni el Oeste- la brújula del movimiento de lucha, sino Puente Pueyrredón y la zona sur del conurbano. Y ello sólo fue posible por el rol del BPN y la ANT, capaz de arrastrar -por política y peso en las calles- al autonomismo de la Aníbal Verón, el populismo de Barrios de Pie y el oportunismo del MIJD de Castells.

Un balance mínimo de esa coyuntura excepcional, donde florecieron también las Asambleas Populares, nos indica que nos faltó claridad política, como también, que una crisis así debe llegar con herramientas previamente construidas, con una cantera de cuadros capaces de no dejarse arrastrar por la mera lucha económica. La profusión de planes y mercadería -siempre menor a las necesidades- nos metió en un callejón que no supimos abordar adecuadamente. A punto tal que nos "olvidamos" de imponer -por lo menos- una ley que universalizara el derecho a la asistencia social, acabando así con la política clientelar del Estado. Condiciones para lograrlo había de sobra.
Esta pérdida de rumbo -por el crecimiento masivo, entre otras cosas- nos imposibilitó pensar política a fondo, de muñirnos de propuestas transicionales capaces de permitirnos abordar la nueva etapa en mejores condiciones. Pero si nosotros mostramos nuestros límites, ni que decir de los partidos que hace 35 años que conservan la misma estructura y la misma dirección.

Último acto de un ciclo

Intentando encontrar una salida a lo descripto, el MTR debatió el tema para el mes de septiembre/octubre de 2002. La mayoría sostenía que el pico de la crisis había pasado y que lo más probable es que se resolviera en los marcos institucionales del sistema. Posiblemente fuera también ésta la evaluación del Gobierno de Duhalde -y de las clases dominantes- para intentar cerrar la hendija abierta por la rebelión, con una represión.

La reacción popular mostró que aunque no había fuerza para una salida extra-institucional, tampoco la había para una represión social. Así quedó cerrada la suerte reeleccionista de Duhalde y fuertemente condicionado el próximo gobierno burgués. En esa circunstancia nuestra propuesta fue unir las tres expresiones de lucha que se destacaban en los últimos años, ganando un lugar en la conciencia popular: el Movimiento de DDHH referenciado en Madres de Plaza de Mayo, el Piquetero encarnado en "Pepino" Fernández, y el Movimiento de Asambleas Populares referenciado por Luis Zamora. No nos alentaba ninguna carrera electoral, sino el convencimiento de que bajo el "paraguas" de la participación electoral se podía unir y poner en pie un Movimiento Político de alcance nacional y capaz de ofrecer una salida por fuera de los marcos del sistema, como un lugar de debate y pertenencia a todo el pueblo trabajador.

Ni que decir el rol de la fragmentación en ciernes. "Pepino", Sena y Barrios de Pie, acordaban y acompañaron esta propuesta, pero la defección de Luis Zamora lo volvió inviable, o al menos así lo pensamos. A continuación, el sector de nuestro MTR que no acordaba con la necesidad de la batalla electoral, se alejo. Y lo que siguió es parte de otra historia.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Crisis orgánica y revolución pasiva en el capitalismo periférico

http://amauta.lahaine.org/articulo.php?p=1670&more=1&c=1

Néstor Kohan :: 28.10.06

Desde Marx y Engels hasta Lenin, Trotsky y Mao, desde Mariátegui, Mella, Recabarren y Ponce hasta el Che Guevara y Fidel, gran parte de las reflexiones de los marxistas sobre la lucha de clases han girado en torno a la necesidad de asumir la iniciativa política por parte de los trabajadores y el pueblo. Pero ¿qué sucede cuando la iniciativa la toman nuestros enemigos? ¿Qué hacer cuando los segmentos más lúcidos de la burguesía intentan resolver la crisis orgánica de hegemonía, legitimidad política y gobernabilidad apelando a discursos y simbología “progresistas”, poniéndose a la cabeza de los cambios para desarmar, dividir, neutralizar y finalmente cooptar o demonizar a los sectores populares más intransigentes y radicales?

Para pensar esos momentos difíciles, tan llenos de matices, Gramsci elaboró una categoría: la “revolución pasiva”. La tomó prestada de historiadores italianos, pero le otorgó otro significado.

La revolución pasiva es para Gramsci una “revolución-restauración”, o sea una transformación desde arriba por la cual los poderosos modifican lentamente las relaciones de fuerza para neutralizar a sus enemigos de abajo.

Mediante la revolución pasiva los segmentos políticamente más lúcidos de la clase dominante y dirigente intentan meterse “en el bolsillo” (la expresión es de Gramsci) a sus adversarios y opositores políticos incorporando parte de sus reclamos, pero despojados de toda radicalidad y todo peligro revolucionario. Las demandas populares se resignifican y terminan trituradas en la maquinaria de la dominación.

¿Cómo enfrentar esa iniciativa? ¿De qué manera podemos descentrar esa estrategia burguesa?

Resulta relativamente fácil identificar a nuestros enemigos cuando ellos adoptan un programa político de choque o represión a cara descubierta. Pero el asunto se complica notablemente cuando los sectores de poder intentan neutralizar al campo popular apelando discursivamente a una simbología “progresista”. En esos momentos, navegar en el tormentoso océano de la lucha de clases se vuelve más complejo y delicado...

Dentro de ese conglomerado de olas y mareas políticas que se entrecruzan, no todo aparece tan nítidamente diferenciado ni delimitado como pudiera suponerse. En la actual coyuntura política latinoamericana verificamos, por ejemplo, una notable diferencia entre Cuba, Venezuela y posiblemente Bolivia (en este caso particular no tanto por las moderadas posiciones políticas de su presidente sino más que todo por los poderosos movimientos sociales que tiene por detrás), por un lado; con Chile, Argentina y Uruguay, por el otro.

Si Cuba y Venezuela encabezan la rebeldía contra el imperio, el segundo bloque de naciones —ubicado en el cono sur de nuestra América— expresa más bien cierto aggiornamiento del modelo neoliberal. En este sentido, aunque cada sociedad particular tiene sus propios desafíos, existen problemáticas generales que bien valdría la pena repensar, eludiendo los cantos de sirena embriagadores —por ahora hegemónicos— que hoy pretenden reactualizar las viejas ilusiones reformistas que padecimos hace tres décadas atrás y que tanta sangre, tragedia y dolor nos costaron. En el caso de Argentina, Chile y Uruguay ya no se trata hoy en día del añejo y deshilachado “tránsito pacífico” al socialismo sino, incluso, de una propuesta muchísimo más modesta: la reforma del capitalismo neoliberal en aras de un supuesto “capitalismo nacional” (en la jerga de Kirchner) o “capitalismo a la uruguaya” (para Uruguay) y así de seguido. Hasta el tímido socialismo del “tránsito pacífico” se diluye y el horizonte se estrecha con los vanos intentos por endulzar al capitalismo y volverlo menos cruel y salvaje...

En esta situación compleja, en el cono sur latinoamericano asistimos a un difícil desafío: pensar desde el marxismo revolucionario no en la inminencia del asalto al poder o de ofensiva abierta de los sectores populares, sino en aquellos momentos del proceso de la lucha de clases donde el enemigo pretende mantener y perpetuar el neoliberalismo de manera sutil y encubierta. No lo pretende hacer de cualquier manera. Paradójicamente, las clases dominantes intentan resolver su crisis orgánica, garantizar la gobernabilidad y mantener sus jugosos negocios enarbolando nuestras propias banderas (oportunamente resignificadas). Resulta más sencillo enfrentar y golpear a un enemigo frontal que intenta aplastarnos enarbolando banderas neoliberales y fascistas (el caso emblemático de Pinochet en Chile y Videla o Menem en Argentina es arquetípico). Pero deviene extremadamente complejo responder políticamente cuando el neoliberalismo se disfraza de “progre”, continúa beneficiando al gran capital en nombre de “la democracia”, los “derechos humanos”, la “sociedad civil”, el “respeto por la diversidad”, etc., etc., etc.

Estos procesos y mecanismos de dominación política utilizados en la actualidad por las clases dominantes del cono sur latinoamericano y sus amos imperiales se asientan en una prolongada y extensa tradición previa.

No han surgido por arte de magia. Sólo constituyen un “enigma irresoluble” si, como tantas veces nos sugirió el posmodernismo, hacemos abstracción de nuestra historia nacional y continental.

La revolución pasiva en la historia de América latina

Durante el siglo XIX, a lo largo de la conformación histórica de los estados-naciones latinoamericanos, se entabló una singular relación entre Estado y sociedad civil. A diferencia de algunos esquemas mecánicos y simplistas, supuestamente “marxistas”1, en América latina la relación entre sociedad civil y Estado ha sido en gran medida diferente al proceso de las sociedades europeas2.

Entre nosotros, en no pocas oportunidades, el Estado no fue un producto posterior que venía a reforzar una realidad previamente constituida sobre sus propias bases sino que, por el contrario, contribuyó de manera activa a conformar sociedad civil. No puede explicarse, por ejemplo, la inserción subordinada y dependiente de las formaciones sociales latinoamericanas en el mercado mundial durante el siglo XIX si se desconoce la mediación estatal. No puede comprenderse el proceso genocida de los pueblos originarios de nuestra América, el robo, la expropiación de sus tierras y la incorporación de la producción agrícola o minera al mercado mundial si se prescinde del accionar estatal. No puede entenderse la conformación de las grandes unidades productivas, como las plantaciones, las minas, las haciendas, que combinaban la explotación forzada de fuerza de trabajo con una producción de valores de cambio destinados a ser intercambiados y vendidos en el mercado mundial capitalista, si se deja de lado el rol activo jugado por el Estado. Ese protagonismo central no tuvo lugar únicamente en la llamada acumulación originaria del capital latinoamericano. Posteriormente, cuando el capitalismo y el mercado ya funcionaban en América Latina sin andadores ni muletas, el Estado siguió jugando un rol decisivo.

Entre las muchas instituciones que conforman el entramado estatal hubo una institución en particular que ocupó este rol central: el Ejército (entendido en sentido amplio, como sinónimo de Fuerzas Armadas)3. Junto con la represión feroz de numerosos sujetos sociales —pueblos indígenas y negros, gauchos, llaneros, etc— reacios a incorporarse como mansa y domesticada fuerza de trabajo, los ejércitos latinoamericanos también ocuparon, gerenciaron y realizaron tareas estrictamente económicas.

Ese rol privilegiado y muchas veces preponderante en América Latina no sólo fue central a lo largo de todo el siglo XIX. En el siglo XX el bonapartismo militar4 ocupó el rol activo que no jugaron ni podían jugar las débiles, impotentes y raquíticas burguesías autóctonas latinoamericanas (injustamente denominadas “burguesías nacionales” por sus apologistas). Ante la ausencia de proyectos sólidos, pujantes y auténticamente nacionales, las burguesías latinoamericanas perdieron su escasa y delgada autonomía, si es que alguna vez la tuvieron5, y terminaron jugando el rol sumiso de socias menores y subsidiarias de los grandes capitales. Sólo podían disfrutar del solcito del mercado interno y del mercado mundial a condición de acomodarse con la cabeza gacha y el sombrero entre las manos en los lugares secundarios y los espacios semivacíos que les dejaban los capitales multinacionales. Es por eso que gran parte de las industrializaciones latinoamericanas del siglo XX fueron en realidad seudoindustrializaciones, ya que no modificaron la estructura previa heredada por las burguesías agrarias del siglo XIX6.

Hoy en día resulta a todas luces errónea y fuera de foco la falsa imagen y la ilusoria dicotomía —construida artificialmente desde relatos encubridores y apologistas— que enfrentaría a “burguesías nacionales, democráticas, industrialistas, antiimperialistas y modernizadoras” versus “oligarquías terratenientes, tradicionalistas, autoritarias y vendepatrias”. Nuestra historia real, repleta de golpes de estado, masacres y genocidios planificados, ha seguido un derrotero notablemente diverso al que postulaban los cómodos “esquemas clásicos” y los complacientes “tipos ideales” construidos a imagen y semejanza de las principales formaciones sociales europeas. La historia latinoamericana desobedeció a la lógica europea; la lucha de clases empírica no se dejó atrapar por el esquema ideal; el desarrollo desigual, articulado y combinado de múltiples dominaciones sociales desoyó los consejos políticos etapistas que aconsejaban apoyar a una u otra fracción burguesa (“burguesía democrática” la llamó el reformismo stalinista, “burguesía nacional” la denominó el populismo) contra el supuesto enemigo oligárquico. En América Latina las burguesías nacieron oligárquicas y las oligarquías fueron aburguesándose mientras se modernizaban. Las modernizaciones no vinieron desde abajo sino desde arriba. No fueron democráticas ni plebeyas, sino oligárquicas y autoritarias. No fueron producto de “revoluciones burguesas antifeudales” —como rezaban ciertos manuales— sino de revoluciones-restauradoras, revoluciones pasivas encabezadas e impulsadas por las oligarquías aburguesadas.

Fueron las propias oligarquías, a través del aparato de Estado y en particular de las fuerzas armadas, las que emprendieron —a sangre, tortura y fuego— el camino de modernizar su inserción siempre subordinada en el mercado mundial capitalista7. El liberalismo latinoamericano no fue, como en la Francia de los siglos XVII y XVIII, progresista sino autoritario y represivo. En nuestras patrias despanzurradas a golpes de bayoneta y destrozadas a picana y palazos, jamás existió modernización económica sin represión política.

Las burguesías locales fueron históricamente débiles para independizar nuestras naciones del imperialismo pero al mismo tiempo fueron lo suficientemente fuertes como para neutralizar e impedir los procesos de lucha social radical de las clases populares.

Las sangrientas dictaduras latinoamericanas —cuyas consecuencias nefastas seguimos padeciendo hasta nuestro presente— que asolaron nuestro continente durante las décadas de los años ’70 y ’80 no fueron, en consecuencia, un rayo inesperado en el cielo claro de un mediodía de verano. No constituyeron una “anomalía”, una excepción a la regla, el interregno entre dos momentos de normalidad y paz. Fueron más bien la regla de nuestros capitalismos periféricos, dependientes y subordinados a la lógica del sistema capitalista mundial.

Nuevos tiempos de luchas y nuevas formas de dominación durante la “transición a la democracia”

Agotadas las antiguas formas políticas dictatoriales mediante las cuales el gran capital —internacional y local— ejerció su dominación y logró remodelar las sociedades latinoamericanas inaugurando a escala mundial el neoliberalismo8 nuestros países asistieron a lo que se denominó, de modo igualmente apologético e injustificado, “transiciones a la democracia”.

Ya llevamos casi veinte años, aproximadamente, de “transición”. ¿No será hora de hacer un balance crítico? ¿Podemos hoy seguir repitiendo alegremente que las formas republicanas y parlamentarias de ejercer la dominación social son “transiciones a la democracia”? ¿Hasta cuando vamos a continuar tragando sin masticar esos relatos académicos nacidos al calor de las becas de la socialdemocracia alemana y los subsidios de las fundaciones norteamericanas?

En nuestra opinión, y sin ánimo de catequizar ni evangelizar a nadie, la puesta en funcionamiento de formas y rituales parlamentarios dista largamente de parecerse aunque sea mínimamente a una democracia auténtica. Resulta casi ocioso insistir con algo obvio: en nuestros países latinoamericanos hoy siguen dominando los mismos sectores sociales de antaño, los de gruesos billetes y abultadas cuentas bancarias. Ha mutado la imagen, ha cambiado la puesta en escena, se ha transformado el discurso, pero no se ha modificado el sistema económico, social y político de dominación. Incluso se ha perfeccionado9.

Estas nuevas formas de dominación política —principalmente parlamentarias— nacieron producto de la lucha de clases. En nuestra opinión no fueron un regalo gracioso de su gran majestad, el mercado y el capital (como sostiene cierta hipótesis que termina presuponiendo, inconscientemente, la pasividad total del pueblo), pero lamentablemente tampoco fueron únicamente fruto de la conquista popular y del “avance democrático de la sociedad civil” que lentamente se va empoderando de los mecanismos de decisión política marchando hacia un porvenir luminoso (como presuponen ciertas corrientes que terminan cediendo al fetichismo parlamentario). En realidad, los regímenes políticos postdictadura, en Argentina, en Chile, en Uruguay y en el resto del cono sur latinoamericano, fueron producto de una compleja y desigual combinación de las luchas populares y de masas —en cuya estela alcanza su cenit la pueblada argentina de diciembre de 2001— con la respuesta táctica del imperialismo que necesitaba sacrificar momentáneamente algún peón militar de la época neolítica para reacomodar los hilos de la red de dominación, cambiando algo para que nada cambie.

Con discurso “progre” o sin él, la misión estratégica que el capital transnacional y sus socias más estrechas, las burguesías locales, le asignaron a los gobiernos “progresistas” de la región —desde el Frente Amplio uruguayo y el PJ del argentino Kirchner hasta la concertación de Bachelet en Chile— consiste en lograr el retorno a la “normalidad” del capitalismo latinoamericano. Se trata de resolver la crisis orgánica reconstruyendo el consenso y la credibilidad de las instituciones burguesas para garantizar EL ORDEN. Es decir: la continuidad del capitalismo. Lo que está en juego es la crisis de la hegemonía burguesa en la región, amenazada por las rebeliones y puebladas —como la de Argentina o Bolivia— y su eventual recuperación.

Desde nuestra perspectiva, y a pesar de las esperanzas populares, la manipulación de las banderas sociales, el bastardeo de los símbolos de izquierda y la resignificación de las identidades progresistas tienen actualmente como finalidad frenar la rebeldía y encauzar institucionalmente la indisciplina social. Mediante este mecanismo de aggiornamiento supuestamente “progre” las burguesías del cono sur latinoamericano intentan recomponer su hegemonía política. Se pretende volver a legitimar las instituciones del sistema capitalista, fuertemente devaluadas y desprestigiadas por una crisis de representación política que hacía años no vivía nuestro continente. Los equipos políticos de las clases dominantes locales y el imperialismo se esfuerzan de este modo, sumamente sutil e inteligente, en continuar aislando a la revolución cubana (a la que se saluda, pero... como algo exótico y caribeño), conjurar el ejemplo insolente de la Venezuela bolivariana (a la que se sonríe pero... siempre desde lejos), seguir demonizando a la insurgencia colombiana y congelar de raíz el proceso abierto en Bolivia.

Los desafíos de la izquierda latinoamericana antiimperialista y anticapitalista frente a su propia historia

¿Cómo enfrentar entonces ese aggiornamiento de las formas políticas de dominación, ese intento gatopardista por cambiar algo para que el ORDEN siga igual y nada cambie de fondo?

Descartada la visión ingenua de un optimismo eufórico que postula en el terreno de las consignas agitativas un peligroso y falso triunfalismo —calificando como “avance revolucionario” a los gobiernos de Tabaré Vázquez, Kirchner o Bachelet—, debemos hacer el esfuerzo por comprender nuestros desafíos políticos a partir de nuestra propia historia y nuestras propias necesidades10. Así lo hizo Fidel cuando encabezó la revolución cubana, así lo hace Chávez en Venezuela. Así lo hicieron los sandinistas, los salvadoreños y los tupamaros en sus épocas fundacionales (cuando eran radicales y estaban contra el sistema), así lo hacen las FARC y el ELN en Colombia, al igual que los zapatistas en Chiapas. En el cono sur latinoamericano se nos impone encontrar nuestra propia perspectiva estratégica y nuestro rumbo político a partir de nuestra propia historia. ¡Debemos estudiar y tomar en serio a la historia!

Eso implica estar alertas frente a cualquier manipulación oportunista. Es cierto que todo relato histórico presupone construir genealogías en el pasado para defender y legitimar políticas hacia el futuro. Pero todo tiene un límite. No se puede ir al pasado, “meter mano”, poner y sacar a gusto y piacere según las oportunidades del caso...

Por ejemplo, en la Argentina, no se puede poner en las banderas y en los carteles las imágenes de Santucho y del Che Guevara y luego, como por arte de magia, borrar esos símbolos para reemplazarlos por la foto de Juan Domingo Perón. Y luego, si cambian las alianzas políticas del momento, archivar rápidamente a Perón y volver a poner a Santucho o a quien convenga en esa ocasión. Siempre con la misma sonrisa cínica. ¡Como si todo fuera lo mismo! Eso es poco serio. Eso es hacer manipulación vulgar de la historia en función del presente inmediato. Así no se construye una identidad política de masas que logre aglutinar a la juventud rebelde y a la clase trabajadora combativa en función de un proyecto de emancipación radical. Los cubanos designan a esas maniobras como vulgar “politiquería”. Lenin las denominaba “oportunismo”. En cada uno de los países de nuestra América hay un término para hacer referencia a lo mismo.

La historia debe ser nuestra fuente genuina de inspiración, no un cómodo salvoconducto oportunista.

Formación política, hegemonía socialista e internacionalismo

No sólo debemos inspirarnos en la historia. En la actual fase de la correlación de clases —signada por la acumulación de fuerzas— necesitamos generalizar la formación política de la militancia de base. No sólo de los cuadros dirigentes sino de toda la militancia popular. Se torna imperioso combatir el clientelismo y la práctica de los “punteros” (negociantes de la política mediante las prebendas del poder), solidificando y sedimentando una fuerte cultura política en la base militante, que apunte a la hegemonía socialista sobre todo el movimiento popular. No habrá transformación social radical al margen del movimiento de masas. Nos parecen ilusorias y fantasmagóricas las ensoñaciones posmodernas y posestructuralistas que nos invitan irresponsablemente a “cambiar el mundo sin tomar el poder”. No se pueden lograr cambios de fondo sin confrontar con las instituciones centrales del aparato de Estado. Debemos apuntar a conformar, estratégicamente y a largo plazo —estamos pensando en términos de varios años y no de dos meses— organizaciones guevaristas de combate.

¿Por qué organizaciones? Porque el culto ciego a la espontaneidad de las masas constituye un espejismo muy simpático pero ineficaz. Todo el movimiento popular que sucedió a la explosión del 19 y 20 de diciembre de 2001 en Argentina diluyó su energía y terminó siendo fagocitado por la ausencia de organización y de continuidad en el tiempo (organización popular no equivale a sumatoria de sellos partidarios que tienen como meta máxima la participación en cada contienda electoral).

¿Por qué guevaristas? Porque en nuestra historia latinoamericana el guevarismo constituye la expresión del pensamiento más radical de Marx y Lenin y de todo el acervo revolucionario mundial, descifrado a partir de nuestra propia realidad y nuestros propios pueblos. El guevarismo se apropia de lo mejor que produjeron los bolcheviques, los chinos, los vietnamitas, las luchas anticolonialistas del África, la juventud estudiantil y trabajadora europea, el movimiento negro norteamericano y todas las rebeldías palpitadas en varios continentes. El guevarismo no es calco ni es copia, constituye una apropiación de la propia historia del marxismo latinoamericano, cuyo fundador es, sin ninguna duda, José Carlos Mariátegui. Guevara no es una remera. Su búsqueda política, teórica, filosófica constituye una permanente invitación a repensar el marxismo radical desde América Latina y el Tercer Mundo. No se lo puede reducir a tres consignas y dos frases hechas. Aun tenemos pendiente un estudio colectivo serio y una apropiación crítica del pensamiento marxista del Che entre nuestra militancia11.

¿Por qué de combate? Porque tarde o temprano nos toparemos con la fuerza bestial del aparato de Estado y su ejercicio permanente de fuerza material. Así nos lo enseña toda nuestra historia. Insistimos: ¡hay que tomarse en serio la historia! Pretender eludir esa confrontación puede resultar muy simpático para ganar una beca o seducir al público lector en un gran monopolio de la (in)comunicación. Pero la historia de nuestra América nos demuestra, con una carga de dramatismo tremenda, que no habrá revoluciones de verdad sin el combate antiimperialista y anticapitalista. Debemos prepararnos a largo plazo para esa confrontación. No es una tarea de dos días sino de varios años. Debemos dar la batalla ideológica para legitimar en el seno de nuestro pueblo la violencia plebeya, popular, obrera y anticapitalista; la justa violencia de abajo frente a la injusta violencia de arriba.

Pero al identificar el combate como un camino estratégico debemos aprender de los errores del pasado, eludiendo la tentación militarista. Las nuevas organizaciones guevaristas deberán estar estrechamente vinculadas a los movimientos sociales. No se puede hablar “desde afuera” al movimiento de masas. Las organizaciones que encabecen la lucha y marquen un camino estratégico, más allá del día a día, deberán ser al mismo tiempo “causa y efecto” de los movimientos de masas. No sólo hablar y enseñar sino también escuchar y aprender. ¡Y escuchar atentamente y con el oído bien abierto! La verdad de la revolución socialista no es propiedad de ningún sello, se construirá en el diálogo colectivo entre las organizaciones radicales y los movimientos sociales. Las vanguardias —perdón por utilizar este término tan desprestigiado en los centros académicos del sistema— que deberemos construir serán vanguardias de masas, no de elite.

Si durante la lucha ideológica de los ’90 —en los tiempos del auge neoliberal— nos vimos obligados a batallar en la defensa de Marx, remando contra la corriente hegemónica, en la década que se abre en el 2000, Marx solo ya no alcanza. Ahora debemos ir por más, dar un paso más e instalar en la agenda de nuestra juventud a Lenin y al Che (y a todas y todos sus continuadores). Reinstalar al Che entre nuestra militancia implica recuperar la mística revolucionaria de lucha extrainstitucional que nutrió a la generación latinoamericana de los ’60 y los ’70.

Tenemos pendiente pensar y ejercer la política más allá de las instituciones, sin ceder al falso “horizontalismo” —cuyos partidarios gritan “¡que no dirija nadie!” porque en realidad quieren dirigir ellos— ni quedar entrampados en el reformismo y el chantaje institucional. Nada mejor entonces que combinar el espíritu de ofensiva de Guevara con la inteligencia y lucidez de Gramsci para comprender y enfrentar el gatopardismo. Saber salir de la política de secta, asumir la ofensiva ideológica y al mismo tiempo ser lo suficientemente lúcidos como para enfrentar el transformismo político de las clases dominantes que enarbolan banderas “progresistas” para dominarnos mejor.

Como San Martín, Artigas, Bolívar, Sucre, Manuel Rodríguez, Juana Azurduy y José Martí, como Guevara, Fidel, Santucho, Sendic, Miguel Enríquez, Inti Peredo, Carlos Fonseca y Marighella, debemos unir nuestros esfuerzos y voluntades colectivas a largo plazo en una perspectiva internacionalista y continental. En la época de la globalización imperialista no es viable ni posible ni realista ni deseable un “capitalismo nacional”.

No podemos seguir permitiendo que la militancia abnegada —presente en diversas experiencias reformistas del cono sur— se transforme en “base de maniobra” o elemento de presión y negociación para el aggiornamiento de las burguesías latinoamericanas. Los sueños, las esperanzas, los sufrimientos, los sacrificios y toda la energía rebelde de nuestros pueblos latinoamericanos no pueden seguir siendo expropiados. Nos merecemos algo más que un miserable “capitalismo con rostro humano” y una mugrienta modernización de la dominación.

Octubre de 2006

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Notas

1 Estos esquemas simplistas fueron extraídos principalmente de: (a) los estudios de orden filosófico de la década de 1840, críticos de la Filosofía de derecho de Hegel, donde Marx le reprochaba a su maestro subordinar la sociedad civil al Estado; y de (b) los análisis sociológicos de la década de 1850 donde Marx analizó la sociedad francesa y el fenómeno político bonapartista.

2 Véase el inteligente estudio de Carlos Nelson Coutinho sobre Gramsci en América Latina y particularmente sobre la revolución pasiva en Brasil “As categorías de Gramsci e a realidade brasileira”. En C.N.Coutinho: Gramsci. Um estudo sobre seu pensamento político. Rio de Janeiro, Civilização Brasileira, 1999. También pueden consultarse con provecho los trabajos de Florestan Fernandez sobre la revolución burguesa, recopilados por Octavio Ianni: Florestan Fernandes: sociología crítica e militante. São Paulo, Expressão Popular, 2004. Juan Carlos Portantiero había adelantado algunas inteligentes reflexiones en este sentido en su archicitado ensayo “Los usos de Gramsci” [1975] (Buenos Aires, Grijalbo, 1999), pero a diferencia de los dos autores anteriores, Portantiero terminó convirtiendo a Gramsci en un comodín socialdemócrata bastardeado hasta límites inimaginables.

3 Véase nuestro trabajo “Los verdugos latinoamericanos: las Fuerzas Armadas de la contrainsurgencia a la globalización”, ensayo incorporado en nuestro: Pensar a contramano. Las armas de la crítica y la crítica de las armas. Buenos Aires, Editorial Nuestra América, 2006.

4 Adoptamos esta categoría de Mario Roberto Santucho: Poder burgués, poder revolucionario [1974]. En Daniel De Santis [compilador]: A vencer o morir. PRT-ERP Documentos. Bs.As., EUDEBA, 1998 (tomo I) y 2000 (Tomo II).

5 Véase el testamento político del Che, cuando afirma: “Por otra parte las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución”. “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” (ediciones varias).

6 Véase el capítulo “Expansión industrial, imperialismo y burguesía nacional” del libro de Silvio Frondizi: La realidad argentina. Ensayo de interpretación sociológica (en dos tomos, Tomo I: 1955 y Tomo II: 1956); Víctor Testa [seudónimo de Milcíades Peña]: “Industrialización, seudoindustrialización y desarrollo combinado”. En Fichas de investigación económica y social, Año I, N°1, abril de 1964. p.33-44. Este artículo fue recopilado póstumamente en Milcíades Peña: Industrialización y clases sociales en la Argentina. Bs.As., Hyspamérica, 1986. p.65 y ss.; y finalmente nuestro ensayo: “¿Foquismo?: A propósito de Mario Roberto Santucho y el pensamiento político de la tradición guevarista”. En Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Buenos Aires, Nuestra América, 2005.

7 Tratando de pensar la conformación social de la dominación burguesa en Argentina y América Latina de una manera diferente (tanto frente al reformismo stalinista como frente al populismo nacionalista), el viejo dirigente comunista Ernesto Giudici —quien en 1973 propuso la herética unidad del comunismo con las organizaciones político-militares PRT-ERP y Montoneros— arriesgó una hipótesis más que sugerente. Siempre decía que hay que pensar la historia latinoamericana a partir de su propia cronología histórica, sin violentarla para que entre en el lecho de Procusto de cronologías diversas. Hecha esta salvedad, Giudici consideraba pertinente una analogía con las formaciones sociales europeas; ya no con Francia —modelo de El 18 Brumario de Luis Bonaparte— ni con Inglaterra— arquetipo empírico que está en la base de El Capital—, sino con el prusianismo alemán. La formación histórica del capitalismo en Argentina, por ejemplo, se asemejaba mucho más a la atrasada Prusia que a las modernas Francia o Inglaterra. Como en Prusia, la burguesía argentina vivía haciendo pactos y compromisos con los propietarios terratenientes, utilizando al ejército como fuerza social privilegiada en política y reprimiendo toda vida cultural autónoma. La hipótesis analógica del “prusianismo” cumplía en los razonamientos de Giudici un rol mucho más abarcador que el “camino prusiano en la agricultura” del que hablaba Lenin, por contraposición a la modernización de la agricultura capitalista de los farmers norteamericanos. Véase “Herejes y ortodoxos en el comunismo argentino”, en nuestro De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano. Buenos Aires, Biblos, 2000 [hay reedición cubana ampliada, 2006].

8 Es bien conocido el análisis del historiador británico Perry Anderson (a quien nadie puede acusar de provincianismo intelectual o de chauvinismo latinoamericanista), quien sostiene que el primer experimento neoliberal a nivel mundial ha sido, precisamente, el de Chile. Incluso varios años antes que los de Margaret Thatcher o Ronald Reagan. No por periféricas ni dependientes las burguesías latinoamericanas han quedado en un segundo plano en la escena de la dominación social. Incluso en algunos momentos se han adelantado a sus socias mayores, y han inaugurado —con el puño sangriento de Pinochet en lo político y de la mano para nada “invisible” de Milton Friedman en lo económico—, un nuevo modelo de acumulación de capital de alcance mundial: el neoliberalismo.

9 Recordemos que para Marx la república burguesa parlamentaria —que él nunca homologaba con “democracia”— constituía la forma más eficaz de dominación política. Marx la consideraba superior a las dictaduras militares o a la monarquía porque en la república parlamentaria la dominación se vuelve anónima, impersonal y termina licuando los intereses segmentarios de los diversos grupos y fracciones del capital, instaurando un promedio de la dominación general de la clase capitalista, mientras que en la dictadura y en la monarquía es siempre un sector burgués particular el que detenta el mando, volviendo más frágil, visible y vulnerable el ejercicio del poder político.

10 En ese sentido sería conveniente no confundir las necesidades diplomáticas coyunturales de determinados Estados —a los que defendemos de la agresividad imperialista y con los cuales nos solidarizamos activamente—, con las necesidades políticas del movimiento popular en nuestros países del cono sur latinoamericano. Aunque luchamos por los mismos fines antiimperialistas y socialistas, no siempre lo que le conviene a los Estados amigos es lo que le conviene a los movimientos sociales y populares de nuestros países.

Reflexionemos sobre un ejemplo histórico concreto: la Revolución Cubana sufre un embargo criminal de EEUU desde su mismo desafío al coloso del norte. Prácticamente todos los Estados del continente, siguiendo la presión yanqui, rompieron relaciones con Cuba a inicios de los ‘60. Uno de los pocos que no lo hizo fue México. Durante décadas, en México gobernaba el PRI, partido burgués, corrupto y autoritario si los hay (surgido del congelamiento de la revolución mexicana). El PRI mantenía “hacia afuera” una política de no confrontación con Cuba, lo cual resulta muy útil diplomáticamente para frenar a EEUU. En lo interno reprimía al movimiento obrero, compraba dirigentes, dividía las organizaciones populares, masacraba estudiantes, hacía desaparecer indígenas, etc. A fines de los ’60 en México surgen organizaciones guerrilleras que son masacradas. Años más tarde, surge el EZLN contra el PRI. ¿Cuba rompe amarras contra el Estado mexicano? No, no lo puede hacer. Necesita mantener relaciones diplomáticas con el Estado mexicano para eludir el bloqueo yanqui, lo cual resulta plenamente comprensible. ¿Entonces? ¿Qué debe hacer el movimiento popular en México? ¿Apelar a la autoridad moral de Cuba para apoyar al PRI? La respuesta negativa es más que obvia (no obstante existieron corrientes que así lo hicieron durante años. La vertiente de Lombardo Toledano —de nefasta memoria— apoyaba al PRI con retórica de “izquierda”, apoyaba las represiones del gobierno como “progresistas”, incluida la masacre de Tlatelolco, etc, etc). Sobre estas dificultades objetivas que el internacionalismo militante no puede desconocer, véase nuestro diálogo-entrevista (realizado junto con el compañero Luciano Álzaga) al presidente de la Asamblea Popular de la república de Cuba Ricardo Alarcón. En http://www.lahaine.org/index.php?p=14057 y http://www.rebelion.org/noticia.php?id=30096

11 Apuntando en esa dirección y hacia esa tradición política, hemos querido contribuir con un pequeñísimo granito de arena a través de nuestro Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder y con diversas experiencias de formación política en varias cátedras Che Guevara, dentro y fuera de la universidad, tanto en movimientos de derechos humanos, en el movimiento estudiantil como en escuelas del movimiento piquetero.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

El mito del libre comercio

Los defensores del libre comercio suelen decir que éste es beneficioso para todo el mundo, para el rico y para el pobre. Que la pobreza es consecuencia de que el Estado y los políticos no dejan actuar libremente a los agentes económicos. Si se los dejara actuar libremente, sin restricción alguna, el mercado mostraría todo su potencial, inclusive eliminando o disminuyendo en forma increíble la pobreza. Si esto no ocurre es porque la política se inmiscuye indebidamente en lo que no le corresponde.

Reconozco que es una presentación simplista y que hay toda una teorización sobre el libre comercio que apela incluso a modelos matemáticos.

A nivel de comercio internacional la teoría supone una serie de proposiciones llamadas leyes.

El principio básico viene desde David Ricardo, las formulaciones neoclásicas no han variado en sus fundamentos el argumento principal de ese economista.

La ley principal se llama "Ley de Costos Comparativos". Hay dos proposiciones asociadas a esa ley y el juego de ambas a su vez suponen la actuación de algún mecanismo regulador para que esas proposiciones sean verdaderas.

La teoría empieza por considerar un ejemplo en el que dos países producen dos mismos bienes a diferentes precios. Un país Pa en el que se producen tela y vino en una relación de precios (Pt / Pv)1 en el mercado doméstico. Frente a ese país hay otro país (Pb) que produce la misma tela y vino pero en una relación (Pt / Pv)2, distinta a la del primer país.

Si el precio de la tela relativo al del vino es menor en Pa, el precio del vino relativo al de la tela debe ser menor en el Pb. Esto significa que en cada país una mercancía será relativamente más barata.

1) La primera proposición es prescriptiva. Dice que si cada país exportara su mercancía relativamente más barata e importara la otra, y si los términos de comercio entre tela y vino se establecieran entre (Pt / Pv)1 y (Pt / Pv)2, cada país en su conjunto se beneficiaría del comercio, ya que al concentrar su producción en la mercancía relativamente más barata y exportar una parte de ésta a cambio de la otra mercancía, cada país terminaría beneficiado.

Esta proposición no depende de los costos absolutos. Así, aunque uno de los países fuera absolutamente más eficiente en la producción de las dos mercancías el comercio sería ventajoso si el país con eficiencia menor se especializara en aquéllas ramas donde su inferioridad es más leve y el país como mayor eficiencia se especializa en las ramas con mayor superioridad. No importan los costos absolutos sino los relativos, de allí que se llame a esta proposición "principio de ventaja comparativa".

Este principio no dice nada sobre cómo es realmente el comercio internacional. El proceso real parece irrelevante. En el mundo capitalista las exportaciones y las importaciones las efectúan los capitalistas y lo hacen para obtener ganancias, no para el beneficio de cada país.

Esto es importante porque las ganancias dependen de los costos absolutos. El burgués que tiene menores costos siempre puede superar a sus competidores.

Esta proposición podría ser cierta a nivel de países desarrollados (aunque no lo es) ¿Pero cómo podría ser cierto aquello de las bondades del libre comercio para un país atrasado que incurre en mayores costos en todas las ramas de la producción?

2) En ese punto entra a jugar una proposición descriptiva, digamos ad-hoc, que dice en el comercio libre los patrones de comercio serán regulados por el principio de ventaja comaparativa del punto 1, sin tomar en cuenta las diferencias absolutas de niveles de eficiencia productiva.

Para que esto sea así debe haber algún mencanismo automático que lleve a ese resultado.

Las proposiciones 1 y 2 es lo que se llama "Ley de costos comparativos".

Para que esas dos proposiciones sean verdaderas debe haber un mecanismo automático que haga funcionar las cosas como dicen esos principios.

3) Ese mecanismo automático es la relación entre la cantidad de dinero y el nivel de precios, la teoría cuantitativa clásica del dinero.

Supongamos que Pa produce vino y tela más baratos que Pb. Todo el comercio entre ambos países se dará inicialmente de la siguiente forma: Pa exportará vino y tela que Pb pagará directamente, ya que sus productos no podrían competir con los de Pa. Luego entra en juego el mecanismo equilibrador crucial: la salida de dinero de Pb disminuye su oferta monetaria y reduce, por tanto, todos los precios en dinero en ese país. A su vez, la entrada de dinero a Pa aumenta todos los precios en dinero en este último. Mientras persista este desbalance, el mecanismo abaratará progresivamente el vino y la tela de Pb y encarecerá progresivamente el vino y tela de Pa. Esto sucederá hasta que en cierto momento Pb podrá vender a menor precio que Pa alguno de los dos productos, dejando a Pa con ventaja relativa en la otra.

Los neoclásicos la han presentado en forma diferente a esta teoría adaptándola a la teoría del valor que manejan (marginalista y no como Ricardo, de valor trabajo). Sin embargo, el principio que manejan es el mismo: Es la ventaja relativa y no la absoluta la que determina el patrón del comercio.

Es decir, la ley de costos comparativos está asociada con la defensa del libre comercio.

De acuerdo con la ley clásica la salida de dinero de Pb bajaría todos los precios en Pb ya que disminuiría la oferta monetaria mientras que la entrada de dinero en Pa aumentaría todos los precios de las mercancías de Pa. Tarde o temprao, la tela o el vino de Pb podría venderse más barata que la de Pa y, por fin, habría comercio bilateral.

Sin embargo, esto no ocurre así. Debido a la ventaja absoluta en las dos ramas, los capitalistas de Pa venden más barato que los capitalistas de Pb. La tela y el vino de Pa inundan el mercado de Pb y el dinero de Pb empieza a entrar a Pa. En Pb disminuye la oferta de dinero mientras que en Pa aumenta.

No hay una relación directa entre nivel de precios y oferta de dinero.

a) El primer efecto de la salida de dinero de Pb será disminuir la oferta de capital-dinero prestable.

b) A medida que la producción de tela y vinos de Pb perece ante la competencia extranjera, la demanda de capital-dinero también disminuye.

c) Cuando esos sectores hayan llegado al tamaño mínimo, la fuga continua de dinero tenderá a elevar la tasa de interés.

d) Mientras tanto todo ello reduce la inversión y baja la producción de otras mercancías.

e) En Pb, la fuga de dinero conduce a una disminución de las reservas bancarias, a frenar la producción y a una tasa de interés más alta.

f) En Pa lo opuesto, la entrada de dinero amplía las reservas bancarias, incrementa la oferta de capital-dinero prestable, baja las tasas de interés y tiende a expandir la producción general.

g) La desventaja absoluta de Pb se manifiesta en un déficit comercial crónico, compensado por la salida de dinero.

h) La mayor eficiencia de Pa en la producción se manifestará en un superávit comercial crónico, compensado por una acumulación continua de dinero.

i) Como a medida que las reservas de Pb bajan, la tasa de interés de Pb sube, de manera correspondiente a medida que las reservas de Pa suben, la tasa de interés de Pa baja.

j) En determinado momento, esto significará que será ventajoso para los capitalistas de Pa prestar su capital-dinero en Pb, en vez de hacerlo en Pa. Cuando eso ocurra el capital financiero de corto plazo de Pa irá para Pb.

k) La tasa de interés de Pb comenzará a bajar mientras la de Pa subirá hasta que, a cierto nivel de flujos de capital de corto plazo, las dos sean iguales.

l) En consecuencia, Pb con déficit comercial crónico que cubre por medio de préstamos internacionales de corto plazo y Pa con superavit comercial que permite a sus capitalistas hacer préstamos internacionales.

m) Sin embargo, los préstamos capitalistas se hacen para obtener ganancias en la forma de intereses. Así, Pb tendrá que pagar finalmente no sólo el préstamo original sino también los intereses.

n) El efecto neto debe ser una salida de dinero de Pb, aunque en una fecha posterior.

o) Con todas las demás circunstancias iguales hay que pagar: al final, déficit comercial crónico + deudas aumentadas = Pb debe caer.

En realidad, en el libre comercio la desventaja absoluta del país capitalista subdesarrollado tiene como resultado déficit comerciales crónicos y préstamos internacionales aumentados. Tal país estará con déficit crónico y crónicamente endeudado.

Esto nos suena muy familiar a los argentinos.

La entrada de capitales productivos no revierte la tendencia. En primer lugar esos capitales vienen a obtener ganancias y se quedarán hasta que ya no sea negocio. En segundo lugar esos capitales se encuentran bajo su propio control. Así, obedecen a la política que establezca la casa matriz.

Aunque parezca que se revirtió la tendencia de los '90 esto no es tan así y hay que tener en cuenta varias cosas para analizar la cuestión. La devaluación del tipo de cambio que redujo a la miseria a millones de argentinos permitió que los capitalistas ineficientes ante la competencia externa pasaran a ser eficientes por reducción de costos. A su vez, el aumento de las materias primas y del petróleo permitió la apropiación de una renta inexistente hasta el momento. Nuevamente la burguesía agraria financiaría la baja productividad de la burguesía industrial. Pero mantener esta situación cuesta dinero. Ante la falta de crédito internacional y el ingreso de divisas por exportaciones, la única forma de lograr que no se revaluara el peso es emitiendo moneda para la compra de U$S, lo que a su vez genera inflación que, al aumentar el precio de las mercaderías internas, lo hace también en relación al precio de las externas, por lo que hay que proceder a una nueva devaluación (ya que no es posible obtener préstamos afuera). La inflación revalúa al peso con relación al dólar.

El uso de las reservas para el pago de la deuda, la segunda reestructuración del default y las tentativas de arreglar con el Club de París apuntan precisamente a iniciar un nuevo ciclo de endeudamiento a tasas razonables para disminuir la emisión monetaria y frenar la inflación. Es decir, aparecer como pagadores responsables para que nos presten. Nuevamente la cuestión del endeudamiento crónico aparece en escena. Estas movidas revelan una cosa, el superávit fiscal no es tal. Argentina está en rojo aunque las cuentas nacionales aparezcan en verde. Tiene además una inflación todavía reprimida por los subsidios a los capitalistas que prestan servicios públicos. Mientras el gobierno la pueda pilotear y disfrazar no va a pasar nada demasiado relevante al respecto. El tema es hasta cuándo podrá hacerlo. Incluso ahora las reservas internacionales en dólares se devalúan por la emisión monetaria de la Reserva Federal y aumenta a su vez el flujo de las mercancías de ese país. Tenemos la suerte del aumento del precio de la soja, que ya anda por los U$S 464. Dudo de que obedezca a deficiencias de oferta y por tanto de inversión. En plena crisis capitalista mundial las variaciones alcistas de las materias primas y el oro parecen más como resguardo de las inversiones y por tanto especulativas.

viernes, 29 de octubre de 2010

Nacionalismo burgués, populismo y bonapartismo - 1

Michael Löwy, Transformación del populismo en América Latina (1989).

En la mayor parte de los países del continente latinoamericano (América Central y Chile constituyen las excepciones), los trabajadores, los obreros y los campesinos no han alcanzado la independencia de clase. No son las fuerzas del movimiento obrero —siquiera reformista— quienes los organizan políticamente, sino fuerzas burguesas de un tipo peculiar: los movimientos denominados populistas. Comprender estos movimientos y definir una estrategia correcta hacia ellos es una condición para avanzar hacia la independencia de clase.

El problema

Miles de veces los revolucionarios han enterrado el populismo; hemos decretado que el peronismo atravesaba su última crisis, que el aprismo estaba hundido, etc. Hemos explicado a menudo que, en las condiciones económicas y políticas actuales, ya no era posible llevar adelante una política populista de redistribución de la renta, y que el ciclo de los gobiernos populistas estaba agotado.

Ahora bien, ¿qué es lo que ha pasado en realidad? El APRA viene de lograr una victoria espectacular en Perú. En Brasil, Brizola, el heredero de Vargas y Goulart, aparece como el más probable triunfador en las futuras elecciones presidenciales directas. En Argentina, Menem, el candidato del peronismo, acaba de lograr en las elecciones presidenciales un triunfo aplastante sobre el candidato del partido radical. Los partidos llamados populistas gobiernan en la mitad del continente: México, República Dominicana, Costa Rica, Venezuela... Es cierto que algunos desarrollos —especialmente la formación del PT y de la CUT en Brasil— muestran la posibilidad, en las condiciones históricas actuales, de operar avances importantes más allá del populismo, hacia la independencia sindical y política de clase. Pero está lejos de ser la perspectiva actual en la gran mayoría de los países de América Latina.

Intento de definición

El término “populismo” es sumamente confuso e impreciso. Si bien sus orígenes se remontan al populismo ruso —los terroristas de Narodnaia Volia (La Voluntad del Pueblo) y luego el PSR (los “socialrrevolucionarios”)—, se lo emplea de manera harto vaga, y es evidente que los movimientos de América Latina designados con ese nombre tienen pocas cosas en común con el modelo ruso de principios de siglo.

Existe una vasta literatura, tanto académica como marxista, sobre el populismo en general y el latinoamericano en particular. Nosotros nos limitaremos aquí a América Latina.

Los sociólogos burgueses están lejos de ponerse de acuerdo en la caracterización del populismo: por ejemplo, para Gino Germani, se trata de la manifestación política de las masas tradicionales y autoritarias, en desfasaje con la modernización. Por el contrario, según Torcuato Di Tella, es el producto de la “revolución de las expectativas” de los sectores populares urbanos, suscitada gracias a la radio, la prensa, etc., que crean nuevas necesidades en términos de consumo, condiciones de
vida, etc. Estos análisis son sumamente superficiales, y no presentan
sino un interés limitado.

Más interesante son los estudios de orientación marxista de la escuela dependentista, fundamentalmente del Brasil (Francisco Weffort, Octavio Ianni, Fernando Henrique Cardoso, Ruy Mauro Marini). Para estos autores, el populismo ha sido la expresión de un ciclo económico preciso: el período de industrialización por sustitución de importaciones, que condujo a una cierta redistribución de la renta.

Esta hipótesis es más interesante, pero muy economicista: no permite comprender el resurgir del populismo actual, una vez concluida la política de la industrialización “nacional” por sustitución de importaciones.

Otra tentativa de interpretación que se reclama del marxismo es la del argentino Ernesto Laclau: el populismo sería la ideología popular–democrática, presente en articulaciones con distintas formas de discurso de clase (fascismo, nacionalismo, socialismo). Este análisis termina por presentar a Hitler, Perón y Mao como variantes del populismo... Se trata de un método ideologizante, abstracto, que no da cuenta de la especificidad del fenómeno.

Finalmente, para el punto de vista del marxismo revolucionario, el populismo es percibido como un movimiento policlasista, bajo la hegemonía de una dirección burguesa y una ideología nacionalista. En este cuadro, podríamos adelantar una definición provisoria: el populismo es un movimiento político —con diversas formas de organización (partido, sindicatos, asociaciones diversas)— poseedor de una gran base popular (de obreros, campesinos y clases medias), bajo una dirección burguesa/pequeño burguesa y el liderazgo carismático de un caudillo. Una vez en el poder, este movimiento, que pretende representar al “pueblo” en su conjunto, adopta una política bonapartista, pretendidamente por encima de las clases, pero en último análisis al servicio de los intereses del capital (lo que no impide fricciones con sectores de la burguesía). Puede también —sobre todo si existe una presión de base— otorgar concesiones económicas y sociales a las clases explotadas y/o tomar ciertas medidas de tipo antimperialista.

Como ejemplo, podríamos mencionar: el peronismo (“justicialismo”), el varguismo (“travalhismo”), el APRA, el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) de Bolivia, Acción Democrática de Venezuela, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) de México, el Partido Revolucionario Democrático (PRD) dominicano, el Partido Liberal Nacional (PLN) de Costa Rica, el Partido Nacional Popular (PNP) de Jamaica. Se podría agregar, como una variante, el populismo militar, generalmente efímero: Torres en Bolivia, Velazco en Perú y Torrijos en Panamá.

Aspectos del populismo

Examinaremos detenidamente los diversos aspectos de esta definición:

• dirección burguesa/pequeño burguesa. Generalmente, el personal dirigente de los movimientos populistas [6] de extracción pequeñoburguesa, pero su política sirve a los intereses de la burguesía. Como dijimos, los conflictos son posibles en función de la naturaleza bonapartista del poder populista. Habría que añadir la existencia, en una posición subalterna pero importante, de una burocracia de origen obrero a la cabeza de los sindicatos populistas.

• líder carismático. El “caudillo”, el jefe popular, juega un rol esencial en la formación y la permanencia del movimiento. Más allá de las diversas formas orgánicas que tome el populismo, aquel le da unidad, visibilidad, influencia de masas. Perón y Vargas son los dos ejemplos paradigmáticos, pero también pueden mencionarse a Haya de la Torre, Paz Estenssoro, Bétancourt, Cárdenas, Pepe Figueres, Brizola, etc. Este rol resulta, a la vez, de cierta tradición cultural (el caudillismo), que se remonta al siglo XIX, y de la estructura “vertical” y autoritaria del movimiento populista.

• la base social, generalmente con predominio de sectores urbanos: trabajadores, capas pequeñoburguesas, ciertos sectores de la llamada “burguesía nacional” (Argentina, Brasil, Perú); aunque en otros países incluye capas campesinas (México, Bolivia). La influencia política de masas del populismo es, antes que nada, electoral, aunque en ciertas ocasiones puede ser militante, activa y organizada (peronismo, aprismo). Ella se ejerce también a través de sindicatos obreros y campesinos, dirigidos por una burocracia sindical amarilla y corrupta (pelegos en Brasil, charros en México, etc.) más o menos ligada al estado.

• la ideología. El nacionalismo pequeñoburgués, a la vez antimperialista y anticomunista; según los períodos, es uno u otro el que predomina, incluso en el curso de la historia del mismo movimiento.

Por ejemplo, el APRA fue predominantemente antimperialista en un principio (años veinte y treinta) para devenir ferozmente anticomunista y proestadounidense en los años cincuenta y sesenta (actualmente tendría lugar un nuevo giro). El varguismo, por el contrario, ha sido ferozmente anticomunista en 1935–1942, para llegar a acuerdos tácticos con el PC brasileño entre 1945 y 1955...

La ideología populista se dirige al “pueblo” en su conjunto, o a la “nación” como un todo, aunque puede conceder también un lugar de privilegio a los trabajadores (Perón, Vargas, Cárdenas). A pesar del rol “homogeneizador” del caudillo, los movimientos populistas son política e ideológicamente muy heterogéneos: suelen tener un ala derecha fascistizante (anticomunista, nacionalista de derecha, a veces antisemita), un centro nacional–reformista hegemónico, y un ala izquierda socializante (influenciada por el marxismo). Esta heterogeneidad provoca a menudo escisiones, especialmente hacia la izquierda.

• el poder populista. Se trata de regímenes de tipo bonapartista que se presentan como árbitros por encima de las clases, y que se apoyan tanto en la patronal y el ejército, como sobre los sindicatos y las movilizaciones populares. Su programa apunta al desarrollo industrial, especialmente a través de la sustitución de importaciones, y a la expansión del mercado interno. Esto puede conducir a fricciones y conflictos con la oligarquía terrateniente y la puesta en marcha de reformas agrarias parciales (México, Bolivia, Perú, Venezuela, etc.)

También son posibles conflictos y rivalidades con el imperialismo, con la expropiación de materias primas (petróleo, minas). Para ganarse el sostén de los trabajadores pueden realizar importantes concesiones, bajo la forma de aumentos salariales, salario mínimo garantizado, estabilidad en el empleo, seguridad social, etc., lo que constituye a menudo un mejoramiento efectivo en las condiciones de vida de las masas trabajadoras. Al mismo tiempo, toda movilización independiente de los trabajadores es reprimida, y los sindicatos son sometidos, a menudo de modo orgánico, al estado (Brasil). La burocracia sindical tiende a convertirse en un apéndice del aparato del estado, y sirve para neutralizar toda lucha autónoma.

La era dorada: el populismo en el poder (1944–1964)

A excepción de México, que constituye un caso particular (el gobierno de Cárdenas en los años treinta), es después de la guerra cuando se configuran los grandes gobiernos populistas de Argentina, Brasil, Bolivia, Costa Rica, Guatemala. En Bolivia, en 1952, tuvo lugar una verdadera revolución interrumpida (para retomar el término empleado por Adolfo Gilly al referirse a la revolución mexicana de 1910–1917), y esto explica, por qué las primeras reformas concedidas por el MNR han sido tan radicales: expropiación de las minas, reforma agraria, disolución de las viejas fuerzas armadas de la oligarquía, etc. En Guatemala se asistió a un caso particular de “bonaparlismo de izquierda” (Jacobo Arbenz) en función de la influencia del Partido Comunista en el movimiento de masas y en ciertos engranajes administrativos del estado. En Brasil y en Argentina, las reformas son otorgadas desde arriba y la movilización obrera y popular es controlada por el aparato político y sindical populista.

Durante este período, los gobiernos aplican una política nacionalista o desarrollista de industrialización por sustitución de importaciones, apoyándose en el denominado “pacto populista” entre la burguesía industrial y los sindicatos: la “paz social” a cambio de aumentos salariales, de leyes sociales, etc.

El stalinismo va a jugar un rol muy importante en los inicios y el triunfo del populismo entre 1944–1946: en Argentina y en Bolivia, se alía con la derecha oligárquica y el imperialismo contra el populismo —calificado de “fascista”—, dejando así a Perón y al MNR el monopolio de las reivindicaciones nacionales; en Brasil, por el contrario, apoya acríticamente al varguismo y sus maniobras políticas. La lógica última de estos comportamientos, aparentemente contradictoria, es la misma: la neutralidad de Perón durante la guerra mundial y la posición prosoviética de Vargas (quien se convertía así, automáticamente, en un aliado de la URSS)... ¡El único criterio fue la política exterior soviética!

Ninguno de estos regímenes bonapartistas logró cumplir con las tareas de una verdadera revolución democrático–burguesa: no resolvieron la cuestión agraria —sea porque no tuvo lugar reforma agraria alguna (Brasil, Argentina), sea porque no tuvo ascendiente sobre los campesinos (Bolivia)—; no rompieron con el imperialismo ni obtuvieron una verdadera independencia nacional; sus planes de industrialización independiente fracasaron y la “burguesía nacional” eligió la vía de la asociación con el capital extranjero; finalmente, en ninguno de estos países se estableció una democracia estable. Esta experiencia histórica confirma así las hipótesis de Trotsky en La revolución permanente.: bajo una dirección burguesa, las conquistas democráticas (agrarias, nacionales, etc.) son limitadas, parciales y efímeras.

La crisis del populismo (1960– 1976)

La aspiración de sectores dinámicos de la burguesía a una política de desarrollo asociada al capital imperialista; la inquietud de las clases dominantes frente a un movimiento obrero y popular que amenazaba escapar a su control y la tendencia del imperialismo a favorecer los regímenes autoritarios, han conducido a los golpes de estado militares que voltearon a los gobiernos populares de Perón, Vargas y Arbenz en 1954–1955, y diez años más tarde, los de Goulart y Paz Estenssoro: el populismo entra en su etapa de crisis.

Esta crisis se intensifica a partir del triunfo de la revolución cubana en 1958 (el propio Movimiento 26 de Julio había nacido de una corriente populista: la Juventud Ortodoxa). Los acontecimientos cubanos tuvieron un gran impacto sobre las izquierdas del populismo de distintos países, provocando escisiones y la formación de grupos que evolucionaban hacia el marxismo y la revolución. Es el caso de Perú con el MIR (proveniente del APRA) de Luis de la Puente y Ricardo Napurí; de Venezuela, con la formación también del MIR, proveniente de Acción Democrática, animado por Domingo Alberto Rangel, Américo Martín y Moisés Moleiro. Rupturas más confusas e incompletas tuvieron lugar en Bolivia, con la formación del PRIN de Juan Lechín; en Argentina, con la constitución de Montoneros, y en Brasil, con el compromiso de los oficiales próximos a Brizola en los grupos de la izquierda armada (por ejemplo, el VAR–Palmares).

De un modo general, el campo político en el curso de los años sesenta y de los primeros setenta tendió a polarizarse entre revolución y dictadura militar, entre Cuba y el imperialismo. El espacio para el populismo nacional reformista se angostaba. El varguismo desaparecía, el peronismo se debilitaba, Acción Democrática y el APRA devenían abiertamente proimperialistas, el MNR se dividía en mil pedazos, etc. Es el momento en que el ciclo populista parecía ser un capítulo cerrado en la historia de América Latina.

La renovación socialdemócrata del populismo (de 1976 a hoy)

Históricamente, la Internacional Socialista (IS) —es decir, la socialdemocracia como corriente internacional— nunca tuvo demasiada influencia en América Latina, a excepción de Argentina y Uruguay. Su orientación resueltamente anticomunista y sus ligazones con el imperialismo estadounidense (vía el Partido Demócrata de los Estados Unidos) la hacían poco atrayente a los ojos de las masas. Con el impacto de la revolución cubana en el cono sur, las fuerzas socialdemócratas de Argentina y Uruguay entraron en crisis, sus juventudes se hicieron castristas y la IS perdió sus últimos apoyos en el continente (el PS chileno jamás había adherido a la IS).

Ahora bien, a partir de 1976 comienza una ofensiva política de la IS en América Latina que será coronada por el éxito. El punto de partida es el congreso de la IS que tuvo lugar en Ginebra en 1976, y donde se eligió a Willy Brandt para la presidencia de esa organización.

El mismo año tuvo lugar en Caracas el encuentro de dirigentes social-demócratas europeos y populistas latinoamericanos (en que participaron Haya de la Torre, Muñoz Ledo, etc.)

Las razones de esta ofensiva de la IS son múltiples: ante todo económicas —la crisis del petróleo en 1974 y la rivalidad del capital europeo con el estadounidense—, pero también ideológicas: un cierto declive de la guerra fría y el traumatismo que provocó en Europa el golpe de estado militar (sostenido por Estados Unidos) contra el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende en 1973.

El primer gran éxito de esta nueva orientación es el encuentro de Vancouver en 1978, donde 29 organizaciones latinoamericanas participan del congreso de la IS. A propuesta de los socialdemócratas suecos, se constituye un “grupo de trabajo” de la IS sobre América Latina, animado especialmente por Manley (PNP jamaiquino) y Peña Gómez (PRD dominicano), lo que significa una victoria de los suecos y sus aliados frente a la orientación más derechista del PSD alemán y de sus clientes latinoamericanos: Obdubar (PLN de Costa Rica) y Gonzalo Barrios (AD de Venezuela). Este mismo año, la IS avanza en este sentido, cuando interviene diplomáticamente (contra EE.UU.) en defensa de las elecciones libres en la República Dominicana, que dieron la victoria a Antonio Guzmán, del PRD.

En 1980 se reunió en Santo Domingo la “Primera Conferencia Regional de la IS para América Latina y el Caribe”, con la participación de decenas de organizaciones políticas latinoamericanas, en un arco político que va desde el Partido Liberal de Colombia (formación de la gran burguesía reaccionaria) hasta... el FSLN nicaragüense. El elemento predominante lo constituían, no obstante, los partidos populistas del continente (APRA, AD, PRD, PLN, PNP). Las decisiones adoptadas significaron un vuelco diplomático importante: sostener al FSLN y al FDR salvadoreño, en oposición a la política de los Estados Unidos en América Central.

Sin embargo, ciertos populistas rechazan esta orientación y se mantienen en sus posiciones anticomunistas tradicionales, como el PLN de Costa Rica y la AD de Venezuela (sostenidos por Mario Soares de Portugal y otros socialdemócratas de derecha), que llevan adelante su campaña contra el sandinismo. Luego se sumará el rechazo de otros sectores, y el conjunto de la IS y sus aliados latinoamericanos dejarán de sostener al FSLN y al FDR para limitarse a una política de arbitraje en el cuadro del Grupo de Contadora.

Falta saber aún por qué la mayoría de las fuerzas populistas del continente tienden hacia fines de los años setenta a “socialdemocratizarse”.

Podrían adelantarse algunos elementos explicativos para comprender este cambio:

• la política favorable a las dictaduras de la administración estadounidense (Nixon y enseguida Reagan) obliga a las fuerzas opuestas a los regímenes militares a buscar apoyos en Europa. Algunos dirigentes populistas (brasileños, bolivianos, chilenos) se exiliaron en Europa durante los años negros de las dictaduras militares y entraron entonces en contacto con los partidos socialdemócratas de Portugal, España, Francia, Suecia, Alemania Federal;

• el interés económico de ciertos sectores de las burguesías nativas de diversificar la dependencia y escapar así al control exclusivo del capital estadounidense;

• la pérdida de identidad nacionalista/antimperialista del populismo y la [7] necesidad de una renovación ideológica. Por el otro lado, el desarrollo del proletariado industrial y del movimiento obrero les obliga a encontrar una nueva forma de legitimidad, más “moderna”, menos usada, que el viejo paternalismo populista.

El proceso de socialdemocratización de estos partidos es desigual: en ciertos casos, es más profundo, creando formaciones híbridas, “socialpopulistas”, y jugando una doble función —populista y socialdemócrata— en el sistema político nacional (PNP en Jamaica); en otros, el lazo con la socialdemocracia es más “diplomático”, superficial, retórico (AD en Venezuela).

En la gran mayoría de los casos, no puede menos que afirmarse que estos partidos no han devenido partidos socialdemócratas —esto es, partidos obreros reformistas—, sino que permanecen como formaciones populistas, es decir, de naturaleza pequeñoburguesa / burguesa.

Esto resulta de la persistencia de su tradición populista, del tipo de lazos que mantienen con la clase obrera y los sindicatos (controlados desde el estado o a través de una burocracia pro–patronal), de su ideología, sobre todo reformista burguesa (sin referencias al socialismo), y, finalmente, de su funcionamiento clientelístico y caudillista, basado en una legitimidad carismática, muy diferente a la estructura burocrática moderna de la socialdemocracia. Dicho esto, no puede excluirse al advenimiento de una socialdemocralización parcial o total de ciertos movimientos populistas, comprendida la utilización por su parte de la referencia al socialismo (tal es el caso, por ejemplo, del PDT de Brizola en Brasil).

miércoles, 27 de octubre de 2010

Participación en las ganancias.

La CGT, a través de su abogado, Héctor Recalde, ha impulsado la ley de participación en las ganancias.

Esta participación está consagrada en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional, junto con el control obrero de la producción y con la colaboración en la dirección de la empresa.

Entiendo que hay que dar una pelea por su aprobación pero sin dejar de hacer algunas delimitaciones ideológicas.

En primer lugar esta ley establece un premio a la productividad tarifado por ley. No otra cosa es la participación en las ganancias. Muchas empresas dan premios de este tipo. En el libro "Lecciones de Batalla", Gregorio Flores cuenta cómo su empresa, la FIAT, caminaba a los obreros con una serie de artilugios que eran muy difíciles de controlar por parte de estos.

Unas de las formas de cuidar que esto no ocurra es estableciendo el control obrero de la producción y la obligatoriedad de la apertura de libros. El proyecto de ley no contiene lo primero pero sí establece lo segundo con una salvedad. La empresa estaría obligada, por el artículo 18, a exhibir los libros a los trabajadores de la empresa y a la asociación sindical que tiene su representación (aquélla que tenga la personería jurídica).

No es contra el pago de un 10% de la ganancia neta de impuesto por lo que protestan las siete entidades que agrupan a la burguesía argentina. Es ese artículo 18 lo que las alarma.

En segundo lugar no prohíbe las paritarias que podría ser uno de los miedos de los trabajadores, que se busque reemplazar mediante este mecanismo, los aumentos periódicos de salarios.

En tercer lugar, si bien asigna al trabajador en negro la responsabilidad de terminar con esa situación, da alguna herramienta para que no quede tan en bolas. El artículo 21 establece una compensación para los trabajadores en negro. Para obtenerla "el trabajador no registrado deberá presentar declaración jurada sobre el nombre o razón social y actividad del empleador, lugar de trabajo, y su antigüedad en la empresa; y acreditar mediante información sumaria la veracidad de sus dichos."

La información sumaria se hace de la siguiente manera: Se va a un juzgado cualquiera con competencia en el lugar donde está el lugar de trabajo, el trabajador va con dos testigos que ratifican sus dichos y la información ya está hecha. El trámite es gratuito (Al menos así son las informaciones sumarias en otros casos). Hay que ver cómo se reglamentará en este aspecto la ley.

El artículo 23 establece que la ANSES "ante quien tramitarán las solicitudes de percepción de las compensaciones del Fondo Solidario, deberá, en forma inmediata, poner en conocimiento de la AFIP las solicitudes de pago efectuadas en los términos del presente capítulo a fin de verificar la veracidad de los hechos denunciados por el trabajador..."

Por último, el artículo 24 del proyecto establece una protección legal de un año para el trabajador que haya hecho ese trámite. "A partir de la presentación de la declaración jurada prevista en el artículo 22, el trabajador gozará de estabilidad en su puesto de trabajo, no pudiendo ser despedido suspendido ni modificadas sus condiciones de trabajo sin justa causa y previa autorización judicial durante el término de un (1) año. En caso de violación de la estabilidad aquí consagrada, el trabajador podrá optar entre su reinstalación en el puesto de trabajo o la percepción de las indemnizaciones que por aquel le correspondan con mas una indemnización equivalente al importe de las remuneraciones que habría devengado en el término de un año. Esta indemnización será acumulable con otras que pudieren corresponderle en virtud de otras disposiciones legales o convencionales."

Estos son los aspectos más positivos del proyecto de ley.

Sin embargo, hay que hacer algunas precisiones.

¿Devolución de plusvalía?

Basteiro, uno de los diputados firmantes, supuestamente socialista, ha dicho que esto sería una devolución de parte de la plusvalía que extrae el patrón. Esto es falso. La operación ideológica consiste en identificar plusvalía con ganancia. Si bien la fuente de la ganancia es la extracción de plusvalía, no toda extracción de plusvalía permite obtener ganancias. La plusvalía se extrae en la producción y la ganancia se realiza en el ámbito de la circulación. Así, un capitalista que extrae plusvalía puede perder en la competencia con otro más eficiente y tener pérdidas. El capitalista más eficiente (con menos costos) obtendrá ganancia no sólo a costa de sus trabajadores sino que se apropiará a su vez de la plusvalía extraída por el capitalista menos eficiente.

Aumento de la explotación.

Esta ley también plantea que si los trabajadores quieren obtener más ganancias van a tener que aumentar su nivel de explotación. Es decir, van a tener que ser más productivos. La finalidad es que aun cuando participen de las ganancias sean menos costosos que antes.

El papel de la burocracia sindical.

La CGT ha salido a defender su proyecto porque es de su riñón. Sin embargo, en su defensa ha alegado unos datos que desmienten que el modelo Nac & Pop de los Kirchner presente una tendencia a revertir el desigual reparto de la torta de los '90.

Así, en la página de la CGT puede leerse una nota suscripta por Schmidt y por Moyano, defendiendo el proyecto, donde se dice, entre otras cosas que: "Las quejas del empresariado sobre los costos o el impacto que esta medida puede tener en el universo laboral contrasta con los informes del Ministerio de Trabajo que dicen que la medición en moneda extranjera del costo en el sector manufactureras esta un 53% debajo del nivel observado antes de la caída de la convertibilidad.
Además, fuentes como la UBA y AEDA, destacan que la rentabilidad de las Empresas supera en un 90% los niveles previos a la devaluación."

Es decir, que este modelo Nac & Pop post-devaluación ha recuperado mucho más rápido la ganancia empresaria que los ingresos de los asalariados. Menores costos laborales que antes de la devaluación = Mayor rentabilidad que antes de la devaluación.

Es necesario recordar que uno de los principales impulsores de la devaluación fue Hugo Moyano.

La nota agrega por ejemplo lo siguiente: "Demás esta señalar las enormes ganancias en los sectores financieros, que acumularon en el 1er semestre del año 1937 millones de pesos, un 64% más que en el 2009, o las cerealeras que facturan desde 5000 pesos por minuto a 19.000 según el tamaño, lo cual explica que el promedio de rentabilidad de las 500 empresas más grandes, fue de 8.2% en los ’90 y desde el 2003 fue aumentando al 12.6%."

http://www.cgtra.org.ar/htdocs/index.php?news=1&id=155

Otra vez surge el papel de la burocracia, en este caso La Bancaria, que obtuvo una paritaria bajísima en contraste con el 64% de aumento de las ganancias en el sector financiero durante el 1º semestre de 2010.

El papel de la burocracia sindical se da también respecto del empleo en negro. Para un sindicato es más conveniente, respecto de las empresas chicas, cobrar una cometa por no controlar que recibir los aportes de un establecimiento de, por ejemplo, 100 obreros.

Esto hay que tenerlo en cuenta respecto de la ley de participación en las ganancias porque la burocracia utilizará su poder para controlar los libros, no para defender los intereses de los trabajadores, sino para ayudar a la patronal a evitar el pago de ganancias a cambio de un arreglito.

La posición del PO y del PTS

En la prensa nº 1131 Pitrola escribe una nota donde comienza delimitando el problema: "La participación en las ganancias de la empresa capitalista significa que una parte del salario pasa a depender del lucro de corto plazo de los patrones. Las necesidades del obrero como patrón del salario quedan desplazadas por la mayor o menor fortuna del capitalista. Para obtener un salario mayor, el obrero deberá aumentar su esfuerzo y gasto de energía para que el nivel del beneficio capitalista, del que pasa a depender el salario, crezca. En forma disimulada, se pasa a condicionar el salario a la 'productividad', sin siquiera la necesidad de capataces o supervisores. Bien mirado, se trata de la aplicación a rajatabla del mercado -el mismo que los K dicen que hay que domar y subordinar. Sin embargo, cualquiera sea el mejor empeño del trabajador, el resultado no depende de él, porque una sobreproducción desvalorizaría el trabajo contenido en el producto. La diferenciación de los salarios alcanzaría niveles extremos, porque dependería de los resultados desiguales de cada empresa."

Correcto desde el punto de vista económico.

En el párrafo siguiente comete un error, capaz que por desconocer el texto del proyecto: "Pero en la economía real, el capitalista no declara sus ganancias, las disimula en sus libros – no solamente para evadir impuestos, sino para engañar al fisco e incluso a los accionistas minoritarios, de modo de poder pagarles dividendos más bajos. Para que la participación en los beneficios fuese genuina, los trabajadores deberían tener acceso a los libros y controlar la producción –pero no es esto lo que propone Recalde, que sabe bien que es intolerable para el capitalismo."

El proyecto de ley en principio permite el acceso a los libros del capitalista. Contra esto alza su voz alarmada la burguesía argentina.

También es correcto el diagnóstico respecto de la lucha económica de la clase obrera cuando dice: "Aun en este caso remoto, la participación en las ganancias agudizaría la competencia entre los obreros de las diferentes empresas, porque el éxito dependería de la posibilidad de desplazar al rival del mercado. Los partidarios de esta participación buscan asociar los obreros a las estructuras de dirección de las empresas a través de la burocracia sindical. En determinadas condiciones, cada vez más frecuentes, como en las crisis capitalistas, es un arma idónea para deflacionar el salario, o para reducir la jornada de trabajo en conjunto con el salario."

http://po.org.ar/articulo/po1131085/justo-ahora

Ampliando en el mismo sentido ver:

http://po.org.ar/articulo/po1146052/tomada-y-uia-confirman-prensa-obrera
http://po.org.ar/articulo/po1147076/los-obreros-no-somos-socios-del-capital

El PTS tiene conceptos similares al respecto, caracterizando al proyecto de reaccionario al igual que el PO.

http://www.pts.org.ar/IMG/article_PDF/pts_org_ar16081.pdf
http://www.pts.org.ar/IMG/article_PDF/pts_org_ar16082.pdf

La crítica es correcta, es un premio a la productividad tarifado por ley. Implica que se aumente la explotación de los obreros. Eso sí es reaccionario.

Lo que no es reaccionario es aquéllo de lo que viene acompañado: el control de libros de la empresa, ya sea por los trabajadores como por la asociación sindical. Sin el artículo 18, contra el que despotrica la burguesía, la ley no tiene sentido.

El control de los libros

Trotsky decía, en su Programa de Transición, que "La abolición del 'secreto comercial' es el primer paso hacia un verdadero control de la industria. Los obreros no tienen menos derechos que los capitalistas a conocer los 'secretos' de la empresa, de los trusts, de las ramas de las industrias, de toda la economía nacional en su conjunto. Los bancos, la industria pesada y los transportes centralizados deben ser los primeros sometidos a observación. Los primeros objetivos del control obrero consisten en aclarar cuales son las ganancias y gastos de la sociedad, empezando por la empresa aislada, determinar la verdadera parte del capitalismo aislado y de los capitalistas en conjunto en la renta nacional, desenmascarar las combinaciones de pasillo y las estafas de los bancos y de los trusts; revelar, en fin, ante la sociedad el derroche espantoso de trabajo humano que resulta de la anarquía del capitalismo y de la exclusiva persecución de la ganancia.(...) Si la abolición del secreto comercial es la condición necesaria de control obrero, ese control representa el primer paso en el camino de la dirección socialista de la economía."

Está claro que, según el proyecto, el secreto no es abolido, ya que los trabajadores y el sindicato mantedrían un deber de reserva. Pero conocerían el estado de la empresa, lo que no es poco y es progresivo.

Por eso creo que debería apoyarse este proyecto exigiendo además el resto de los derechos consagrados en el artículo 14 bis.

- Participación en las ganancias

- Control obrero de la producción

- Colaboración en la dirección

No hay razones para que se reconozca uno de los derechos (participación) y no los otros dos que están en el mismo párrafo de la Constitución Nacional. No hay razones para elegir exigir el cumplimiento de un derecho y no el de los otros dos.

- Control de los libros de las empresas por parte de los trabajadores

Sin este derecho la ley no tiene sentido.

- Reconocimiento de la personería gremial de la CTA y participación de la misma en el Consejo Nacional de Participación Laboral en las Ganancias que establece el Proyecto.

Por ejemplo, el gremio del neumático está en la CTA y no podría tener representantes en ese Consejo ya que sólo admite a representantes de la CGT.

- Derogación de la ley de asociaciones de profesionales y consagración de la libertad sindical

Es parte de una lucha fundamental contra la burocracia sindical y hace que el control de los libros de la empresa adquiera más valor todavía.

El proyecto puede consultarse en

http://www1.hcdn.gov.ar/proyxml/expediente.asp?fundamentos=si&numexp=6837-D-2010